La flor de eléboro 22 Amor de hijo
62%

22 Amor de hijo

—¿Qué prisa tienes? No se va a mover de ahí; estoy de camino.

—Llevo una hora y cuarto esperando, que es la hora y cuarto que hace que tú deberías estar en tu puesto de trabajo —escucho la voz de Alia, tensa, al otro lado.

—¿Te han ascendido y no me he enterado? ¿Has pasado a ser mi jefa? Deberían habérmelo comunicado para poder pedir el traslado.

Cuelga sin dejarme responder.

Aparco mal, como siempre, cruzo la puerta principal y me meto en el pasillo con paso ligero.

Alia me espera junto a la sala de interrogatorios, con un vaso de café en la mano. Resopla al verme llegar y niega con la cabeza.

—¿Dónde lo han cogido? —pregunto, mientras le arrebato el vaso de café.

—Estaba en su casa. No ha ofrecido resistencia.

A través del cristal lo observo. Se levanta, se sienta, se pasa las manos por el pelo, se cruza de brazos, los descruza, suspira, se rasca el cuello, se vuelve a levantar, mira a la puerta, al techo, al suelo.

—¿Cuánto lleva así?

—Desde que llegó. No ha parado de dar vueltas ni un minuto. Va a desgastar el suelo.

—Perfecto. Está en su punto. Le vamos a dar otro empujoncito.

Alia me hace un gesto con la cabeza. Paso delante de ella y empieza el show.

—Tu padre te debe querer mucho. Bueno, como cualquier padre quiere a su hijo…

Aunque, la verdad, no todos quieren a sus hijos.

Hay padres que sí, padres que no. Hijos buenos, hijos malos…

En fin, me estoy liando —hago una pausa, consciente de la idiotez que me acabo de marcar—.

Este es el ejemplo: tenemos delante a un mal hijo.

Con esa pinta de buenecito, vas y te cargas a una bella señorita de dos golpes.

Anselmo frunce el ceño desconcertado. Fija su mirada en Alia buscando comprensión y dice con voz temblorosa:

—Yo solo le di un golpe. Me asusté y me fui. Estaba viva, se lo juro. Solo quería asustarla.

—Vamos a empezar por el principio. ¿Para qué fuiste a casa de Susana Garrido? —reclamo su atención.

—Ella me citó allí. Recibí una nota suya.

—Y, por supuesto, tienes la nota. ¿Para qué quería verte?

—No la tengo. —Hace una pausa buscando la respuesta adecuada—. Era una mala persona. Quería quedarse con todo el dinero de la familia y dejar a la señora Esperanza y a sus hijos en la calle.

—Por lo que sabemos, el señor Villanueva y Susana Garrido tenían una relación —interviene Alia.

Anselmo ladea la cabeza. Una sonrisa cínica se dibuja en su rostro, pero la borra enseguida.

—¿Una relación? Ustedes no saben quién era Susana antes de trabajar para el señor.

—¿No? ¿Y quién era? —pregunto.

—Averígüenlo ustedes.

Un silencio incómodo llena la sala. Nadie se atreve a romperlo.

—Has dicho que se iba a quedar con todo. ¿Y qué iba a hacer? —lo rompe Alia.

—Ya estaba hecho: el señor Villanueva la había declarado heredera universal.

—¿Y eso a ti en qué te perjudica?

—En nada.

—¿En nada? ¿Eres el buen samaritano? —vuelvo a la carga.

—La señora Esperanza no se lo merecía.

—¿Tienes una relación con ella?

—No.

—Sí, tienes una relación con ella, «Casanova». Tu cara te delata.

—No les importa.

—O sea, que vas a su casa, la matas, haces desaparecer a Alberto Villanueva, te quedas con su mujer y con su pasta. Eres un fenómeno.

Anselmo se levanta con un movimiento violento de la silla.

—¡Le repito que no la maté! —Alia lo agarra del hombro y del brazo y, con un solo movimiento, lo vuelve a dejar sentado. —Y mucho menos hice desaparecer al señor Villanueva. Era mi jefe.

—¿Era? —levanto la voz—. ¿Qué has hecho con él? Tengo una curiosidad insana por saber cómo lo sacaste del edificio.

—Era… es… no lo sé. No tengo nada que ver con eso.

—Por otro lado, eres el único con línea directa con el jefe.

Lo llevas, lo traes. Su tarjeta de acceso no deja rastro.

Salís sin avisar, aprovechas que nadie sabe que se fue y lo matas.

Anselmo me mira con rabia contenida. —Sorpresas te da la vida.

Además, compinchado con su jefa para hacer desaparecer al marido. Esto lo habéis tramado juntos.

—¡Se lo advierto! —grita, señalándome con el índice de su mano derecha—. Deje en paz a Esperanza. Ella no tiene nada que ver.

—¿Te pasó lo mismo en casa de Susana? ¿Te calentaste?

—Volvamos allí —interviene Alia, sin darle un respiro—. La cosa se complicó, agarraste lo primero que tenías a mano y la golpeaste.

—Le di un golpe para que dejase de morderme.

—Le diste tres golpes. No mientas. El primero fue despacito para que entendiera quién eres y tenerla a tu merced.

Los otros dos son obra de un sádico asesino.

—Me acerco todo lo que puedo y le susurro al oído—.

¿Te acercaste a Susana tanto como yo a ti ahora?

—Me levanto de repente y le grito—. Y fue cuando te mordió y te arrancó un trozo.

Anselmo se lleva la mano a la parte derecha de su cuello.

Alia se acerca y lo inspecciona con atención.

—Buen trabajo —dice apartando despacio la mano de Anselmo—. Hay que fijarse mucho para ver el mordisco.

—Solo hay que verlo. Parece una mosquita muerta y es un profesional —le digo a Alia, señalándolo con una mirada.

—Entonces, agarraste la estatuilla, la golpeaste, te soltó y saliste corriendo, ¿no? —Alia baja el tono, ofreciéndole un respiro.

—Sí… —dice, después de tragar saliva—. Empezó a sangrar; pensé que estaba muerta. Luego gemía y entonces me marché.

—¡Te cagaste! Para ser asesino, eres muy torpe. Ni limpiaste huellas ni te llevaste el arma —subo el tono.

—No quería matarla. Solo asustarla… Estoy cansado.

—¿Por qué te citó? ¿Por qué te mordió? ¿Qué estás ocultando?

—No voy a decir nada más.

—Si me dices qué habéis hecho con tu jefe, dejo fuera a tu padre.

—¿Hemos? Usted está loco. Déjeme en paz. Mi padre no tiene nada que ver, solo quería protegerme.

—¿Qué hijo permite que su padre se coma un marrón como este? Seguro que disfrutaste mordiéndole y recordando cómo Susana te mordía a ti. ¿Te excitaste? Tu perversión no tiene límites.

Rompe a llorar con un sollozo que llena la sala.

Alia me mira y afirmo con la cabeza; ha sido suficiente.

—Vamos a visitar a Esperanza, a ver qué opina de vuestra relación —termino.

—Haga lo que quiera. No voy a decir nada más.

Abro la puerta para llamar a Samuel.

—Samuel, sácalo de aquí.

—Tus órdenes, jefe.

Anselmo se levanta con dificultad. Samuel se sitúa detrás de él, firme.

—Nos vamos, caballero.

Cierro la puerta y miro a Alia con los brazos en jarras.

—Muy convincente. Gran actor, como su padre.

—Se nos escapa algo, Capi. Tuvo la oportunidad de huir y no lo ha hecho. ¿Qué sabía Susana Garrido y qué iba a conseguir de Anselmo?

—Vamos a hablar con la señora de la casa. Tenemos que averiguar cuánto se quieren estos dos.