17 Amor de padre
—Tengo la relación de varones entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años que trabajan en el gabinete. Son diecisiete. Tenemos que comprobar las coartadas de cada uno y sacarles una muestra de ADN. ¿Por dónde quieres empezar?
—A ver, María Alia, veo que no me vas a dejar hacer la digestión del superdesayuno en paz. Vuelve a hablar con tu amigo, el recepcionista del gabinete, el tal Jaime, el relaciones públicas de la secta. Que te vaya descartando: bajas, ausencias, viajes…
—No me llamo María Alia, imbécil.
—Tienes que controlar ese genio. Te va a provocar una úlcera.
—¡Capi! —la voz de Samuel se abre paso entre el barullo—. Preguntan por la persona que lleva el caso de Susana Garrido.
Le hago un gesto para que se acerque. Es un hombre de unos sesenta y tantos: pelo blanco, piel morena de sol o de jardín, delgado, cuidado. Polo negro, chaqueta de cuero, vaqueros y mocasines. En el lado derecho del cuello lleva una gasa sujeta con esparadrapo. Lo reconozco.
—¿Es usted la persona que lleva el caso de Susana Garrido? —pregunta al llegar a mi altura.
—Inspector Luis García —le tiendo la mano.
No me la estrecha.
—Mi nombre es Ernesto Bravo. Yo maté a Susana Garrido.
Un segundo en blanco. Luego miro a Alia y le hago una señal con la ceja.
—Acompáñeme a un lugar más tranquilo, por favor.
Camina entre nosotros por el pasillo estrecho, en silencio, sin inmutarse. Entramos en la sala de interrogatorios. Le indico que se siente; lo hace con calma, apoya los brazos sobre la mesa y entrelaza los dedos.
Nos quedamos callados unos segundos. Lo miro a los ojos; sostiene la mirada sin pestañear.
—Mi intención no era matarla —dice de repente—. Estuve con el señor Villanueva desde el principio. Antes incluso, serví a su padre. Nadie puede poner en duda mi lealtad a esa familia.
Me asombra su tono: sereno, tranquilo, echado hacia delante.
—¿Dónde la mató? —pregunto acelerando el ritmo.
—En su casa, la de la Avenida de los Cántaros. Debían ser las dieciséis treinta cuando lo hice.
Lo observo; no titubea.
—¿Por qué la mató?
—¿Cree que importa? Está muerta. No debería estarlo… y, sin embargo, lo está. ¿Qué más necesita para arrestarme?
—¿Qué quiere decir con «no debería estarlo»?
—Es usted un incompetente —me responde con desdén—. Le estoy diciendo que la maté y está perdiendo el tiempo.
—¿Por qué ha venido a entregarse? —sigo.
—Mire, tengo demasiados años. No necesito esconder mis actos.
—Veo que no se acuerda de mí —intento introducir un tono de confianza.
—Por supuesto que me acuerdo. Era mucho más joven. No tenía el respaldo de una señorita que parece bastante más inteligente que usted. Espero que los años le hayan abierto la mente.
—Sí, ha pasado el tiempo. Con usted ha sido más generoso que conmigo. Pero veo que sus modales siguen siendo los mismos. Ser el chófer de una persona rica y respetable no le hace a usted rico ni respetable —le ofrezco mi mejor sonrisa.
—¿Qué le ha pasado en el cuello? —interrumpe Alia, clavándole la mirada.
—Un accidente —responde sin inmutarse—. Arreglando la persiana de mi casa.
—¿Nos lo puede enseñar? —insiste Alia.
Asiente y despega la gasa con cuidado. Bajo ella, una herida semicircular, fresca y oscura.
—Tiene toda la pinta de un mordisco —murmura Alia, acercándose para examinarla.
—Ya se lo dije —responde él con voz seca—. El perro estaba en el poyete de la ventana. Se asustó y me mordió.
—¿Qué raza? —pregunta Alia, observando cada detalle.
—Un bóxer. Dócil. Nunca había hecho algo así… se tuvo que asustar del chirriar del plástico contra el raíl.
—¿Le importaría que recogiera una muestra de esa herida y le sacara una foto?
—Pues claro que me importaría.
De forma refleja, se echa hacia atrás.
—¿Va a firmar una confesión y no nos permite hacer ni una foto? —pregunto incrédulo.
—En primer lugar, no voy a firmar ninguna confesión. Solo he venido a informarles de que he sido yo el asesino de la señorita. Y ni mucho menos, sin que lo ordene un juez, van a tomarme una muestra o una foto de mi herida.
—Caballero, parece que se aburre en su casa. Nuestro tiempo es oro —digo mientras me levanto de la silla y me dirijo hacia la puerta.
—Hagan su trabajo. Llamen al juez o a quien quieran. Pidan autorización, o lo que sea que ustedes hagan en estos casos —apremia, viendo que voy a salir de la sala.
—Alia, acompáñele a la salida, por favor —termino diciendo.
Ernesto se levanta de golpe, agarra la silla por el respaldo y me la lanza. Alia reacciona como un resorte: lo reduce y en un instante lo tiene esposado, con la cara pegada a la mesa.
—Benditos reflejos… Si no pongo el brazo a tiempo, me revienta la cara. Llévalo a una celda. Voy a hablar con el comisario para que pida la orden al juez.
Salgo de la sala y me siento frente al ordenador. Tecleo los datos de Ernesto Bravo: nombre, DNI, dirección, sin antecedentes. Un hijo. Nada fuera de lo común.
Alia no tarda en llegar.
—Está mintiendo —dice, acercándose.
—Te refieres a la mordedura —afirmo con un leve asentimiento.
—Demasiado estrecha y limpia para ser de un bóxer; no hay desgarros ni presión suficiente. Y la zona es extraña. Si un perro le hubiese mordido ahí… habría desgarro muscular, y signos de infección. Es una mordedura humana.
—¿Entonces?
—Entonces coincide con los hechos. Susana mordió a alguien antes de morir.
Pero tu ex nos dijo que era un hombre entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años, según la muestra epitelial encontrada en los dientes.
Tendremos que esperar a las pruebas de ADN y a las conclusiones sobre la mordedura.
Él no la ha asesinado, pero sabe quién fue.
Por algún motivo, no quiere que sigamos investigando.
—Es blanco y en botella. Localiza a su hijo. Será el primero en pasar la prueba de ADN. Seguro que lleva un pañuelo en el cuello.