La flor de eléboro 25 Ama Lidia
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25 Ama Lidia

—¿Aló? Inspector García al habla.

Alia me observa desde su mesa. Tengo los pies sobre la mía, recostado en mi sillón de cuero, ganado a pulso, y sostengo el teléfono entre el hombro y la cara mientras, con una mano, manipulo el próximo cigarrillo que me voy a fumar.

—Mi nombre es Julio Estévez, policía de Alduete. Llamo de parte del inspector Osuna —oigo al otro lado.

Me incorporo, adopto una postura decente y cojo un bolígrafo. Hago un gesto para que Alia se acerque.

—Encantado, Julio. Gracias por llamar. Te escucho.

—Querían información sobre la muerte de Angélica Garrido. Ya le comenté al inspector que no hay mucho que contar. Todo apunta a que se le fue la mano con el orujo.

—¿La encontraron muerta? ¿Un mal día de copas? —pregunto, incrédulo.

—Se ahogó en su propio vómito. Y eso que los paisanos de aquí tienen aguante; llevan toda la vida bebiendo el mismo elixir. Encontramos seis botellas vacías de orujo casero.

—¿Algo reseñable los días anteriores? ¿Alguna visita? Me cuesta trabajo creer que se le fuese la mano, a no ser que quisiera hacerlo.

—No nos consta. Aunque no era una persona muy popular, tenía un fuerte arraigo aquí y, por lo que sabemos, su actividad durante tantos años le permitía vivir sin estrecheces.

Por otro lado, la casa de Angélica está un poco retirada del pueblo.

Hay que ir a propósito. Imposible saber si recibió visitas en esos últimos días.

—También me comentó Osuna que la muerte de su hija fue casi al mismo tiempo. Es increíble.

—Sí… una fatal coincidencia —afirmo.

—Según comentan las malas lenguas —ya sabe, en los pueblos todos nos conocemos—, envió a su hija a la capital para evitarle sufrimientos. La niña se hacía mayor, y los hombres de aquí empezaban a verla como una sustituta de su madre.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Angélica era la prostituta del pueblo. La conocía todo varón de la comarca. La niña no sabía quién era su padre. Aquí no tenía futuro.

—¿Se sabe a dónde la envió?

—El día que encontramos a la madre, el suelo estaba lleno de cartas. Todas venían del mismo apartado de correos: 19965. Hablaban de la niña.

—¿Investigaron ese apartado?

—No fue necesario. Días después se presentó una señora diciendo que era amiga de la difunta. Mostró un contrato de compraventa de la casa; resultó que era suya. Quizá el pago por atender a la pequeña.

—Continúa, Julio, por favor —lo apremio.

—Dijo que había enviado esas cartas. Comentaba lo desagradecida que había sido Susana después de todo lo que habían hecho por ella. Quería recuperar las cartas y algunos recuerdos.

Anoté el nombre que figuraba en el contrato: Iraide Esteba.

—Perfecto, Julio. Gracias. No te molesto más —agradezco, mientras escribo el nombre.

—Aquí no pasa gran cosa. Llamen cuando quieran.

Clac. El clic del teléfono confirma que ha colgado.

—Hermosa mujer, ninfa de los dioses, mi querida Fina… —¿Sería usted capaz de conseguirme una dirección? —le digo a mi compañera de control nada más colgar, mientras anoto el apartado de correos en un papel y se lo paso.

—Déjate de rollos, García. ¿Qué ofreces? —pregunta frotándose las manos.

—Un donut de chocolate y un zumo natural de naranja.

—Dos donuts y café. Mañana. El zumo y el chocolate juntos en el estómago son como una bomba atómica.

—Hecho.

No ha pasado un minuto cuando Fina dice:

—Apartado 19965, a nombre de Iraide Esteba. Última dirección: carretera comarcal 109, kilómetro 62.

—¿Cuánto has tardado?

—Veintiséis segundos y medio.

—Siempre me estafas. Tendrías que ponerte a régimen, joder.

Fina me despide con una peineta.

Alia ya ha cogido su cazadora y se dirige a la salida. Le lanzo las llaves.

—Lo que no entiendo es por qué te devuelvo las llaves si siempre conduzco yo.

Me encojo de hombros y me acomodo en el asiento del copiloto.

—Son veintitrés minutos, según el GPS —informa Alia.

—Sé más o menos dónde está. Era una carretera con bastante tráfico antes de construir la circunvalación.

—¿Qué crees que vas a encontrar allí, Capi?

—Quiero entender cómo Susana Garrido llegó a jefa de RR. HH. en el gabinete de Villanueva. Qué hizo desde que salió del pueblo.

Enciendo un cigarrillo. Mi cabeza imagina posibles escenarios: la voluntad de Angélica de alejarla de ese mundo, la falta de historial académico… ¿Qué hizo con su vida?

—Estás demasiado callado, no te pega ponerte en modo policía; rindes más cuando haces el ganso.

—Lo sé. Enseguida vuelvo a mi ser.

Alia toma el desvío.

—Hemos llegado.

Llama al timbre sin necesidad de bajarse del coche. Una cámara incrustada en la puerta gira hacia mí y muestro la placa.

—Inspector García. Quiero hablar con la señora Iraide Esteba.

—Señorita, por favor —responde una voz grave—. Pasen con el coche y rodeen la casa. Los espero en la puerta trasera.

Seguimos sus instrucciones, rodeamos la casa y la vemos sentada en el porche.

Al bajar del auto, nos saluda levantando el brazo, una taza de café en la mano, sin moverse de la mecedora.

Es una mujer de porte firme, envuelta en una bata de satén negro.

Aún conserva buena estampa, pero ya no engaña a nadie: los años se le notan en la piel.

Maquillada a pesar de ser primera hora, con el pelo largo recogido en un moño improvisado. Su presencia impone…

—Buenos días. Gracias por recibirnos. Somos el inspector García y la subinspectora Montela —nos presentamos al llegar a su altura.

—Siéntense, por favor. ¡Dulce! —grita hacia el interior—. Trae dos cafés bien cargados para esta visita tan ilustre.

Al momento aparece una joven despeinada, en pijama, con cara de pocos amigos.

—No se fíen. Unos retoques y se convierte en princesa… —Nos miramos perplejos—. Sus gestos me dan la vida. No tienen ni idea de dónde están, ni a qué nos dedicamos.

—Estamos abiertos a explicaciones —le digo, mostrando mi mejor sonrisa.

—Quizá ahora no estén interesados, pero más adelante… Están en el lugar donde sus sueños sexuales pueden hacerse realidad. Pero me temo que no han venido a suscribirse.

—No lo descarto para un futuro —respondo—. Pero queríamos preguntarle por Susana Garrido.

La señorita Iraide deja la taza sobre la mesita y se echa hacia delante:

—Antes de marcharse, le advertí que la vida que había escogido no tenía futuro. Y, sin embargo… —Levanta la voz y vuelve a recostarse sobre el respaldo de la silla—. Le ha durado más de lo previsto

—¿Esta fue su residencia cuando abandonó el pueblo?

—Su madre me confió su crianza; no quiso estudiar. Primero limpiaba las habitaciones de las chicas. Un día me pidió ser como ellas.

—¿Como ellas? —pregunta Alia, con gesto serio.

—Sí, como todas. Me dijo que quería ganar mucho dinero en poco tiempo. Se convirtió en Ama Lidia. Lo que hacía en sus sesiones… lo dejo a su imaginación.

—Pero eso es prostitución —dice Alia, sin ocultar su tono acusador.

—Subinspectora Montela, ¿verdad? Es usted muy joven.

Le explicaré algo sobre la naturaleza humana: la perversión, el control, el poder, el sexo…

Palabras de un submundo del que, si entras, es posible que no salgas.

Personas con mucho poder cruzaron ese umbral hace tiempo, y parte de su vida se desarrolla en lo oculto de este sitio.

No pierda el tiempo con amenazas: no la van a llevar a ninguna parte.

—Y referente a Susana, fue su elección —dice, ofreciéndonos una mueca de desprecio.

Ninguna chica está obligada a quedarse. Tienen libertad absoluta. Como ella; llegó el día en que la «suerte» llamó a su puerta: un galán cambió su vida.

—Alberto Villanueva —afirmo, dando continuidad a la historia.

—Usted lo ha dicho. Un día se la llevó. No supe más hasta que leí la noticia.

—Una historia de novela —murmura Alia, irónica.

—Ya saben lo que dicen: la realidad supera la ficción —sentencia Iraide.

Alia se levanta, indignada.

—Gracias por el café y la información —digo, girándome—. ¿Tiene tarjeta? Por si…

—¡Capi! —grita Alia.

—Nos volveremos a ver —afirmo.

Apenas me he sentado cuando Alia ya ha arrancado.

—A veces odio este trabajo… No contestes, Capi. No estoy para bromas.