La flor de eléboro 26 Orden de registro
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26 Orden de registro

Otra vez llego tarde, bueno, en realidad a mi hora de siempre.

Entro en comisaría, saludo a Samuel y veo cómo Alia se levanta y se dirige al despacho de Navarro.

Parece que tiene prisa. La sigo sin que se dé cuenta.

Llama, entra y me da con la puerta en las narices.

Espero y, cuando estoy a punto de entrar, escucho:

—No voy a pedir una orden de registro.

—Estoy convencida de que allí vamos a encontrar las piezas que nos faltan del puzle.

—¿Y qué esperas encontrar?

—Hay muchas cosas que tienen todo el sentido…

Alberto Villanueva y Susana Garrido eran amantes desde antes de que yo naciera.

Él deja en su testamento, o eso creemos, todas sus posesiones a su verdadero amor.

Ella aparece muerta, él se ha volatilizado.

A la vez, la única familia que tenía Susana y podía ser beneficiaria de tanta riqueza muere de una sobredosis de orujo.

De todo esto, ¿quiénes son los mayores beneficiados?

—Alia, no sé qué buscas. Tenemos al asesino de Susana…

—Presunto asesino —interrumpe.

—No hay rastro, ni una pista sólida de dónde puede estar Alberto Villanueva —continúa el inspector—. Es posible que haya elegido desaparecer y empezar una nueva vida.

—Sin hablar del comportamiento de la familia —insiste ella—. Es como si el desaparecido no hubiera existido nunca. No preguntan, no se interesan, ninguna reacción.

Oigo a Navarro suspirar.

—¿Has hablado con Capi de esto?

—¿Y usted qué cree…?

Entro sin llamar.

—¿Conspiráis a mis espaldas? Para un día que llego tarde…

—Buenos días, Luis. Alia está empeñada en registrar el estudio de arquitectura —dice el comisario, agradecido por mi presencia.

—Me parece una buena idea —respondo.

Alia me mira, incrédula. Siento cuatro ojos clavados en mí.

—¿Por qué me miráis así? Está claro que hay demasiadas cosas que no cuadran, y muchas circunstancias que indican que, en la familia Villanueva, el padre les venía sobrando.

—¿Insinúas que la familia se ha encargado de él?

—Lo afirmo. Me apostaría el dedo gordo de la mano izquierda. Quizá una orden de registro los pondría nerviosos.

—Si tienes razón, también los pondría alerta.

—Sí, pero… ¿qué podemos perder? Ahora mismo, solo tenemos indicios.

Alia asiente sin parpadear, con cara de no creérselo.

—No vais a encontrar nada, y lo sabes. El juez me va a mandar a la mierda.

Sois un par de incompetentes demasiado bien pagados para los resultados que aportáis.

Joder… —El comisario levanta el teléfono—.

Enrique, soy el comisario Navarro. Necesito una orden de registro para el estudio de arquitectura de Alberto Villanueva.

Separa el teléfono de la oreja y lo aleja del cuerpo lo más que puede. Pone el manos libres y podemos oír los gritos del juez desde la otra punta del despacho. Después de varios segundos de bronca y una respiración sofocada, se escucha al otro lado:

—Justifícamelo.

—Tengo a los dos inspectores delante de mí e insisten en la necesidad de dar una vuelta de tuerca al asunto.

—¿Quién? ¿Capi? Dile que se vaya a tomar por culo de mi parte.

—Te está escuchando.

—Buenos días, juez. ¿Cómo está usted?

—Madre mía… No me dan un día de descanso. Capi, más te vale encontrar algo o rezar para que la familia no ponga una queja… o me voy a dedicar a joderte la vida en mis ratos libres como hobby.

—De acuerdo.

—Navarro, ¿me estás escuchando? Te la envío por fax.

—Perdón, señoría. Quiero solicitar autorización para consultar el testamento de Alberto Villanueva.

—¿Perdona? ¿Pero quién habla, por Dios?

—Soy la subinspectora Alia Montela, la compañera de Capi en la investigación.

—¿Me tomas por idiota? ¿Sabes lo que estás pidiendo? —Navarro se te suben a la chepa.

—Escúcheme, juez. Anselmo, el chófer, oyó una conversación entre él y su abogado donde hablaban de cambiar el testamento. Al parecer, en ese escrito desheredaban a la familia.

Como hablaba con el jefe, Navarro, los beneficiarios directos tras la desaparición y el asesinato son su esposa e hijos.

—Pare, subinspectora —Enrique deja un silencio y resopla—. Mandadme un escrito solicitándolo. Si me parece razonable, lo firmaré.

Clac. El sonido inequívoco de haber colgado. Recuperamos al instante la capacidad de respirar sin encoger el estómago.

—Vamos a necesitar un equipo completo para abarcar todo el edificio.

Navarro vuelve a levantar el teléfono tras mi petición.

—Salid de aquí cagando hostias y me informáis en cuanto terminéis —dice, señalando la puerta de su despacho.

Salgo deprisa, sin mediar palabra. Alia me sigue.

—Capi, gracias por apoyarme con esto.

—No vamos a encontrar nada.

—Pero, como has dicho, podemos sembrar la incertidumbre entre ellos.

Me paro en seco y Alia choca conmigo.

—Espero que durante este caso aprendas las cosas del oficio que no se enseñan en los libros.

—No te entiendo…

—Solo hay una cosa que no admito ni de ti ni de nadie. Quizá por eso he trabajado solo casi toda mi vida. Nadie actúa a mis espaldas. Cualquier cosa que hayas pensado tú, ya la he pensado yo antes. No lo olvides.

—Pero yo…

No le dejo terminar la frase.

—Me gusta que tengas iniciativa, que pienses por ti misma, que construyas tus teorías. Pero las discutimos juntos. Diseñamos las estrategias juntos. Si no estás dispuesta a respetarme, será mejor que busquemos compañeros diferentes. Tú decides.

Me quedo esperando una respuesta. Sin pensárselo, Alia contesta:

—No volverá a pasar. Vamos a trabajar.