La flor de eléboro 23 Amantes
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23 Amantes

Anselmo la miró desde la cama, aún desnudo.

—Deberías haberlo dejado hace tiempo.

Esperanza se sentó junto a él. A través de su melena rubia y rizada se intuían unos pechos perfectos.

—¿Tú crees? No sabes nada. Vienes, me usas y te marchas.

—No entiendo cómo puedes aguantar sabiendo que nunca te ha querido.

—Ya hemos hablado muchas veces de esto, Anselmo —dijo, incorporándose—. Deberías vestirte.

Él frunció el ceño y se sentó al borde de la cama, cubriéndose con la sábana.

—¿Dónde quedo yo en esta historia? Podríamos iniciar una vida juntos —añadió.

Esperanza lo miró con una sonrisa irónica.

—¿Serías capaz de renunciar al sueldo que te paga mi marido? No volverías a trabajar en ningún sitio de la ciudad. Es imposible escapar de su influencia.

Hizo una pausa.

—Mis hijos están por encima de todo esto. Ellos heredarán el imperio Villanueva. No podría irme dejándolos en las manos de su padre. Prométeme que nunca les dirás nada.

Anselmo, ya incorporado, intentaba ponerse los pantalones.

—¿Heredar? Eres una ingenua. ¿Crees que alguno de vosotros va a heredar? No significáis nada para él. Sois solo una fachada: la familia perfecta, la exitosa familia Villanueva. Juntos y felices.

Ella se llevó las manos al rostro.

—¿Y si tanto te molesta, por qué sigues trabajando para él? Podrías empezar una nueva vida lejos de aquí.

—Porque… te quiero.

Esperanza torció la boca y apartó la vista.

—Qué fácil: solo son palabras; es una situación cómoda para ti; jamás te implicarías en una solución.

Anselmo se detuvo al abotonarse la camisa.

—¿Qué quieres decir?

Ella inspiró hondo.

—Ojalá desapareciese del mapa —murmuró—. Él y su adorada secretaria… Pero olvídalo. Vístete, vas a llegar tarde.

Él se acercó y la besó en la frente.

—Sabes que puedes pedirme lo que quieras, ¿verdad?

Esperanza se enfundó una bata de raso blanco mientras Anselmo terminaba de vestirse. Lo abrazó con fuerza.

—Tienes que marcharte. Nos veremos pronto.

Anselmo salió impecable de la habitación.

Tenía que recoger la comida en el restaurante y llegar antes de las trece a las oficinas.

Durante el trayecto en coche, le vino a la memoria aquel episodio vivido hace unas semanas, mientras conducía desde casa de los Villanueva hasta la oficina.

Recordó con nitidez la conversación telefónica que había escuchado entre don Alberto y su abogado:

«No te pago para que cuestiones mis decisiones.

Te agradecería que te limitaras a cumplir mis órdenes.

Conozco la ley y, llegado el momento, te corresponderá dejarlo preparado para que no pueda impugnarse.

Como hemos hablado, quiero a Esperanza fuera del testamento; la casa será para mis hijos; todo lo demás lo heredará Susana Garrido.

Déjalo listo: en una semana pasaré a firmarlo. »

Y más tarde, aquella charla breve con don Alberto, cuando me descubrió mirándole por el espejo retrovisor:

—¿Cómo está tu padre?

—En forma. Gracias por preguntar, señor.

—No tengo que recordarte que, durante años, fue un servidor fiel de la familia.

Siempre dispuesto a ayudar sin una sola pregunta, habría hecho cualquier cosa que le exigiese, por muy «comprometedora» que pareciera.

Al final obtuvo su recompensa, y confío en que la esté disfrutando.

Solo me pidió una cosa: que su hijo fuese su relevo.

No lo dudé: ¿quién mejor que tú para continuar su excelente servicio?

Sin duda, estás siendo el relevo perfecto.

El sonido de una ambulancia lo devolvió al presente. Miró el reloj digital del salpicadero: aún tenía tiempo.

—Marcar teléfono: Papá —ordenó con voz tensa al sistema manos libres del coche.

—Papá, ¿cómo estás?

—Hola, hijo —la voz sonó enérgica—. ¿Todo bien?

—Sí, estoy a cinco minutos de casa. Necesito hablar contigo.

—Estupendo. Hace tiempo que no hablamos. Te preparo un café.

—Voy justo de tiempo. Te recojo, vamos por la comida del jefe y te dejo en casa de vuelta.

—Sin problema. Lo primero es lo primero.

A lo lejos, divisó a su padre apoyado en el porche de la casa, apenas a unos metros del garaje.

Aunque llevaba tiempo jubilado, conservaba un porte impecable; el ejercicio diario y la dieta estricta lo mantenían en forma.

Al acercarse, su padre levantó la mano en saludo y, al aparcar, subió al coche de un brinco.

—Buenos días, hijo —saludó al entrar.

—Buenos días, papá.

El silencio se hizo breve antes de que su padre hablara:

—Esto no es una visita de cortesía, ¿verdad? ¿Hay problemas en el trabajo?

—¿Qué trabajos especiales hiciste para el señor Villanueva? —preguntó Anselmo, conteniendo tensión.

Su padre alzó la vista.

—Todos los encargos que aceptaba de don Alberto eran especiales.

—¿Por qué te tiene cogido de los huevos?

—No sé a qué te refieres, hijo. Cuéntame qué ha pasado.

Anselmo apretó el volante con fuerza.

—Escuché a don Alberto hablar con su abogado: ha redactado un testamento nuevo y deja la mayoría de sus posesiones a Susana. Esperanza y sus hijos quedan fuera.

Su padre suspiró con pesadez.

—Los asuntos de los Villanueva no te conciernen. Tu único cometido es servirlos y conservar tu puesto.

Anselmo tragó saliva.

—No me tomes por tonto… —Extrajo el sobre del bolsillo interior de su chaqueta. Lo abrió con cuidado y sacó una hoja doblada—. Esto llegó ayer —dijo, entregándoselo a su padre.

El padre leyó la carta mecanografiada:

«Sé lo de tu padre.

El dinero no lo compra todo.

Ven a mi casa el lunes a las 16:00.

Tenemos que hablar.

Susana»

El padre alzó la vista, con la carta aún en la mano.

—Susana —murmuró, negando con la cabeza.

—Algo no encaja. Susana siempre ha estado al tanto de todo. Debes acudir a esa cita y descubrir qué ocurre.

Anselmo guardó silencio unos instantes.

—Yo… me acuesto con Esperanza.

Don Ernesto lo observó en silencio, luego habló con voz grave:

—Eres más iluso de lo que creía.

—La quiero —confesó Anselmo—. Estamos enamorados.

—¿Enamorados? Eres un ingenuo. No sabes a lo que te enfrentas. Antes o después se enterará, y estarás muerto.

—¿Y tú lo harías por él? —replicó Anselmo—. ¿Eso es lo que siempre has hecho?

Su padre respiró hondo.

—¿Quién pagó tu educación? ¿Cuántos chóferes tienen sueldo de ejecutivo? ¿Quién eres tú para juzgarme?

—Soy tu hijo, y merezco que me digas la verdad.

El resto del trayecto transcurrió en un silencio tenso. Al llegar, don Ernesto abrió la puerta, salió y sin mirar atrás ordenó:

—Cumple tu cometido y mantenme al tanto.

Anselmo apretó el volante con fuerza, respiró hondo y se quedó inmóvil unos segundos, fijando la mirada en la carretera antes de reanudar la marcha.