La flor de eléboro 24 Testamento
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24 Testamento

—¿Quieres que conduzca yo hoy?

—Este no es el Capi que yo conocía. A ver si te vas a estar enamorando, no me fastidies.

—Me encojo de hombros—. No sé a qué viene esa mierda de pregunta. Conduce tú y a otra cosa.

—No te ofendas, guapetón. Que me gusta a mí un Capi «atontolinao».

—¿Quieres conducir callada y atender a la carretera, por favor? —respondo.

—¿Quieres que vaya esta noche a tu casa a repasar las pruebas? —pregunta Alia con una sonrisa pícara.

—Vete un poco a la mierda —respondo sin mirarla.

Guardo silencio durante unos minutos mientras veo cómo Alia mantiene la sonrisa. De vez en cuando se le escapa una carcajada. De repente, y sin dejar de mirar al frente, suelto:

—Creo que lo mejor será que pida el traslado.

—¿Qué? —La sonrisa desaparece de su rostro.

—No lo entenderías. Llevo demasiado tiempo solo. Lo mejor es alejarme de ti cuanto antes.

—No me estás hablando en serio…

Sigo sin levantar la cabeza.

—¡Capi! —exclama.

Con lentitud, levanto la cabeza y muestro una sonrisa perversa.

—Puedes venir a mi casa cuando quieras a repasar las pruebas. —Estallo en carcajadas.

—Imbécil. ¡Eres un imbécil! ¡Vete a la mierda!

—Qué me gusta una Alia cabreada… —Sigo riendo a carcajada limpia.

—¿Ves, subinspectora? Con esta charla tan amena ya hemos llegado.

La risa se apaga al acercarnos a la garita. Alia abre la ventanilla y muestra la identificación.

—Vamos a casa de los Villanueva. Conocemos el camino.

—Aviso que van hacia allí —dice el vigilante mientras levanta la valla.

El camino hasta la casa se hace largo. Al bajar del coche, la puerta exterior se abre a nuestra llegada. Recorremos el sendero hasta la entrada principal. Nadie nos espera. Empujo la puerta, que está entornada.

—¿Hola?

A diferencia de la vez anterior, el ambiente se nota más fresco. En el aire flota un aroma a perfume caro, suave y discreto, el tipo de fragancia que no busca llamar la atención, pero que se detecta al instante.

—Buenos días, pasen, por favor. No los esperábamos hoy. Nos han pillado de casualidad.

Aparecen Esperanza y Diana, de punta en blanco con el bolso en la mano.

—No las vamos a entretener mucho. Solo un par de preguntas.

—Pasen por aquí —dice Esperanza, adelantándose para llevarnos al salón—. Pero siéntense, por favor. ¿Desean tomar algo? —pregunta, sentándose en el sofá.

—No, gracias, muy amable. —Hago una pausa y lo suelto—: Hemos detenido al chófer de su marido por el asesinato de Susana Garrido.

—¿Anselmo? —Esperanza tarda unos segundos en procesarlo y, cuando vuelve a hablar, su voz suena contenida—. Anselmo es incapaz de hacer una cosa así.

—Ha confesado que estuvo en el lugar del crimen y que la golpeó. Todavía estamos investigando lo sucedido. —Espero unos instantes—. ¿Tienen ustedes alguna idea de por qué podría haberlo hecho? Al fin y al cabo, era su jefa. ¿Saben si había algún problema entre ellos?

Esperanza mira a Diana, que se encoge de hombros.

—Nos deja sin palabras. Tanto él como su padre han trabajado para la familia desde hace muchísimo tiempo. Son personas afables, serviciales y correctas —dice la hija.

—En su declaración afirma que hizo una visita a la señorita Susana para asustarla. Pero al parecer se le fue la mano. Insistió en que lo hacía para protegerla a usted, Esperanza. Dejó entrever que tenían una relación.

—¿Les dijo que teníamos una relación? ¿Una relación sentimental? Se ha vuelto loco. —Baja la mirada—. Solo la veía cuando venía a recoger a Alberto. No habremos cruzado más de diez palabras seguidas nunca. Siempre cortés y educado. No lo entiendo.

—Estamos investigando si también está involucrado en la desaparición de su esposo. Si él estaba convencido de que existía algo entre ustedes, podría haber cometido una locura —concluyo.

Esperanza se queda en silencio, mirando a ningún punto en concreto. Diana niega con la cabeza y aprieta la mano de su madre.

—Perdone que le haga esta pregunta, ¿sabe si su marido había hecho testamento? —pregunta Alia, midiendo cada palabra.

—¿Les parece pertinente hacer esa pregunta en estos momentos? —interviene Diana protegiendo a su madre.

—Lo es. Es la razón última por la que Anselmo, presuntamente, le quitó la vida a Susana.

En su declaración, afirmó que su marido cambió el testamento hace unas semanas.

Los negocios y las cuentas bancarias, junto con casi todas las propiedades, pasarían a la difunta. A sus hijos, esta casa. A usted… nada.

—¿Por qué iba a hacer eso mi padre?

—Es una pregunta que tendrían que responder ustedes —concluye la subinspectora.

—Es un asunto complicado. —Continúo—. Salvo que tengan copia del testamento, no vamos a poder acceder a él a no ser que se confirme, esperemos que no ocurra, la muerte de su esposo.

—O que aparezca, que es la opción más deseable por todos y echaría por tierra cualquier hipótesis —añade Alia.

Diana se levanta de golpe, camina unos pasos y vuelve al sofá enfadada.

—¿Se dan cuenta del sinsentido que es todo esto? Primero, el chófer y mi madre son amantes, y ahora que hay un testamento, del que no tenemos constancia, que nos deja con una mano delante y otra detrás… Y, para colmo, mi padre desaparecido, sin ningún rastro de él.

—Lo entiendo —hago una pausa—. Déjenme hacerle una última pregunta: ¿Desde cuándo era usted conocedora de la relación entre Susana Garrido y su marido?

—Bueno, esto ya es el colmo. No vamos a contestar ninguna pregunta más. Si necesitan hablar con algún miembro de la familia, pónganse en contacto con nuestro abogado.

Diana se levanta indicándonos con un gesto que es hora de irnos.

Miro a Alia y nos levantamos a la vez.

—Perdonen este mal rato. Necesitábamos tener algunas respuestas.

Nos encaminamos hacia la puerta.

—Una mujer lo sabe —responde Esperanza, poniéndose en pie y erguida—. Solo hace falta una noche de alcoba para sacar conclusiones.

Salimos de la casa sin decir ni una sola palabra más. Dejamos la puerta entreabierta, como la habíamos encontrado.

—Es la segunda vez que venimos a esta casa y siempre salgo con la misma sensación —comenta Alia mientras nos acercamos a la puerta de salida.

—Demasiada verdad en sus palabras. Demasiada franqueza. No tiene la necesidad de hacerlo —añado.

—Si damos credibilidad a las palabras de Anselmo, la cosa se complica. Hay que encontrar a la familia de Susana. Si es como dice, alguien se va a llevar una alegría.

—O lleva alegre un tiempo —replica Alia.