12 Acción, reacción
—Buenas noches, Alberto, ¿qué tal ha ido el día?
—Buenas noches, padre —dijo Diana.
—Buenas noches, padre —siguió Alejo.
Alberto recibió su agasajo sin una palabra, dejó maletín y chaqueta en el armario blanco de dos puertas correderas, situado a dos pasos de la entrada, y se dirigió al aseo.
Los cuatro minutos que permaneció dentro fueron tiempo suficiente para que Esperanza, desde la cocina, trajera el carrito con la cena caliente.
Un menú cada noche, sin salirse del guion. Sin sorpresas.
Al salir del aseo, Alberto encontró a los miembros de la familia esperando al lado de sus sillas.
Los platos ya estaban preparados y la bebida servida: vino tinto para él, agua para los demás.
Una vez que tomó asiento, el resto pudo sentarse.
Enfrente de Alberto, Diana; a su izquierda, Alejo, el hijo pequeño; a su derecha, Esperanza, atenta a la señal que le permitía empezar a servir.
Dos cazos de sopa para cada uno, y en el centro, una bandeja con cuatro lenguados.
Durante la cena, no se oía más que el leve tintinear de la cubertería y el roce de las servilletas al desdoblarse.
Nadie hablaba.
—Pásame la sal, hijo —dijo Alberto, sin levantar la mirada del plato.
Alejo extendió la mano para alcanzar el salero y, sin querer, derramó el vaso de agua. Todos dejaron de comer, excepto Alberto, que continuó añadiendo sal a la sopa. Esperanza intentó levantarse para secar el agua, pero Alberto la sujetó del brazo.
—Siéntate, mujer —ordenó—. Seguid comiendo.
Alejo obedeció como si nada hubiese pasado. Diana miraba a su padre mientras apretaba con fuerza el mango del cuchillo.
—¿Ya has terminado? Espérame en tu habitación —dijo Alberto dirigiéndose al chico.
Alejo se levantó con calma, recogió su servilleta y la dejó con cuidado sobre el plato.
—La cena estaba deliciosa, mamá. Gracias.
Luego miró a su padre con frialdad:
—No tardes, papá.
Pasaron diez minutos de silencio tenso. Alberto apuró la última gota de vino, dejó la copa sobre la mesa y se levantó sin decir nada.
Diana seguía mirándolo con ira, el cuchillo aún entre los dedos.
Esperanza, con los brazos cruzados sobre el regazo, luchaba por mantener la compostura mientras batallaba contra sus propios pensamientos.
El sonido seco de pasos anunció su llegada. Esta vez, Alejo no temblaba ni se acurrucaba: estaba de pie, desnudo, con la espalda recta y la mirada firme, observando cómo su padre se quitaba el cinturón y echaba el cerrojo. En su espalda las marcas aún eran visibles.
—Por favor, Alberto, no lo hagas —suplicaba Esperanza desde el otro lado de la puerta, golpeándola entre sollozos.
—Ninguna mala acción puede quedar impune —dijo él, llenando los pulmones de aire mientras agarraba la hebilla del cinturón. Más de un metro de cuero quedó suspendido en su mano, produciendo un leve crujido.
—En eso confío, padre —contestó Alejo, con una media sonrisa helada.
El rostro de Alberto se tensó: mandíbula apretada, ojos inyectados en sangre. Golpeaba al chico con furia, una y otra vez. Alejo apretaba los dientes, negándose a gemir, con los ojos clavados en su padre, que lo golpeaba cada vez más fuerte, más rápido.
Un quejido sordo escapó de su boca. Cayó de rodillas, pero siguió mirándolo, con los labios temblando, desafiante.
Su padre seguía y seguía castigando su cuerpo, perdiendo cualquier atisbo de humanidad, hasta que lo vio caer de lado, sin fuerzas, la mejilla pegada al suelo de parqué, inmóvil.
Solo entonces, Alberto, jadeante y con el rostro congestionado, se colocó el cinturón y salió de la habitación sin decir una palabra.
—¡Eres un monstruo y un cobarde! —gritó Esperanza mientras corría a socorrer a su hijo.
Unos pasos más atrás, Diana esperaba con los ojos enrojecidos y lágrimas brillando en las mejillas. Temblorosa pero firme, atinó a decir:
—Ninguna mala acción puede quedar impune. Si le vuelves a tocar, te prometo que te mato.
Alberto se fijó en que su hija empuñaba un cuchillo en la mano derecha. La miró un segundo sin decir nada, la apartó empujándola el hombro y se dirigió a la salida.
Diana dejó caer el cuchillo, rompiendo a llorar. El sonido metálico al golpear el suelo se confundió con el golpe seco de la puerta al cerrarse.