La flor de eléboro 19 Tenemos plancha
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19 Tenemos plancha

¿Quién coño será a estas horas?

—¡Ya voy!

Miro por la mirilla y veo el rostro de Alia, sus ojos fijos, intentando saber si la estoy mirando desde el otro lado.

—Abre de una vez, Capi.

—Espera, que estoy desnudo —respondo soltando una carcajada.

—No me fastidies, déjate de tonterías y abre.

Subo mis calzoncillos de superhéroes Marvel, de pernera ancha y especiales para dormir, por encima de la barriga para disimularla; son esos que dan libertad a mi otro yo.

Ajusto el batín de pelo blanco, con el escudo del Capitán bordado a mano, que —por cierto— me costó un riñón, y reviso que no haya lamparones graves.

Abro la puerta y la dejo entrar.

—Estás en tu casa. Saluda al Capitán América.

—No me lo puedo creer… O sea, que es cierto que eres un friki, y por esto te llaman Capi. Como dices tú siempre: el mundo se va a la mierda —afirma mientras pasa a mi lado y recorre con la mirada el salón.

Plantada en el centro, se desprende del abrigo y comienza a desabrocharse la camisa.

—Pero ¿qué haces? —digo petrificado sin poder apartar la mirada.

Termina de quitársela y se baja el pantalón. Sin usar las manos, saca la primera pernera pisándola con el otro pie, y repite con la segunda. Sigo paralizado, sin pestañear.

—¿Tienes calor? —pregunto, desconcertado.

Sin responder, se libera del sujetador y de unas bragas negras tipo culote, quedándose desnuda.

Alia avanza hacia mí.

—¿Qué? ¿Voy a tener que explicarte el resto o vamos al lío? —se acerca tanto que no me queda más remedio que retroceder.

—¿Pero qué cojones haces?

—Venga, Capi, me ha fallado la cita y necesito desfogar. Si no, dolor de cabeza y falta de concentración.

—¿Así, por las buenas? ¿Y yo qué saco de esto? Me la he cascado hace un rato.

—No seas imbécil… —dice con voz melosa mientras me empuja y me deja caer en el sillón.

Me encorvo de hombros y, como puedo, me quito el batín y mi super calzoncillo. Desnudo, apabullado, comienzo a notar cómo una parte de mi cuerpo se enorgullece de haberse conocido.

—A ver, Capi, esto va así, por si no te acuerdas.

Esta parte que sobresale —dice mientras me agarra— se introduce en esta ranurita.

Una vez dentro —se sienta encima—, yo me voy a mover espasmódicamente, y de vez en cuando escucharás unos gemidos que se intensifican.

Cada gemido en si sostenido es un orgasmo.

Soy multiorgásmica, así que ya puedes estar atento, porque cuando me vea satisfecha se te acaba el tiempo.

—Pero…

Un primer gemido me cambia la expresión y las cejas se me arquean.

—Concéntrate, Capi —dice con la voz entrecortada.

Un segundo gemido me sorprende, su vaivén, cada vez más rápido, empieza a hacer efecto. El si sostenido se repite, el ritmo se acelera, una gota de sudor me resbala por la sien izquierda. Estoy a punto de caramelo cuando…Un gran gemido inunda la habitación. Hasta el Capitán América se sobrecoge.

—Pues ya estaría… —dice, dejándose caer sobre mi pecho.

—¿Cómo?

—Pero Capi, ¿todavía estás así? Buen trabajo —dice incorporándose—. ¿Dónde está el baño?

De manera automática, mi brazo se extiende y señalo hacia el pasillo.

—La puerta blanca que pone «baño» —digo sin apenas energía.

—Venga, termínatela mientras me ducho. Tenemos plancha.

Sin compasión, esa parte de amor propio que se había empinado hasta tocar el cielo se acuesta sobre sí misma, casi desapareciendo. Derrotado, rebusco mis gayumbos, echo mano al albornoz y me quedo mirando al vacío.

Alia vuelve a la sala mientras se seca el pelo con una toalla pequeña.

—Madre mía, Capi, ahora sí que sí. Ya enfocada.

—La próxima vez estaré más atento —digo con inocencia.

—¿La próxima vez? No seas optimista. ¿Tienes una camiseta para dejarme?

No respondo. Sigo mirando al techo, con el batín medio abierto y el cuerpo desparramado como un soldado abatido.

—¿Hola? ¿Estás vivo?… No te preocupes, ya la busco yo. Y espabila, que hay cosas que hacer.

—Dame unos minutos, que recupero mi dignidad —sólo consigo generar un hilo de voz.

Me incorporo del sofá a duras penas y me dirijo al baño. Todavía no puedo pensar con claridad, pero al salir me encuentro a la subinspectora con bloc y bolígrafo en mano.

—¿Quieres el resumen rápido o el detallado? —dice sin mirarme.

Suspiro.

—Me vas a dar el que te dé la gana. Empieza.

—Tenemos un suicidio, un asesinato y una desaparición.

Todos casi al mismo tiempo, ninguna conexión aparente.

Fredy, el de mantenimiento, se suicida. La responsable de Recursos Humanos aparece asesinada en su casa.

Y don Alberto Villanueva, jefe supremo, se evapora sin que su santa familia mueva una ceja.

—Sigue.

—Al principio, todo apuntaba a que el asesino era Fredy Espósito. Móvil pasional, celos, obsesión… parecía cerrado. Pero la autopsia dice que murió veinticuatro horas antes que Susana, así que no pudo matarla.

—Y entonces llega el chófer.

—Exacto. Ernesto Bravo, el exchofer fiel.

Se presenta, confiesa el crimen y encima dice que lo hizo por honor o vaya usted a saber.

Pero no cuadra: la muestra de ADN en los dientes de la víctima corresponde a un hombre de entre treinta y cinco y cuarenta y cinco.

Más quisiera nuestro Ernesto encontrarse en esa franja de edad.

—¿Y el mordisco?

—Humano, demasiado limpio para ser de un perro, dice tu amiga forense. Conclusión: Ernesto miente. Se echa la culpa para encubrir a alguien.

—¿A su hijo?

—Es lo más probable. Ya hay una orden de búsqueda.

—¿Y Villanueva?

—Desaparecido, cero señales y ningún movimiento financiero. Nadie lo ha echado en falta, o no quieren encontrarlo.

—O ya saben dónde está. —puntualizo.

Estupendo. Estamos en la línea.

De repente, Alia se levanta, alcanza sus pantalones, echa el sujetador en el bolso junto con el bloc y el bolígrafo, y se calza.

—Mañana nos vemos, jefe. Ha sido todo un placer —suelta, entre risas.

Guiña un ojo y sale de la casa.

Me descubro con el entrecejo fruncido, rebobinando minuto a minuto la última hora de mi vida, intentando procesar lo ocurrido. Algo me pasa, me ha inoculado algún virus o algo peor, porque ahora mismo me está apeteciendo un vaso de leche fría. Lo vengo diciendo, el mundo se va a la mierda.