La flor de eléboro 21 La concepción
59%

21 La concepción

Acabada la cena, el cronómetro invisible comenzó a correr. Alberto inició el ritual y se dirigió a la barra pequeña situada detrás de su sillón.

De su bolsillo sacó un llavero de oro con sus iniciales, del que colgaba la llave que abría uno de los compartimentos del mueble.

De allí extrajo una copa especial para coñac, de cristal fino y forma de globo, diseñada para que el licor respirara y el calor de la mano lo llevase a la temperatura perfecta.

La alzó a contraluz y, con paciencia, comprobó que no hubiera una sola mota de polvo.

Solo entonces la aposentó sobre un tapete color marrón claro y sacó una botella de Hennessy XO.

Con lentitud ceremonial, se sirvió la cantidad justa de licor, dispuesto a entregarle los treinta y cinco minutos exactos que dedicaba cada noche, saboreando cada sorbo recostado en su sillón.

Mientras tanto, Diana, a pesar de su corta edad, avanzaba con los platos apoyados en sus brazos extendidos, rígida como un pequeño autómata, el ceño fruncido de concentración y el máximo cuidado para que nada se le cayera.

Su madre la observaba en silencio, agradecida por aquella ayuda menuda tras la fría cena.

Cumplido ese tiempo, como si sonara una campana invisible, Alberto se levantó y se dirigió a su dormitorio.

Esperanza acompañó a Diana a su habitación, la ayudó a ponerse el pijama, la arropó en la cama y le dio un abrazo seguido de un beso de buenas noches.

La niña cerró los ojos. Esperanza salió de puntillas y entornó la puerta sin hacer ruido.

Los dormitorios se encontraban en la primera planta. Antes de entrar en su cuarto, Esperanza lanzó un último vistazo al salón desde lo alto de la escalera, asegurándose de que todo estaba en su sitio.

La habitación de matrimonio, funcional, ordenada y austera, despojada de recuerdos, mostraba dos camas separadas, cada una con su propio juego de mesillas y lámpara; vestidores individuales a cada lado y un baño común que parecía más un reparto de espacios que una intimidad compartida.

Una ventana doble se abría hacia la terraza, lo bastante amplia para una mesa y dos sillas, con vistas al jardín trasero y a la piscina.

Cuando Esperanza llegó, Alberto ya estaba en la ducha.

Ella aguardó su turno, distraída en sus pensamientos, escuchando el agua caer como un metrónomo implacable.

Lo vio salir de la ducha y cruzar delante de ella como en una visión.

Entró en el aseo, se desvistió despacio, se lavó los dientes y se puso el camisón.

Al salir del baño, lo encontró sentado a los pies de su cama, con el gesto serio y expectante, ojeando los apuntes de una libreta.

—Hoy es el día —dijo con voz firme—. Según tus apuntes, la temperatura está en el punto exacto.

Levantó la libreta a la altura de su cabeza, le dio la vuelta y señaló la última anotación.

—Prepárate —finalizó.

—No puedo. No voy a dejar que me lo hagas.

—Creo que no me has escuchado —replicó él, intentando contenerse tras una larga inspiración.

—Tienes que respetarme —se atrevió a decir ella—. No me voy a quedar embarazada de alguien para el que no significo nada.

—Puedes elegir —dijo con gesto arrogante—. Siempre habrá otra que quiera ocupar tu puesto. Y tú, junto con tu hija, os quedaréis en la calle.

Ella permaneció unos segundos parada en medio de la habitación. Avanzó hacia la cama por el lado contrario de donde se encontraba su marido. Sin mirarle, se acomodó con el cuerpo rígido, mirando hacia el techo y con las manos entrecruzadas sobre su vientre. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—Llevamos más de seis años intentándolo —murmuró Alberto—.

No tienes la actitud necesaria, no pones de tu parte.

El cuerpo responde a la mente. Te empeñas en alargar este calvario.

Así nunca te quedarás embarazada. Y entonces habrá consecuencias —siguió hablando, despacio, como quien dicta una sentencia.

La miró con frialdad. —¿Eso es lo que quieres?

Esperanza cerró los ojos, fingiendo no escuchar.

Alberto se inclinó hacia ella, y el aliento impregnado de coñac le llegó como un golpe punzante.

—A mí tampoco me hace ilusión acostarme con alguien que me da asco —dijo él—. Pero tengo que cumplir la promesa que le hice a mi madre en su lecho de muerte. No lo hagas más difícil.

Ella, de forma instintiva, retrocedió contra la cabecera, abrazando sus rodillas dobladas en un intento de mantener la distancia.

—No… —Tembló, buscando cubrirse con el camisón—. Por favor…

Esperanza cerró los ojos. Ya no escuchaba las palabras de Alberto. Su mente giraba buscando cualquier resquicio de escape, mientras sentía cómo él tomaba el control. Ya no tenía fuerzas para resistirse. Estaba tumbada en la cama y Alberto se había colocado encima.

El silencio se volvió absoluto, salvo por la respiración entrecortada de ambos y el sonido de dos pieles que chocaban a destiempo.

Cada segundo se sentía eterno. Ella permaneció inmóvil mientras él entraba y salía de su cuerpo.

Su mente buscaba algún momento de felicidad pasado que la alejase del ahora.

La respiración atropellada de su marido indicó que todo había terminado. Al segundo, Alberto ya no estaba a su lado.

Esperanza permaneció unos instantes más en la cama, todavía anclada en otro lugar, en otro tiempo. Su corazón palpitaba con fuerza y la garganta se le cerraba. Imploraba a cualquier fuerza del universo no tener que repetirlo nunca más.

Esperó en silencio a que su marido se durmiera. Escuchó el peso de su respiración volverse más hondo, más regular, hasta asegurarse de que ya no podía oírla ni verla. Entonces, se levantó con sigilo y abandonó la habitación.

Según avanzaba por el pasillo, su semblante vacío empezó a dibujar una leve sonrisa. Por fin respiraba. Abrió con cuidado la puerta del cuarto de Diana y se acercó a la cama. La niña dormía arropada entre sus sábanas.

Esperanza se acostó a su lado y la abrazó con suavidad. Poco a poco, el cansancio le ganó la batalla hasta quedarse dormida en el único lugar donde residían su paz y su razón de vivir.