18 San Andrés
Había pasado el tiempo suficiente desde que la puerta de Villanueva y Asociados se cerró tras el último trabajador.
Diana había esperado con paciencia hasta estar segura de que no se cruzaría con nadie conocido.
Mientras atravesaba la carretera, se preguntaba por qué el edificio no disponía de cámaras de seguridad exteriores.
Resultaba extraño. Aunque, por otro lado, supuso que cualquier documento de vital importancia estaría guardado en la caja fuerte de casa.
La puerta exterior del garaje se encontraba a la derecha de la rampa de acceso, en la parte trasera del edificio.
Un lector de tarjetas, incrustado en la estructura metálica, dejaba visible una ranura vertical para introducir la tarjeta de identificación.
Diana la sacó del bolso y la acercó al lector.
El aparato la succionó y la expulsó de inmediato.
Un clic metálico y el sonido de un engranaje precedieron la apertura automática de la pesada puerta.
Al cerrarse tras ella, las luces se encendieron. El zumbido constante de los ordenadores rompía el silencio de la sala. Diana notó cómo se le erizaban los vellos de los brazos al bajar las escaleras. Sin mirar a los lados, se dirigió a toda prisa hacia el ascensor y pulsó el botón de llamada.
—Dejar apretado el botón de la primera planta y pasar la tarjeta sin soltar…
—repetía para sí, intentando calmarse mientras esperaba.
Fijó la vista en el panel como si su mirada pudiera acelerar el paso del tiempo.
Movía las rodillas arriba y abajo, como si estuviera corriendo.
De pronto, las puertas del ascensor comenzaron a abrirse.
Antes de que se separaran del todo, Diana ya estaba dentro.
Tensa, se giró y alcanzó a echar un vistazo a la sala justo cuando las luces empezaban a apagarse.
El ascensor era amplio, con paredes metálicas que devolvían un reflejo apagado.
Con el pulso algo más estable, buscó el lector con la mirada, localizó la ranura y preparó la tarjeta. Respiró hondo. Con el dedo índice pulsó el botón «1» y, sin soltarlo, pasó la tarjeta.
El lector emitió un pitido breve y el ascensor se puso en marcha. Tres segundos, ni uno más, y se detuvo.
Las puertas se abrieron ante una oscuridad total.
Removió el contenido del bolso con urgencia hasta dar con el móvil, lo sacó y activó la linterna. El haz de luz se movía con rapidez de izquierda a derecha. Tras un suspiro, dio el primer paso hacia delante y las puertas del ascensor se cerraron. La habitación quedó iluminada.
—Buenas tardes, señor Villanueva —una voz femenina rompió el silencio.
El móvil resbaló de sus manos y se estampó contra el suelo. Diana miró a un lado y a otro de la habitación, en busca de su anfitriona.
—¿Qué desea hacer hoy? ¿Quiere escuchar música, leer las noticias o ver una película?
Las manos le temblaban, pero atinó a coger el teléfono y comprobó que seguía funcionando. Había cobertura suficiente. Suspiró, serenándose, y realizó una videollamada a Alejo.
—Vamos, cógelo… —murmuró Diana, impaciente, aferrando el móvil entre los dedos.
—Hola, hermanita. Buenas noches.
—¿Dónde cojones estabas? —refunfuñó ella con el corazón a mil por hora.
—¿Qué te pasa? ¿Y ese vocabulario? ¡Buenas noches primero, ¿no?! —añadió, cambiando el tono.
—¡Calla! Tienes que ver esto —soltó ella, en voz baja, como si alguien pudiera estar escuchándola.
—Tengo que ver, ¿qué?
—He utilizado la tarjeta de papá y seguido las instrucciones. Estoy en el trabajo. No te lo vas a creer… Es una especie de habitación secreta. La tiene domotizada. Casi me cago al oír la voz de Alexa.
—¡Quieres hablar bien! —replicó él, ahora más alerta—. Deja de enseñarme tu cara y muéstrame la habitación.
Diana giró la cámara. En la pared de enfrente había un mural de flores enormes en distintos tonos: blanco verdoso, púrpura, burdeos, y algunas negras.
—¿Qué flor es esa? ¿Una misma flor puede tener diferentes colores? —preguntó Alejo.
—Sí, pueden variar bastante. Son eléboros —respondió Diana—.
También las llaman rosas de Navidad o rosas de invierno.
Son plantas venenosas, pero tienen un significado especial: simbolizan la esperanza y la vida que resurge incluso en los momentos más oscuros.
También representan lo prohibido y lo oculto.
Hizo una pausa. Luego añadió:
—Parece que el mural está en el lugar idóneo.
Alejo asintió, admirado. —Hermanita, nunca dejas de sorprenderme.
La cámara del móvil empezó a recorrer cada rincón de la estancia.
A la derecha del ascensor, una puerta daba paso a un servicio con bañera, ducha de hidromasaje, una pared llena de estanterías con diferentes artículos de cuidado personal, frascos de gel y champú etiquetados con las letras A.V.
, y unas toallas blancas, dobladas y ordenadas por tamaños, con las mismas iniciales bordadas en dorado.
—¿Has visto esas toallas? —dijo Alejo—. ¿Y los botes? Todo personalizado. —Hizo una pausa—: Pero… ¿qué lugar es ese?
Diana movió la cámara hacia la izquierda, dejando a la vista una estancia amplia compuesta por dos espacios bien definidos.
El primero estaba iluminado. Un sillón de cuero negro, robusto y pulcro dominaba la habitación, acompañado por una mesa de cristal templado con estructura metálica, moderna pero práctica.
Sobre la mesa, reposaba un jarrón con flores artificiales que parecían auténticas.
Frente al sillón, una televisión de grandes dimensiones estaba sujeta a la pared mediante un brazo articulado.
A un lado, un frigorífico de dos puertas, enorme y silencioso.
En una esquina, una lámpara de pie de diseño minimalista emitía una luz cálida que rompía la frialdad del metal y el cuero.
Junto a ella, una pequeña estantería metálica contenía libros técnicos, manuales y algunos objetos personales ordenados con esmero.
Un decantador de vino con dos copas y una figura pequeña decorativa en metal destacaban en el conjunto.
—Es el mismo frigorífico que tenemos en casa —comentó Alejo con ironía—. Qué poca imaginación.
De repente, la voz de Alexa interrumpió el tour.
—¿Desea que encienda la luz de la habitación de los deseos? ¿Le parece bien una temperatura de veintidós grados?
—Sí, por favor —contestó Diana, mirando a ningún sitio.
—Señorita Susana, parece que tiene la voz algo ronca. Le recomiendo templar un poco de agua y echar una cucharita de miel y unas gotitas de limón.
—Muchas gracias —dijo carraspeando.
—¿Tienes alguna duda de por qué papá le va a dejar sus negocios a Susana? —preguntó Alejo con ironía.
La cámara del teléfono que sostenía Diana se había quedado apuntando hacia el último espacio iluminado.
—Espabila… ¡Mira! —exclamó Alejo.
La segunda estancia era más íntima y silenciosa.
El ambiente estaba diseñado con precisión: la iluminación variaba en intensidad según la zona.
Sobre la cama, amplia y de estructura baja, un conjunto de luces cálidas caía desde el techo justo donde los espejos la replicaban desde arriba, marcando sin disimulo el lugar central de la sala.
En una de las paredes laterales, una cruz de San Andrés anclada al muro brillaba bajo un haz de luz directa.
No dejaba espacio a la imaginación. Más cerca de la entrada, las luces se atenuaban, como en una antesala.
A la derecha, un armario de superficie clara rompía el predominio de los tonos oscuros.
En su puerta, una flor de eléboro pintada a mano destacaba en tonos rosados y verdes.
A la izquierda, algo apartada, se alzaba una butaca de castigo: estructura de potro, tapizado de cuero negro, respaldo reclinable.
Sobre los reposabrazos y en la base, se distinguían dos juegos de grilletes metálicos: uno para las muñecas y otro para los tobillos, unidos por una cadena gruesa que recorría la estructura.
A unos dos metros, sujetos a la pared, sobresalían dos botones de gran tamaño: uno verde y otro rojo. Diana se acercó. Dudó un instante, y pulsó el verde.
Un sonido metálico, grave y arrastrado, retumbó en la estancia.
Las cadenas comenzaron a tensarse con lentitud, subiendo desde el suelo hacia el techo con movimientos precisos y rítmicos.
El mecanismo las recogía con una cadencia inquietante.
Diana retrocedió un paso mientras el sistema seguía trabajando, hasta que quedaron tensas.
Por un momento, imaginó a alguien atado allí, suspendido, sin escapatoria.
El cuerpo le respondió con un escalofrío lento.
—Mira esto, Alejo.
—No me jodas. Por favor, comprueba qué hay en el armario, necesito quitar esa imagen de mi mente.
Se hizo el silencio ante la nueva visión: dos perchas sostenían sendos trajes negros de látex. De la estantería superior asomaban máscaras y mordazas para la boca. Otra estantería contenía clips para pezones y cuerda de algodón. Abajo, un látigo de cuero y un collar-cinturón completaban el kit.
Diana cogió el látigo de cuero. En la empuñadura, pequeños cristales pulidos confeccionaban un nombre: Ama Lidia.
—Sal de ahí ahora mismo. No quiero ver más.
Diana dejó el látigo donde estaba, cerró el armario con cuidado y se quedó unos segundos mirando la puerta.
—No se te ocurra colgar hasta que no salga de aquí… o cuando llegue a casa, te estrangulo —susurró Diana, acercándose el teléfono a la boca.