La flor de eléboro 13 Dos cervezas
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13 Dos cervezas

No hay ningún antro en la ciudad donde tiren mejor la cerveza. Esa espuma densa que se agarra a los morros con desesperación esperando que una lengua intrépida la acune entre sus brazos. Jajaja. Soy un poeta cojonudo.

—Gabi, ponme otra cerveza.

Inmiscuido en mis pensamientos, siento un golpecito suave en el hombro.

—¿Me invitarías a una cerveza? —escucho la voz delicada de Alia tras de mí.

—¡Señorita Montela! Por favor, tome usted asiento, será un placer. No me digas que me echabas de menos.

—¿Acaso lo dudas? Tu personalidad arrolladora crea adicción.

Hago la seña de una cerveza más a Gabi.

—¿Cómo sabías que estaría aquí?

—Se te olvida que soy policía. Novata, pero policía. ¿No hay un sitio más cutre en la ciudad para tomarse una cerveza? — añade sentándose a mi lado mientras vacía de golpe todo el aire de sus pulmones.

—Acostúmbrate. Esta va a ser tu vida. Necesitamos sitios como este donde vaciar la mochila. ¡Pero fíjate en este asiento anclado al suelo y giratorio! —exclamo de repente—. Puedo apoyarme en la barra, tomar impulso y dar tres vueltas completas con la cerveza en la mano sin derramar una gota.

Alia me mira sonriendo mientras hago la demostración.

—Este es mi rincón de pensar —intento explicarle cuando termina la última vuelta—.

No hay música de ambiente, el televisor encendido, pero sin voz; Gabi es poco hablador…

¿Ves a aquel señor sentado en la esquina?

Forma parte del mobiliario. Siempre que vengas, lo encontrarás en el mismo sitio.

Son como mi familia —añado, orgulloso—. ¿Y tú no deberías estar en casa descansando o haciendo lo que se supone que hace la gente normal cuando no trabaja?

—Me ha fallado mi cita —responde con un suspiro resignado.

—¡Cabrones! Dejar tirada a una chica… En mis tiempos no pasaba esto.

—¿En tus tiempos? O no eres tan viejo o estás poco castigado.

—Eso lo dices desde tu dilatada experiencia en la vida. Tengo más goteras que este antro.

¿No estarás intentando ligar conmigo? No me gusta ser segundo plato de nadie.

—Y si fuera así, ¿qué? —me reta, sin perder la compostura.

—Joder con el descaro de la juventud. Pues si fuera así, habrías pinchado en hueso.

—Mi interés es solo sexual. Pero ya veo que el miedo se apodera de ti —me suelta con una sonrisa irónica.

—Detrás de esta carcasa de hombre frío y rudo se esconde un corazón por explorar, y por muy joven que seas, sería capaz de enamorarme de ti. Entenderás que no tengo edad para correr esos riesgos y echar a perder mi carrera exitosa por una pipiola descarada.

—Su exitosa carrera, dice… Contigo lo de las risas es un no parar.

—En cualquier caso, gracias por aguantarme. A veces se me va de las manos. No hay nada contra ti, al contrario. Al final me voy a alegrar de haberte adoptado —confieso con un gesto sincero.

—¡No! Ese último minuto lo tenía que haber grabado —exclama, haciéndose la sorprendida—. Mira, se me han puesto los pelos de punta —suelta una carcajada.

—Lo negaré siempre. No puedo perder mi reputación. Ahora dame algo de tu vida para contrarrestar este arranque de persona normal que me ha florecido y pueda defenderme en cualquier foro que se precie.

—Ahí va. Apunta:

Familia tradicional, padre trabajador de la construcción, madre ama de casa. Enfadados porque no fui doctora, sino policía. Licenciada en Psicología, amante del deporte, sin pareja fija. Apuntada a una web de citas para cuando necesito bajarme los humos. ¿Tienes suficiente?

—Demasiada información para solo una cerveza. ¡Gabi! ¡Pon otras dos!

—Has sido tú la que ha cancelado la cita, ¿verdad? —afirmo tras un pequeño silencio.

Asiente con la cabeza.

—No había ganas, Capi. Si cierro los ojos, veo el cuerpo del tal Fredy colgado de la lámpara; cuando consigo quitarlo de mi mente, aparece la cara de Susana Garrido ensangrentada. Hoy no era el día.

»Ahora en serio, Capi —continúa—. Estamos jodidos con este caso. Dos muertes, una desaparición. ¿Crees que el presunto suicida mató a su jefa?

—Hay que esperar al informe de la autopsia.

De momento hay que confiar en la evidencia.

Tenía un póster XXL de Susana Garrido. Un mapa del metro con chinchetas rojas marcando, entre otros, el trayecto desde su casa a la de su amor platónico.

Estaba despechado… Pero no es hora de hacer suposiciones.

Es hora de cerveza. Los puzles para mañana.

Alia juega con la espuma de su cerveza. Luego lanza la piedra.

—Por cierto… Maxim.

Levanto una ceja, sin prisas

—¿La forense?

—Ajá. La doctora «Simpatía», pero que a mí me cae muy bien.

—¿Qué ocurre con Maxim?

—Estuvo contigo, ¿no?

—¿Te lo ha dicho ella?

—Durante los meses de prácticas hicimos buenas migas. Me habló de un ex con manías raras y lo describió con demasiada precisión como para no reconocerte. A eso súmale tu cara cada vez que oyes la palabra «forense».

Sonrío resignado, bebo un trago y me quedo mirando el vaso.

—Fue de mutuo acuerdo: no encajábamos fuera del trabajo y nunca coincidíamos. Mucha intensidad, poco tiempo.

—Se nota que hay algo más que respeto entre vosotros.

—Sí. Pero no éramos compatibles. Y a estas alturas, uno prefiere no insistir. Aunque a veces echo de menos hablar con ella sin uniformes de por medio.

—Es un pedazo de mujer —dice.

Respiro. Me doy un instante. Sonrío.

—Por hoy es suficiente.

Alzo la copa.

—A tu salud, Montela.

Dos cervezas nuevas sudan en la barra. El viejo de la esquina no se ha movido un centímetro.