14 Secretos
Desde lo alto de la escalera, Diana podía percibir el sonido de los golpes secos del guante contra el saco. Un pum sordo, rítmico; una cadencia llena de rabia. Permanecía inmóvil, sin hacer ruido. Apoyada en la barandilla, podía ver cómo las gotas de sudor brillaban sobre el suelo de madera pulida.
—Has tenido mucha suerte de que solo te hayan expulsado dos semanas. Para algo debe servir ser un Villanueva —dijo, casi gritando.
—Son imbéciles. No saben lo que es el respeto —respondió Alejo, sin dejar de golpear el saco de boxeo.
—¿Y por eso tuviste que romperle la mandíbula de un puñetazo? —preguntó Diana mientras descendía por las escaleras.
—Una contribución a la comunidad. Los demás alumnos vivirán tranquilos una temporada. Además, ¿quién quiere estudiar en un sitio donde el coeficiente intelectual se mide por el dinero que los padres atesoran en el banco?
—Te estás destrozando las manos; mira esos nudillos hinchados. Para de una vez —dijo ella señalándole la mano derecha.
Sin levantar la cabeza y secándose el sudor con una toalla pequeña, Alejo esbozó una sonrisa.
—Sabes que no me duele. Dame un abrazo.
—Ni por asomo. Hueles a sudor que tira para atrás.
—¿Que no…?
Alejo se quitó los guantes y empezó a perseguirla por el gimnasio.
—Ni se te ocurra acercarte con ese olor —protestó ella riendo, acorralada contra la pared.
—Ven aquí, hermanita.
La abrazó con fuerza y le susurró al oído:
—Tengo una sorpresa para ti.
Diana se zafó de un empujón, con gesto de asco.
—¿Qué va a ser esta vez?
—Me tienes que acompañar al despacho de papá para averiguarlo.
Subieron las escaleras hasta el distribuidor de la casa.
El despacho se encontraba en la primera planta, junto al dormitorio de matrimonio.
La decoración contrastaba con el estilo minimalista del resto de la vivienda: un escritorio vetusto de madera presidía la habitación; dos sillas estilo Luis XV, una lámpara de pie y una estantería oscura que cubría toda una pared.
En el centro, un retrato de la abuela paterna daba al lugar un aire lúgubre.
Alejo sacó su móvil.
—Mira qué vídeo más chulo.
—¿Pero te has vuelto loco? Si papá se entera de que le estás grabando, te mata —dijo Diana frunciendo el ceño.
Riéndose a carcajadas, Alejo descolgó el cuadro y quedó al descubierto una caja fuerte.
—Uno, cuatro, nueve, seis, dos. Prueba superada. La caja está abierta —anunció haciendo una reverencia circense.
Diana lo agarró del brazo, asustada.
—¿Cómo sabes la combinación?
—Tuve que ampliar las imágenes del vídeo para ver qué botones pulsaba —respondió orgulloso de su hazaña.
Alejo sacó un fajo de billetes, se lo mostró a Diana y luego los volvió a guardar en la caja.
Repetía la acción una y otra vez, como si estuviera pasando una escena marcha adelante y marcha atrás, sin poder parar de reír.
Luego alzó la vista y señaló el dispositivo escondido en la lámpara de múltiples brazos.
—No me hace ninguna gracia. Solo falta que se dé cuenta de lo que estás haciendo.
—Nunca se dará cuenta. Siempre está mirándose el ombligo.
Un rictus serio cruzó su cara de repente. Cerró la caja y devolvió el cuadro a su lugar.
—Si quieres la contraseña, te va a salir caro. Hay muchas cosas interesantes en esa caja. Deberías echar un vistazo.
—¿Qué cosas interesantes hay?
—Eso tendrás que averiguarlo por ti misma —comentó Alejo haciendo amago de salir de la habitación.
—¡Alejo, ven aquí! ¿Cuánto dinero te has gastado?
—A ver…
Metió la mano en un bolsillo interior del pantalón de deporte y sacó unos cuantos billetes.
—Nada, no lo hago por el dinero. Me conformo con saber que lo estoy engañando.
—Trae aquí ese dinero —dijo, arrebatándoselo de la mano—. Si necesitas algo, me lo pides a mí. Dame la contraseña.
Alejo agarró un boli del escritorio y escribió en la mano derecha de Diana.
—Memorízala y lávate las manos.
Diana introdujo la contraseña y colocó los billetes en su sitio. Antes de cerrar, se fijó en unas carpetas amontonadas. Alejo la observaba.
—Interesante, ¿verdad?
—Uno, cuatro, nueve, seis, dos…
La voz de Esperanza los sobresaltó.
—¡Mamá! —dijeron al unísono.
Esperanza se dirigió al escritorio. Metió sus finos dedos en el portalápiz redondo de cuero, sacó una llave, abrió el cajón derecho y extrajo una agenda.
—Hace tiempo que vuestro padre lo anota todo. Pronto no se acordará ni de su nombre —dijo, mostrándoles la contraseña escrita—. Tiene Alzheimer temprano. Me llamó el doctor Guzmán para avisarme.
Ambos escuchaban con la boca abierta.
—No pongáis cara de que os importa y atendedme, porque no lo voy a repetir: lo que contiene la caja no es asunto vuestro. No quiero que volváis a abrirla. Y, Alejo, quita la cámara de la lámpara ahora mismo. ¿Os ha quedado claro?
Ambos guardaron silencio.
—¿Alejo?
—Sí, mamá.
—¿Diana?
—Claro como el agua, mamá.
Esperanza se quedó unos segundos mirando a los chicos, escrutando sus rostros.
—Necesito una ducha. Dejad todo como estaba.
Esperanza salió. Alejo detuvo a Diana antes de que ella también se fuera.
—Espera…
—¿Qué pasa ahora?
—He leído todos los documentos. Hay una copia del testamento. Bueno, del nuevo testamento que papá firmó hace unos días.
—¿Y?
—La mayor parte del patrimonio y los negocios van a parar a Susana Garrido.
—¿A Susana Garrido? —repitió Diana, sin terminar de creérselo—. No entiendo nada.
—A mamá no le deja nada. A nosotros solo nos queda esta casa.
Diana se quedó inmóvil. Bajó la vista, procesando la información.
—¿Y por qué Susana? —se preguntó casi murmurando.
—Ni idea. Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados.
—Tenemos que organizarnos —dijo, aún con la mirada perdida—. No podemos permitir que papá se salga con la suya.
Le temblaba la voz. Respiró hondo.
—Y, sobre todo, mamá no debe enterarse de que sabemos esto.
—Dalo por hecho —confirmó Alejo.
Diana se quedó un instante en silencio, mirando la caja fuerte. El aire parecía más denso.
—¿Y si Susana lo sabe? —preguntó bajando la voz.
Alejo la miró, serio por primera vez en todo el día.
—Nadie deja todo lo que tiene a una persona sin un motivo. Y si el motivo es lo bastante fuerte como para cambiar un testamento, seguro que también es lo bastante fuerte como para hacerla partícipe.
—Susana ya sabe que va a heredar una fortuna.