16 Autopsia
—Te paso a recoger en diez minutos, Capi.
—¿Pero qué hora es?
—Las ocho y media.
—No me jodas, Alia. ¿Tú no duermes nunca o qué?
—Espabila de una vez. Me ha llamado Maxim, tiene los resultados de las autopsias.
—¿Y por qué te llama a ti y no a mí? Vale, me ducho y bajo. Dejo la puerta abierta por si llegas antes y te apetece enjabonarme la espalda.
—No seas imbécil y date prisa. Te espero abajo.
Me tengo que proponer cambiar de compañera. Demasiada juventud, demasiado ímpetu para mi gusto —me digo mientras seco mí ya cansado cuerpo—. Tanta prisa, joder. Me pongo unos vaqueros, una camiseta y mocasines, beso a mi héroe favorito y bajo.
Salgo del portal y la veo con las manos en la cintura, impaciente, haciéndome gestos y señalándose el reloj.
—¿Crees que no vas a tener suficiente día para hacer cosas? —le pregunto cuando llego a su lado, señalándola con el dedo índice—. Me van a salir calenturas madrugadoras. Primero hay que desayunar. Sin café, porras y un chupito no muevo un dedo.
—¿Tú ya has desayunado? —digo abriendo la puerta del copiloto.
—Sí, hace un par de horas. Un bol de cereales con pasas y un batido détox.
—La madre que me parió. El mundo se va a tomar por culo. Anda, tira hacia el depósito. Luego tomaré algo.
El depósito es un edificio viejo de ladrillo, sólido, pero bastante desgastado. Las ventanas del segundo piso están tapiadas. Hace años fue un hospital, que con el tiempo se quedó pequeño y obsoleto. El lugar está en silencio, el aparcamiento vacío.
La puerta de hierro macizo chirría al abrirse.
Dentro, el suelo de cemento brilla bajo la luz de los fluorescentes, que dejan a la vista manchas y polvo acumulado. Un olor a desinfectante y alcohol flota en el aire, con un regusto metálico que recuerda a sangre seca. El ambiente es frío y seco, y el silencio solo se rompe con el eco de mi voz.
—Joder, Samuel, lo tuyo no tiene nombre. ¿Seguro que no tienes un hermano gemelo? Echas más horas que las estanterías.
—Buenos días, Capi. Buenos días, Alia —su cara vuelve a iluminarse—. He comprado una casa. Hay facturas que pagar. Firmad aquí, por favor.
Escucho el leve roce de sus pasos, casi sigilosos sobre el suelo de cemento. Maxim sale a nuestro encuentro.
—Buenos días. ¿Cómo estás, Alia? Te he llamado a ti porque a estas horas este zoquete da encefalograma plano. ¿Te ha costado mucho levantarle? Acompañadme —dice, sin dar opción a respuesta.
—Buenos días, doctora. Me levanto solo, deberías recordarlo —respondo mientras avanzamos por el pasillo hacia el depósito número uno.
—No ha desayunado, ¿verdad? —añade con una sonrisa.
—Lo dices por el humor. Aunque lo hubiera hecho… tú le conoces más que yo. Ha debido de tener una vida difícil, porque está todo el día jodiendo —contesta Alia.
—Te acostumbras. En el fondo es un buen tipo.
—Me da que hoy no va a ser mi día. Hablad de mí cuando no esté delante, por favor. Y vamos al grano, joder.
La sala de autopsias número 1 es fría y aséptica, con paredes de azulejos blancos y luz fluorescente.
Frente a nosotros, dos camillas con cadáveres cubiertos por sábanas blancas.
En el lado opuesto, varios frigoríficos horizontales que supongo llenos de cuerpos.
Cerca, el fregadero de acero brilla bajo la luz tenue.
El suelo gris muestra manchas secas de sangre, y en el aire flota un olor intenso a desinfectante.
Una pequeña ventana opaca deja pasar un haz de luz natural del exterior.
—Por partes. Fredy Espósito —dice Maxim mientras descubre el cuerpo de la primera camilla—.
Llevaba muerto unas 48 horas cuando lo encontramos.
Nada anormal. Nada reseñable, a excepción de las marcas provocadas por la cuerda alrededor del cuello.
No hay rotura de las primeras vértebras, lo que indica que murió por asfixia.
Una muerte lenta… Tardaría unos 20 minutos en morir.
—¿48 horas? No empezamos bien.
—No hay indicios de pelea, no hay otras marcas. Firmaría que es un suicidio.
Vuelve a tapar a Fredy y se dirige a la camilla donde reposa Susana. La descubre.
—Susana Garrido. Muerta hace unas 28 horas.
Presenta tres impactos: el primero, más leve, suficiente para causarle la pérdida de conciencia; los otros dos, más profundos, en la parte posterior izquierda del cráneo.
Las heridas coinciden con la base del trofeo encontrado en la escena, manchado con sangre del mismo grupo sanguíneo que la víctima.
Maxim desliza el dedo por la superficie del cráneo, marcando la primera hendidura.
—Este primer golpe no fue lo bastante profundo como para matarla. Fue el segundo el que provocó el traumatismo craneal severo con resultado de muerte. Este que veis aquí.
—Es decir, primero la dejó fuera de servicio… y luego se la cargó. ¿Algo más?
—Sí. Se ha encontrado sangre de un grupo diferente al de la víctima. Además, trocitos de piel y carne en la boca y entre los dientes.
—¿Carne y piel?
—Sí. Es como si hubiese mordido a alguien con todas sus fuerzas y arrancado esos trocitos.
Hay que tener en cuenta que estaba atada a los brazos del sillón. Si el atacante se acercó demasiado a ella, pudo defenderse.
—¿Y esos «trocitos» nos dicen algo?
—Hemos analizado los fragmentos. Con el paso del tiempo, la piel pierde colágeno. En las mujeres más rápido que en los hombres. Según la zona del cuerpo, si está más o menos expuesta al ambiente, puede ser más o menos clara, más o menos gruesa.
—Que sí, al grano.
—La piel es del cuello o la cara. De un hombre blanco, de entre 35 y 45 años, calculamos.
—¿Con una certeza del…?
—¿Te echas crema en la piel, Capi? ¿Vas a sesiones de rayos UV? ¿Haces ejercicio al aire libre? —hace una pausa, me mira con los ojos muy abiertos—. Qué preguntas hago, si sé la respuesta: no a todo.
—Entendido. Buscamos a un hombre blanco, de mediana edad, con un aparatoso mordisco en la cara o el cuello.
Me encamino a la puerta sin despedirme.
Alia se gira hacia Maxim y, con media sonrisa, comenta:
—Zoquete, dormilón, entrado en años, dificultades para levantarse… Todavía no entiendo cómo le pudiste dejar escapar.
—Mi vida no ha sido igual desde nuestra ruptura. Todavía me pregunto por qué lo hice… tan tarde.
Las dos se miran y sueltan una carcajada, mientras yo las observo con resignación.
—Genial —murmuro—. Vámonos de una vez. Esta mujer tiene que trabajar.
Salgo de la sala de autopsias empujando las puertas con más fuerza de la necesaria y recorro el pasillo.
—Samuel, no sabes la suerte que tienes. Si eres capaz de aguantar a estas dos mujeres, concedo el traslado a Alia un par de semanitas para que te haga compañía aquí.
—Acepto el reto con gusto —responde soltando una risotada—. ¡Venga, que tengáis buen día! —se despide justo cuando Alia pasa delante de sus narices.
—Pareces un poco tenso —comenta Alia, con su habitual ironía.
—Déjate de historias. Habla con la empresa y que te proporcionen la lista completa de empleados antes de que se vayan de fin de semana.
—Y diles que vamos a hacerles unas pruebas de ADN. Que se aseguren de estar localizables. Quiero que se pongan nerviosos —añado, clavándole la mirada a Alia.
—A sus órdenes, mi capitán.