27 Cosas de casa
Como cada tarde, Esperanza iniciaba el ritual con la antelación suficiente para tenerlo todo dispuesto a la hora exacta de la cena, pero aquel día, sus manos no respondían con la precisión de siempre.
Desde la llamada del abuelo, su cabeza giraba sin descanso en torno a un único pensamiento: «Si todo se descubre, ¿qué va a ser de mis hijos?
Y el abuelo… No tendría que haberlo permitido».
Entraba en la cocina, salía, volvía a entrar. Colocaba los vasos en la mesa, los alineaba, los recolocaba sin motivo. Doblaba y desdoblaba las servilletas, metiéndolas una y otra vez en el anillo nacarado, como si cada gesto paliara cada una de sus preocupaciones.
Un golpe seco al cerrarse la puerta de casa la devolvió al ahora. Esperanza miró el reloj.
—¡Diana! Hoy que te necesitaba aquí más temprano… llegas tarde —dijo sin alzar demasiado la voz mientras alineaba con cuidado la última cuchara—. Y tu hermano, encerrado en su habitación… No sé qué narices está haciendo. Ni una ayuda, ni un gesto.
Se asomó al recibidor con el ceño fruncido, solo para confirmar que era su hija quien había entrado.
—Va a llegar tu padre y nos va a pillar. Ya sabes lo que pasa cuando no tiene todo preparado…
Alejo, que también había oído la puerta, apareció en el comedor.
—Ya podías haber bajado un poco antes a echarme una mano —soltó Esperanza sin mirarlo del todo, concentrada ahora en colocar las copas.
—Solo tenías que darme una voz. No estaba haciendo nada —respondió él, encogiéndose de hombros—. ¿Qué te pasa hoy? Estás más nerviosa de lo normal.
Ella no respondió de inmediato. Entró en la cocina, abrió la nevera sin necesidad, volvió a cerrarla, y regresó con un cazo en la mano que dejó sobre la mesa con más fuerza de la necesaria, descolocando los cubiertos.
—¿Que qué me pasa? ¡Que llega la hora y no está todo listo! Y tú, precisamente tú, deberías ser el primero en ayudar.
—¡Mamá! —dijo Diana, que se había detenido en el recibidor contemplando la escena.
Esperanza se quedó petrificada ante el tono inusual de su hija, tan fuera de lugar en medio de aquel ritual cotidiano.
—Papá no va a venir —continuó Diana bajando la voz.
—¿Se va a retrasar? ¿Tiene algún evento? No ha dicho nada de eso. Definitivamente, hoy no es mi día.
—Papá ha desaparecido.
Esperanza la miró unos segundos en silencio.
—¿Qué quieres decir con que ha desaparecido? —preguntó intentando serenarse.
—Que ha desaparecido. No está en la oficina; nadie lo ha visto salir. Anselmo tampoco sabe dónde puede estar.
Esperanza avanzó unos pasos y se sentó en el sofá del salón, con la mirada fija en su hija, implorando más información. De repente, sacó el teléfono del delantal y marcó el número de su marido.
—No va a contestar. Ya lo intenté yo —intervino Alejo.
—¿Cómo que lo has intentado tú? ¿Cuándo? Si te estás enterando a la vez que yo…
Los niños guardaron silencio.
—Deberíamos llamar a la policía —dijo ella por fin—. No deja de ser vuestro padre.
—No conviene —respondió Alejo acercándose a ella para mostrarle la pantalla del móvil.
La imagen grotesca de Alberto, inmóvil, vestido de látex y todavía con la bola en la boca, hizo que Esperanza se levantase de un brinco.
—¿Qué significa esto? ¿Dónde lo habéis grabado? —preguntó, con voz temblorosa.
—Son imágenes en directo, mamá —contestó Alejo.
Esperanza se volvió a sentar.
—¿Me estás diciendo que esto está pasando ahora? Sentaos los dos, ahora mismo —ordenó, señalando el sofá frente a ella—. ¡¿Qué significa esto?! —dijo espaciando cada palabra mientras les mostraba el teléfono.
—No va a venir ni hoy ni nunca más —repitió Alejo, enfadado—. Había que hacer algo al respecto. Alguien tenía que poner en su sitio a ese ser despreciable.
—¡Alejo! —respondió ella con voz queda—. Es tu padre…
—Un padre no da palizas a su hijo con cualquier excusa, ni mantiene atemorizada a su familia, ni hace testamento a favor de su «querida secretaria».
Esperanza devolvió el teléfono a su hijo y cogió el suyo. Marcó un número.
—Papá. ¿Puedes venir?… Sí, es importante. Ten cuidado.
—Diana. Desde el principio —ordenó, respirando hondo.
—Alejo descubrió lo del testamento —explicó ella—.
Y también encontró una copia de la tarjeta de entrada a la oficina de papá.
Nos pareció raro que la tuviese guardada en una caja fuerte.
Detrás tenía una pegatina con unas instrucciones.
La usé según indicaban en el ascensor del gabinete… y me llevó hasta allí.
Alejo volvió a mostrar el móvil a su madre y ella le golpeó en la mano, apartando esa imagen de su vista.
—¿Qué es ese sitio? ¿Y cómo le habéis llevado allí? —siguió preguntando.
—Una habitación secreta entre las dos plantas del edificio. Allí es donde comía todos los días y seguramente donde pasaba los fines de semana… con Susana Garrido —explicó Diana.
—Pues ahora va a pasar las semanas enteras —intervino Alejo—. No va a salir de allí en su vida.
Se levantó con brusquedad, avanzó unos pasos y volvió a sentarse añadiendo:
—Y, por cierto, te faltan los dos botes de aliento del diablo que tenías en el sótano, pero te prometo que nosotros solo hemos cogido uno. Necesitábamos usarlo hoy…
—Ya veo. Y todo esto lo habéis urdido vosotros solitos. ¿Hoy? Hoy, donde tenías que estar, es atendiendo tus obligaciones en el instituto.
—Diana, ¿cómo ha entrado tu hermano en las oficinas?
Él mostró la tarjeta. Esperanza tapó sus ojos y boca con las palmas, intentando no estallar.
—¿Y lo vais a matar, entiendo? —preguntó.
—No, de momento. Antes tiene que firmar un nuevo testamento donde te declare heredera universal. Y después… ya veremos.
—Parece que lo tenéis todo pensado.
—¡Todo! Solo vamos a necesitar algún botecito de tranquilizante. No está bien que pase todo el tiempo con ese disfraz que lleva ahora —concluyó Alejo.
—Pero ¿te crees muy gracioso? Os voy a explicar lo que va a pasar a partir de ahora: me vais a dar la tarjeta y las instrucciones.
Vendrán policías a preguntar. Reza para que nadie te haya visto por los alrededores —dijo, señalando a su hijo—.
Has estado todo el día aquí conmigo porque tenías fiebre.
Por eso no has ido al instituto. Y me vais a prometer que, bajo ningún concepto, vais a volver a ese sitio.
Yo me encargaré de todo. Alejo, vas a borrar esa aplicación o lo que diantres sea.
—No va a poder ser —interrumpió Diana—. Vas a ser tú quien se mantenga al margen. No puedes ir cada día a la empresa a atenderle; terminarían descubriéndolo. Yo estoy allí cada día y tengo acceso directo.
—Y no voy a borrar la aplicación. Hay que tenerle vigilado todo el tiempo —continuó Alejo.
—No sé qué está pasando en esta familia. Nos hemos vuelto locos todos…
El sonido del videoportero llenó la sala.
—Debe de ser el abuelo. ¿Puedes abrir, hijo?
—No son horas para que un vejestorio como yo esté dando vueltas por la ciudad. Ya puede ser importante lo que me tengáis que decir —dijo mientras el sonido seco y acompasado del bastón anunciaba su entrada—. Buenas noches a todos.
La voz gruesa del abuelo retumbó en el recibidor. Esperanza se levantó y fue a su encuentro.
—Buenas noches, papá —saludó.
—Pareces preocupada. Vamos a sentarnos.
Alejo esperó un segundo y le mostró la pantalla del teléfono a su abuelo.
—Madre mía, qué pinta le habéis dejado. Me da asco hasta a mí.
Esperanza se apartó sorprendida.
—¿Pero, papá? ¿Qué está pasando?
—A ver, hija. Ellos vinieron a mí y me contaron lo que estaban tramando. No les podía fallar. Tienen todo el derecho y la razón para hacer lo que están haciendo. Era ahora o nunca.
—¿Lo sabías y no me has dicho nada?
—Si te lo hubiese dicho, habrías intentado impedirlo…
—Teníamos que sincronizar lo de Susana para que el plan funcionara —siguió explicando el abuelo—. Ella no podía volver al trabajo después de comer.
—¿También saben lo de Susana?
Esperanza bajó la mirada y se echó a llorar sin consuelo.
Al instante, los niños la abrazaron, intentando calmarla.
—Todo va a salir bien —dijo Alejo.
—Ahora hay que estar muy atentos y actuar con naturalidad —añadió Diana—. No vamos a permitir que nadie nos haga daño.
El abuelo los miraba con los ojos enrojecidos. El sonido de dos palmadas secas rompió el momento.
—Habrá que cenar, ¿no? —soltó de repente—. ¿O pensáis que me voy a volver a casa sin probar bocado?
Esperanza lo observó unos segundos, con media sonrisa. Se levantó y lo besó en la mejilla. Despacio, recorrió el camino hasta la cocina negando con la cabeza con gesto de resignación .