28 Cadena Perpetua
El silencio se hacía denso. En la habitación contigua, sobre la mesa, quedaban medio filete de rodaballo con verduras sin tocar, una botella de Pazo de Señorans por la mitad y una copa de vino vacía, aún húmeda.
Diana y Alejo esperaron con paciencia hasta que, por fin, abrió los ojos.
—Vaya tinglado que tienes montado aquí. No le falta detalle. He inspeccionado el frigorífico: champán del bueno, huevas de esturión ruso… No me ha quedado más remedio que abrir la lata de mejillones gigantes en escabeche. Tengo que reconocer que tienes un gusto exquisito.
Y esta habitación… ¡La habitación del placer es impresionante! —relató Alejo impaciente.
Alberto, aún bajo los efectos de la escopolamina, apenas podía seguirlo con la mirada.
—Con todas estas comodidades, ¿quién querría pasar un domingo con su mujer y sus hijos? Y si encima te acompaña Ama Lidia… —añadió Alejo, sacando el látigo del armario.
—Nos hemos tomado la molestia de ponerte cómodo. Ese traje de cuero te queda muy bien. Un poco ajustado para mi gusto —intervino Diana.
Alberto se miró. El cuerpo embutido en el mono negro de látex de tantas ocasiones, que ahora lo tenía atrapado. Levantó la vista. Los observaba a ambos, sin escuchar ya lo que decían.
—La máscara te hace parecer un superhéroe. Y con la bola en la boca, pareces un emoticono de sorpresa —continuó Alejo.
Al momento, Alberto empezó a emitir sonidos guturales. La saliva le escurría por la comisura de los labios.
—Espera, te voy a quitar la bola un momento, que estás dejando el suelo perdido. Menos mal que Ama Lidia ya no podrá castigarte por ensuciarlo todo, pero habrá que mantener un poco de limpieza en este antro de mierda.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué estoy aquí? —balbuceó aturdido.
—La comida no te ha sentado bien, así que hemos decidido cuidarte como te mereces. Al fin y al cabo, somos dos buenos hijos y no permitiríamos que te pasara nada malo.
—¿Cómo habéis entrado? ¿Dónde está Susana?
—A estas alturas, Susana ya no estará en ningún lugar de este plano. Rezaremos por ella —dijo Alejo, mirando su reloj.
—¿Qué queréis decir? ¿Qué habéis hecho?
—En la guerra, creo que a este tipo de muertes las llaman daños colaterales. Es cuando tienes que deshacerte de alguien por culpa de las malas acciones de otra persona, que es el malo en realidad. En definitiva… no has sido una buena influencia para ella. Y la eliminamos.
—No os creo. Sois demasiado débiles. Nunca podríais hacerlo. Tenía que haberos matado a palos cuando pude. Y tú… cada día te pareces más a tu madre y me das asco. Me dais asco. Solo habéis traído desgracia a mi vida —vomitó cada vez más despierto.
—No te preocupes por eso ahora, padre… bastante tienes con lo tuyo.
—Después de toda la saliva que has desperdiciado, parece que hablas con dificultad. Ahí tienes un vaso de agua —señaló Diana.
Alberto intentó alcanzarlo. La cadena sujeta a sus muñecas basculó en la argolla anclada al suelo.
—Parece que no llegas. Espera, yo te lo acerco.
El vaso resbaló entre los dedos entumecidos de Alberto.
—Vaya… ninguna mala acción puede quedar impune.
Alejo se quitó el cinturón y, enrollándolo sobre su mano, empezó a golpear a su padre. Este lo miraba desafiante. Él intensificó los golpes.
—Voy a tener que inventar algo… No había caído en que lo que a ti te gusta es el dolor.
Cada golpe del cinturón contra el látex producía un sonido seco y punzante que llenaba la habitación.
La mirada de Alberto se iba apagando. Alejo siguió golpeándole hasta que Diana alzó la voz para pararle.
—Por ahora es suficiente. Deja algo para la próxima vez. Llénale el vaso de agua y déjalo al alcance… somos más humanos que él.
—Habla por ti. Yo no pienso aflojar con este ser. Tiene que experimentar el dolor de verdad.
Alejo volvió a colocarse el cinturón.
—Susana está muerta, tú has desaparecido. Eso significa que todo lo que tienes volverá a nosotros. Te estaremos siempre agradecidos por habernos dejado la vida resuelta, cabrón de mierda.
Diana lo sujetó por el brazo, intentando apartarlo de su padre.
—Déjalo ya.
—No vais a tener el valor de matarme. Antes o después saldré de aquí y me encargaré de que vuestras vidas, y la de vuestra madre, sean un infierno.
—¿Matarte? ¿Quién ha hablado de matarte? La muerte no es suficiente castigo para ti —replicó Alejo.
—Nuestra vida ya era un infierno —continuó Diana—. Sabemos lo profesional que puedes llegar a ser. Pero, en cualquier caso, no vas a salir nunca de aquí.
—Me echarán de menos. Me encontrarán. Soy un hombre muy importante.
—Tomaste muchas precauciones para ocultar tu picadero particular. Ha permanecido oculto hasta ahora. Y así seguirá.
—La parte positiva es que estás acostumbrado a pasar muchas horas aquí. Además, tienes la ventaja de que nosotros te vamos a cuidar como te mereces —dijo Diana.
—Eres una persona con suerte, no hay quien lo dude —volvió a intervenir Alejo, ahora más calmado—. Gracias a tu enfermedad, lo vas a olvidar todo. Tus recuerdos, tu memoria… pronto se irán nublando y, aun así, yo estaré aquí susurrándote al oído para recordarte quién eres el máximo tiempo posible.
—Os vais a arrepentir de haberme dejado con vida —gruñó Alberto.
Alejo tensó las cadenas pisando sobre el engranaje, agarró la cabeza de su padre y le tapó la nariz. Él abrió la boca y Diana introdujo de nuevo la bola.
Los labios resecos apenas ofrecieron resistencia. El cuero del bozal presionaba su cabeza, manteniendo la bola de silicona dentro de la boca. La saliva volvía a escurrirse por su barbilla.
—Disfruta de tu estancia en el Hotel Villanueva, padre. Nos vemos pronto.
Alberto se retorcía, intentando gritar, pero solo lograba emitir sonidos guturales que se mezclaban con el chasquido metálico de las cadenas.
Los hermanos salieron de la habitación sin mirar atrás.
—Alexa, cierra la habitación de los deseos —dijo Diana mientras se acercaban al ascensor.
—Ahora mismo, señorita Susana.