La flor de eléboro 15 Aliento del diablo
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15 Aliento del diablo

—Papá, tienes que venir: los niños lo saben.

—Llego en veinte minutos.

Esperanza cuelga el teléfono y se frota la frente con gesto seco. Tiene que pensar con claridad. Se dirige al sótano.

El aire huele a productos químicos y humedad.

Los botes etiquetados llenan las estanterías de las paredes.

Pipetas, matraces, probetas, una parrilla eléctrica con agitador, un sistema de baño de agua…

Todo lo necesario para fabricar cualquier compuesto farmacéutico se alinea sobre una mesa blanca de trabajo.

Al fondo, un escritorio, una silla con respaldo anatómico y un ordenador.

Después de dejar la farmacia, pasa el tiempo elaborando «sus medicinas», la mayoría de uso personal.

Una manera de sentirse activa. El zumbido del agitador eléctrico llena el aire con un murmullo constante.

Esperanza se detiene un instante, respirando el olor denso del lugar, y mira el estante superior, casi oculto tras una viga de madera.

No necesita leer las etiquetas para saber qué contienen los botes.

Se pone de puntillas y alcanza uno de ellos con delicadeza; el cristal está frío al tacto.

El sonido del videoportero la sobresalta. A través de la cámara, observa la figura del abuelo Prudencio.

—Entra, papá. Estoy en el sótano.

Al abrir la puerta, la luz exterior ilumina solo parte de la escalera, dejando el resto en penumbra. El abuelo baja despacio, apoyando la mano izquierda en la barandilla.

—Hola, papá.

Prudencio se acerca, le da un beso rápido en la frente y coge el bote sin mirarla demasiado.

—Aliento del diablo —dice en voz baja, casi reverente—. La sustancia perfecta para manipular personas. Es increíble cómo la perversión humana ha convertido un compuesto terapéutico en un arma para asesinos y violadores.

—¿Dónde la has conseguido, hija? —pregunta en voz baja—. ¿Es siquiera legal tener algo así?

Esperanza esboza una sonrisa leve.

—Legal, no sería exacto. Pero no requiere mucho esfuerzo encontrar escopolamina. Crece en muchos jardines sin que nadie lo sepa. La planta se llama borrachero, aunque también la llaman flor del diablo. Un nombre bastante acertado.

Prudencio la mira, frunciendo el ceño.

—¿Y tú la cultivas?

—No hace falta, todavía tengo contactos que me la consiguen seca. Yo solo me encargo del resto: extracción, filtración, estabilización… Nada que no haya hecho mil veces con otros compuestos, solo que esta vez no se trata de un calmante digestivo.

—Una farmacéutica que fabrica drogas para manipular personas… —musita Prudencio, girando con lentitud el frasco entre los dedos—. Qué bonita profesión la tuya.

—Pero, cuéntame, ¿qué ha pasado, hija?

—Ya conoces a Alejo y sus inventos. Se ha hecho con la contraseña de la caja fuerte y la ha abierto.

No sé qué ha podido ver… y, conociéndole, no habrá dejado ni un papel sin leer.

Por suerte, me llevé la carpeta con los documentos personales de Susana Garrido y el libro de contabilidad «B» que te entregué.

—Tu hijo es demasiado inteligente para robarle dinero. Pero lo del testamento… eso, seguro.

—Tenía que haber estado más atenta —respira hondo—. No voy a permitir que sean partícipes de esto. Por mucho que sepan, siguen siendo mis hijos. Y esto… esto no les corresponde.

—En eso estamos de acuerdo… El problema es que ahora hay que actuar con mayor celeridad. Los tiempos se han acortado.

—Lo sé. También estoy preocupada por ti. Tú también deberías mantenerte al margen.

—Si te refieres a esta apariencia engañosa, te equivocas. Estoy para correr una maratón.

—Salta a la vista —responde con una media sonrisa—. Pero tampoco te corresponde solucionarlo tú solo.

—No voy a volver a discutir esto otra vez. Sois mi única familia. Y sí, es parte de mis obligaciones garantizaros una vida tranquila.

Esperanza toma aire.

—Aunque Susana desaparezca, nuestra situación no va a cambiar.

—Vamos por partes. Los problemas, uno a uno. Si hubieses hablado conmigo antes, esto no habría llegado tan lejos. Ahora toca apartar con discreción a la futura heredera y observar cómo reacciona tu maridito.

—¿Y después?

—Después no. Antes. Tengo que hacer un viaje al norte. Quiero conocer a la madre de Susana. Sería una descortesía no presentarle mis respetos a la familia de la beneficiaria.

Prudencio coge el frasco de la mesa.

—Me voy a llevar un botecito de estos. Seguro que le encuentro utilidad.

—¿Y si no hay heredera universal ni ningún familiar vivo? ¿A quién va a dejarle su imperio? —añade, irónico.

—Es capaz de donarlo o regalarlo con tal de no dejárselo a su familia.

—Pues nos lo cargamos, joder —dice, golpeando la mesa con el puño.

—Para, por favor, papá.

—Es un asesino y un maltratador, Esperanza. ¿Todavía te da pena?

Prudencio hace una pausa y le agarra la mano.

—Si todo sale bien, tus hijos nunca sabrán la verdad. Dime, ¿cómo vas con Anselmo?

—No sé si tendrá el valor suficiente para hacerlo.

—Déjamelo a mí. He estado revisando las anotaciones del libro de contabilidad que me llevé.

Hay un apunte de dos millones de euros a favor de Ernesto, su padre, justo antes de jubilarse. El concepto es «obreros». Nadie —y menos tu marido— da esa cantidad de dinero por nada.

—¿Dos millones de euros? —repite, sorprendida.

—¿Recuerdas el microbús que se quemó el día de la inauguración del estudio? Todavía me pregunto por qué era Ernesto quien lo conducía. Murieron seis personas que Alberto había incorporado al inicio de la obra y que no estaban en nómina de la empresa constructora.

Curioso, ¿verdad?

—¿A dónde quieres llegar?

—Ernesto se jubiló esa misma semana con dos millones en el banco. ¿Casualidad? Voy a tirar de la cuerda. Si estoy en lo cierto, será el empujón definitivo para que su hijo nos haga el trabajo.

—Pero no entiendo los motivos. ¿Por qué querría Alberto librarse de unos obreros?

—Alberto no necesita motivos. Si considera que es necesario prescindir de alguien, actúa.

—¿Qué piensas hacer?

—Anselmo va a tener que preocuparse por el pasado de su padre. Quizá la imagen que tiene de él no se ajuste a la realidad. Y esa incertidumbre, querida… lo convertirá en el colaborador más voluntarioso que podríamos desear.