20 Días de escuela
—Hoy estás muy callado, Capi. Creo que podría acostumbrarme a este silencio —susurra Alia inclinándose sobre mi mesa.
—No te hagas muchas ilusiones. El día solo acaba de empezar. —Levanto la cabeza y clavo los ojos en sus labios—. Te veo más centrada hoy.
—Bastante más. Gracias por tu interés —responde, recuperando la compostura—. ¿Ha dado el OK el juez para la prueba de ADN?
—Que yo sepa, no. Navarro está pendiente. Será cuestión de horas. —Me levanto y recojo la chaqueta—. Vámonos. ¿Has avisado de nuestra visita? —Me dirijo a la salida sin esperarla.
—Avisadísimos…
En la puerta de la comisaría, hace guardia Samuel, como siempre:
—¡Samuel! Mi vida sin verte en todas partes no sería la misma. —Me desperezo junto a él invadiendo su espacio vital, como si fuera a desarmarme.
—Gracias, Capi. Yo también te quiero… Hasta luego, subinspectora.
—Adiós, Samuel.
—Pero no seas seca, joder. ¿No ves que lo tienes roto? Tienes menos corazón que el portero de un futbolín.
Me muero de la risa.
—Eres un auténtico gilipollas. Te dan igual los sentimientos de las personas —dice ella antes de abrir el coche. Se sienta y cierra de un portazo.
—Va a ser muy duro para él saber que tú y yo… —digo mientras me acomodo en el asiento del copiloto.
—Me vas a dar el viaje, ¿a que sí? Menos mal que estamos a diez minutos.
—Para nada, cariño…
—¡Argh! —Siento cómo un puño me golpea la barriga cervecera.
El resto del camino transcurre sin novedad. Aparcamos el coche frente a la puerta principal y entramos en el colegio. Atravesamos pasillos siguiendo las indicaciones hasta llegar a la secretaría.
—Inspector García y subinspectora Montela. La directora nos está esperando —digo a la secretaria.
—Sí, en la puerta de enfrente —responde sin ni siquiera mirarnos.
—¿Señora directora? —golpeo con los nudillos la puerta entreabierta—. ¿Podemos pasar?
—Adelante —se escucha una voz aflautada pero firme al otro lado.
—Somos el inspector García y la subinspectora Montela. ¿Podemos hacerle unas preguntas sobre Alejo Villanueva?
—Sí, pasen, por favor. Los estaba esperando. Tomen asiento.
Huele a papel y a lápices de colores. El despacho está demasiado ordenado para ser funcional: una mesa amplia, sin un solo papel a la vista.
Una planta en la esquina, diplomas enmarcados en la pared y, en una placa de metacrilato, el escudo del centro.
Se oye el zumbido tenue del ordenador en la mesa auxiliar.
—Como sabrá, Alberto Villanueva está desaparecido y queríamos saber cómo le está afectando a Alejo todo esto.
—Sí, una desgracia… —baja un poco la voz, aunque no parece demasiado afectada—.
El señor Villanueva es uno de nuestros principales benefactores —se acomoda en el sillón, evitando nuestra mirada y continúa—: Sobre Alejo…
Hablo a menudo con sus profesores; es una persona compleja, demasiado madura para su edad.
Muy inteligente, aunque no lo aprovecha: se esfuerza lo justo.
—Abre uno de los cajones y saca una carpeta—.
Iba a revisar las notas de este trimestre. Ya sabe, cierre de evaluación…
Coge uno de los folios plastificados y lo observa con una sonrisa cariñosa fingida. Alia agudiza la vista.
—¿Eso es un anuario? ¿Podemos verlo?
—Claro, sí —responde la directora, mostrándolo—. Este es del año pasado. Aquí está Alejo.
Nos acercamos. Alia ladea la cabeza.
—Parece mayor. ¿Cuántos años tiene?
—Diecisiete. En esa foto tenía dieciséis.
—Tiene una mirada curiosa… entre altiva y ausente —comento en voz baja.
—Es una mirada triste —añade Alia.
La directora esboza una sonrisa tensa, como si no supiera si tomárselo como una crítica o un cumplido. Cierra la carpeta con un gesto rápido.
—¿Ha tenido problemas con compañeros? ¿Tiene amigos en el instituto? —pregunto.
—Desde siempre pasa algunas temporadas sin asistir a clase. Según sus padres, tiene problemas de salud que nunca me han concretado. Como les decía, al poco de reincorporarse se pone al día sin dificultad.
—¿Y nunca se han interesado por ese problema de salud?
—Al principio, sí, por si era algo que pudiera afectar a otros. Pero me aseguraron que no. No tenía por qué preguntar más.
Pienso que su interés es solo transaccional. Dinero y más dinero.
—Hemos encontrado una denuncia contra él por una pelea con un compañero —interviene Alia.
—Sí, intentamos educar a nuestros alumnos en el respeto mutuo, pero a veces se nos escapa de las manos.
—Desde luego, a alguien se le fue la mano. El otro chico estuvo hospitalizado —apunto.
—Son chavales que se cuidan, les importa su cuerpo y su estado físico. En ocasiones no controlan su fuerza. Pero fue un incidente aislado. Los padres lo solucionaron enseguida. —Sí. Al día siguiente, la denuncia fue retirada. Entre ricos, las cosas son diferentes —digo.
—Entonces, ¿tiene buena relación con sus compañeros? —continúa Alia lanzándome rayos con la mirada.
—Excelente, sin ningún problema. La convivencia y el respeto en esta institución son sagrados.
—Sagrados. Así debe ser —remato.
—Ha sido de gran ayuda. Gracias por atendernos —concluye Alia, mientras se levanta.
—Si recuerda algún altercado entre padres y el señor Villanueva, o cualquier detalle, aunque sea pequeño, de algún comportamiento extraño, por favor, llámeme a este teléfono —le entrego mi tarjeta.
—Traeré a mis hijos a este colegio —exclamo al salir del despacho.
Salimos del despacho y recorremos los pasillos en dirección a la entrada principal del instituto.
—Cuando yo iba al instituto, el saber estar y el respeto te lo enseñaban en casa.
—Capi, no fastidies. Tienes más años que la orilla del mar.
Llegamos al coche, aparcado justo enfrente. Nos apoyamos en el lateral como si estuviésemos cansados.
—Me has llamado viejo. Otra vez. Lo del respeto al superior te lo pasas por…
Me lanza una media sonrisa y arruga la nariz.
—Déjate de historias. Mira, ahí salen. Es él.
Alejo Villanueva baja los escalones del centro con paso firme, los hombros caídos, la mirada baja. Lleva auriculares grandes, ropa cara pero desaliñada. Nadie lo acompaña.
—No parece que tenga muchos amigos.
—Ni parece que le importe. Nadie le habla; él tampoco mira a nadie. Va a lo suyo —apunta Alia.
—Por la edad, debe de estar en su último curso. Después, universidad o lo que le dé la gana. Con la pasta que tiene su familia, yo estaría ahora mismo tumbado en una hamaca, tocándome las pelotas a dos manos.
—¿Te das cuenta de lo desagradable que eres?
—Vamos a saludarle —digo, y salgo corriendo de repente.
Cruzo la carretera. Paro un coche en mitad del paso de peatones con la mano en alto, como si fuera Clint Eastwood en una de esas pelis que me gustan. El conductor me mira extrañado. Busco a mi compañera; me observa desde la acera, con la cabeza gacha, negando suavemente.
Cuando llego a Alejo, sonrío.
Se detiene, se quita los cascos con lentitud. Me mira sin decir palabra. Los ojos grises, limpios.
—Hola, Alejo. Soy el inspector García. Aquella señorita que viene caminando hacia nosotros es la subinspectora Montela. Investigamos la desaparición de tu padre.
—Sin mucho éxito, por lo que veo.
Buena respuesta, piensa deprisa, —digo para mis adentros.
—A lo mejor es que tu padre ha querido desaparecer por propia voluntad.
—No lo creo. Una persona de éxito, con dinero, influyente, con contactos… la familia perfecta. ¿Usted desaparecería?
—¿Tan influyente como para que nadie te metiera mano después de la paliza que le diste a ese chico? —pregunto, observando su reacción.
—Así es. Un verdadero cabrón influyente.
—Entonces, ¿insinúas que alguien le ha hecho algo? —interviene Alia, ya a mi lado.
—Ustedes son los policías.
Se vuelve a poner los cascos. Da un paso, dos. Luego se detiene y gira la cabeza con una sonrisa extraña.
—No le busquéis mucho, no vaya a ser que lo encontréis.
Pasamos unos segundos observando cómo se aleja, intentando encajar sus respuestas.
—Qué chaval más majete… —comento—. Con un hijo así yo también hubiese desaparecido.
—Capi, ¿he querido entender que quieres tener hijos? ¿Sabes que para eso necesitas una mujer? Tú solo no vas a poder.
—Ten cuidado, porque estás adquiriendo ese deje irónico que me caracteriza. Y no será bueno para tu reputación.
—Toma, conduce. —Le entrego las llaves.
—Como si no lo hiciera siempre.