29 Carpeta borrada
—No pienses que quería pasar por encima de ti, ni ganar puntos con Navarro. Pensé que no estarías de acuerdo en forzar un registro.
Me mantengo en silencio, con la mirada fija en la carretera.
—Solo quiero cogerlos —añade.
Respiro hondo.
—¿No vas a decir nada? Pareces un niño de doce años. Ya te he dicho que lo siento.
Me giro hacia ella.
—Era una cuestión de confianza. Ya lo hemos solucionado. No hay nada más que decir.
—Oído, jefe —finaliza ella.
Al fondo se distingue el edificio azulado inconfundible. Alia aparca fuera del recinto. Detrás, la furgoneta de la policía, con seis efectivos y tres especialistas en informática forense, ocupa una plaza contigua. Nos encaminamos a la puerta principal.
Notamos el cambio de temperatura al entrar en el edificio. Detrás del mostrador de recepción, como si nunca hubiese dejado de estar allí, nos recibe Jaime.
—Inspector, subinspectora, un placer tenerles por aquí. ¿En qué puedo ayudarles? —pregunta sorprendido al ver el séquito que nos acompaña.
Alia le entrega la orden. Jaime la lee con detenimiento.
—¿Me permitirían avisar a la señorita Diana?
—Por supuesto, es su obligación. Hágalo desde aquí —aclaro.
Jaime, con un poco de sudor en la frente, se coloca los auriculares de diadema y marca una extensión en el teléfono.
—Señorita Diana, el inspector García y la subinspectora Montela están aquí con una orden de registro. ¿Puede bajar? Gracias.
—Baja enseguida. Les agradezco su paciencia.
—No te preocupes, Jaime. Si es posible que te quedes en la calle, que sean unas últimas horas de profesional. Cumpliendo hasta el final.
Jaime me mira sin saber qué contestar. Alia prefiere no mirarme.
Las puertas del ascensor, a nuestra izquierda, se abren y aparece Diana.
—Buenos días. ¿Me pueden mostrar esa orden? —pregunta con el rostro serio y la voz firme, aunque la expresión de su cara denota sorpresa y desconcierto.
Alia vuelve a sacar la orden, la despliega con calma y se la entrega.
—Se toma su tiempo… Adelante. ¿Qué van a necesitar de nosotros?
—Vamos a hacer copia de este ordenador, del ordenador del señor Alberto y del servidor de correo —digo—. Este proceso nos llevará un tiempo, así que les pido paciencia.
—A partir de ahora nadie puede manipular los ordenadores y todo el mundo tiene que dejar de trabajar.
Puede darles la mañana libre. Les iremos informando de la evolución del registro —añade Alia y la señala—: Usted nos puede acompañar en todo momento para comprobar nuestras actuaciones.
Un especialista bajará a la sala de servidores, otro se quedará aquí y el tercero nos acompañará a su despacho. Cada uno irá escoltado por un agente.
—Otro de nuestros agentes subirá a la primera planta para verificar que todo el mundo deja de trabajar. Dos agentes permanecerán aquí abajo, controlando las entradas y salidas del edificio —apunto—. ¿Alguna pregunta? —No hay respuesta—. Pues a trabajar.
—Jaime, acompaña al agente a la primera planta. Que no se alarmen. Diles que recojan sus cosas y vuelvan… ¿después de comer? —dice Diana y me mira, pidiendo opinión. Afirmo con la cabeza. —Ayuda a los agentes en el desalojo —concluye.
—Enseguida —afirma Jaime dispuesto.
El vestíbulo se va vaciando poco a poco. Jaime se aleja en silencio.
—Cuando usted quiera —me dirijo a Diana—. Vamos al despacho de su padre. El caballero informático hará la copia de seguridad del disco.
—Si les parece, subimos por las escaleras.
Con su brazo derecho marca la dirección y la seguimos en fila india.
Cuatro tramos de escalera y llegamos a la puerta de seguridad. Diana saca la llave y entramos en un pequeño hall. A la derecha, las puertas de acceso al despacho están abiertas.
—¿Qué piensan encontrar? —hace la pregunta a la que se había resistido.
—Algún indicio. Amenazas por correo, chantajes, sus últimas reuniones… Contrastar la información que nos facilitó Anselmo sobre el testamento. Algo que nos permita seguir tirando del hilo.
—No se dan por vencidos, ¿eh? Parece ridículo. ¿Tienen alguna idea, alguna información que les invite a hacer este registro?
—La tenemos. No podemos adelantarle nada, pero si se cumplen nuestras sospechas, serán los primeros en saberlo.
Diana respira hondo y se cruza de brazos, clavando la mirada en un punto fijo mientras procesa lo que acababa de escuchar. Sus labios se aprietan y un leve temblor en sus manos delata la tensión que intenta contener. Al final, desvía la vista y habla con voz firme:
—Perdónenme unos minutos, necesito hacer una llamada. Aprovecho y compruebo que todo está en orden en las demás plantas.
—No se preocupe, esto va a tardar un rato.
Vemos cómo Diana sale del despacho y se mete en el ascensor.
—Daría parte de mi sueldo por escuchar esa conversación —propone Alia.
—Parece un poco desconcertada —sonrío.
—¿Hay algo que ponga testamento en algún sitio? ¿Alguna carpeta, papelera, archivo borrado…? —pregunto al especialista informático.
—En principio, no. Voy a llevar a cabo una búsqueda avanzada, aunque no tendremos la certeza hasta el análisis final en el laboratorio.
—Entendido. Si te pregunto delante de la señorita, sígueme el rollo.
Me entretengo mirando las fotografías de las edificaciones de la pared. Reconozco cada una de ellas.
—Han construido la mayoría de los edificios emblemáticos de la ciudad. ¿Te suena esto? —me dirijo a Alia, señalando una de las fotografías—. Es el centro comercial a cinco minutos de la comisaría.
El tiempo pasa despacio. Alia está poco habladora, entretenida mirando su teléfono.
—¿Concertando una cita? —pregunto sin mirarla.
—Vaya, parece que se te ha pasado el berrinche —contesta sin levantar la cabeza del teléfono.
—En absoluto. Soy la persona más rencorosa que te encontrarás en tu vida. Pasará mucho tiempo hasta que olvide esta traición —contesto teatral, poniendo el reverso de mi mano en la frente y echando la cabeza hacia atrás.
La subinspectora cambia de expresión y esboza media sonrisa:
—Hasta en estas ocasiones sigues siendo un imbécil.
—Ya… Tu halago favorito.
Escuchamos el sonido de las puertas del ascensor. Aparece Diana.
—¿Todo bien? —pregunto.
—Sí, perdonen la demora. Me he entretenido con la llamada de un cliente. No hay que perder oportunidades ni en momentos como este.
—Así es el mundo de los negocios —respondo, acompañando mis palabras con un gesto de afirmación.
—¿Cuánto tiempo falta para que finalice la réplica del disco duro? —me focalizo en el informático.
—Ahora mismo faltan ocho minutos para completarlo.
—¿Has podido buscar por las palabras clave que acordamos?
—Sí. Existe una carpeta que ha sido borrada no hace mucho, con el nombre de testamento. Todavía no puedo verificar si el contenido es 10 0 % recuperable.
—Estupendo, ya tenemos algo —digo y me dirijo a Diana—: Estamos terminando. En breve les dejaremos trabajar en paz. Alia, ¿puedes llamar al resto del dispositivo? A ver cómo les va.
—Sin tardanza —dice saliendo al hall para llamar.
Regresa al cabo de unos minutos.
—Los de abajo ya han terminado. Han clonado todo y se llevan una copia precintada.
Asiento.
—Lo tenemos, inspector —interviene el informático.
—Pues vamos recogiendo. Gracias por su colaboración, señorita Diana —digo sin una pizca de entusiasmo.
Diana asiente en silencio.
—Bajamos por el ascensor, los acompaño.
—Se lo agradezco. Las escaleras y yo no nos llevamos bien.
Diana pulsa el cero y pasa la tarjeta.
—Curioso sistema… —digo.
—¿A qué se refiere? ¡Ah! Es por seguridad. Cosas de mi padre. Tanto para bajar como para subir desde cualquier parte a esta planta, es necesario pasar la tarjeta. Si no, no subes ni bajas.
—Impresionante —afirmo.
Salimos del ascensor. Vemos cómo los agentes van saliendo uno a uno, con los discos bajo custodia y la mirada baja.
—Solo quedamos nosotros —menciona Alia mirando alrededor.
—Señorita Diana, ya pueden abrir el edificio y continuar trabajando. La mantendré informada de cualquier novedad. Pase un buen día.
Diana se queda mirando cómo salimos del edificio sin añadir ni una sola palabra.
El sol nos golpea de frente. Mis ojos tardan unos segundos en habituarse.
—¿Crees que ha servido de algo, Capi?
—En absoluto. Aun sabiendo el contenido del testamento, no tenemos nada que los acuse. Eso sí, quiero que cada vez que me miren crean que sé cosas, aunque sea mentira.