La flor de eléboro 11 El tiesto en la ventana
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11 El tiesto en la ventana

A paso normal, desde el colegio a la casa se tardaría unos veinte minutos. Susana lo hacía en catorce. Corría por el camino de tierra todo lo rápido que podía, y el polvo que iba levantando convertía el charol negro de sus zapatos en un gris moteado.

A lo lejos, se distinguía una casa como salida de un dibujo infantil: una puerta de madera en el centro, dos ventanas a cada lado, una chimenea humeante y en un lateral, una valla que mantenía a las gallinas dentro de su espacio.

Un tejado marrón apenas se adivinaba bajo la capa de musgo que había crecido con los años.

La puerta, siempre entreabierta y protegida por una cortina de tela gris, se mecía con suavidad empujada por la brisa de la sierra. Antes de entrar, la niña tenía que mirar si en el poyete de la ventana derecha su madre había dejado una maceta. En ese caso, debía esperar afuera.

Desde lejos, podía ver si la maceta estaba en el poyete. Si era así, sin dejar de correr, iba directa al corral de las gallinas. Una vez dentro, las preguntaba:

—¿Cuántos huevos habéis puesto hoy?

Las seguía con cuidado y, una a una, las iba acariciando.

Cuando ya había saludado a todas, buscaba un lugar en el suelo donde sentarse apoyada contra la pared encalada. El tiempo de espera no era siempre el mismo y se entretenía lanzando piedrecitas a un agujero en la tierra que ella misma había hecho.

Recostada en la pared, podía escuchar las conversaciones que se desarrollaban en el interior.

—La tarifa ha subido —escuchó decir a su madre.

—No voy a pagar más que la semana pasada —respondió el hombre.

—Puedes pagarme lo que vale hoy o discutimos con tu mujer el precio, a ver si está de acuerdo con la subida.

—No me fastidies, Angélica. Toma —respondió él, mientras con una mano le daba el dinero y con la otra corría la cortina.

Susana se incorporó limpiándose la falda de polvo cuando vio salir a aquel hombre.

—Susanita, te estás poniendo muy guapa —dijo él con tono insinuante.

Susana dio un brinco hacia atrás.

—No me llames Susanita, ya tengo doce años.

Angélica cortó en seco la conversación:

—¿No tienes nada que hacer en tu casa? Tu hija te debe estar esperando, ¿no es de la misma edad que mi Susana? Seguro que necesita que un padre de bien la ayude con los deberes.

—No te pongas así, mujer. Ya me marcho.

Angélica y Susana vieron cómo la figura del hombre se hacía cada vez más pequeña hasta desaparecer, dejando el camino desierto.

—Pasa, hija, vamos a preparar la cena.

La estancia principal hacía las veces de salón, comedor y dormitorio. Unas escaleras de madera conducían a un altillo donde estaba el camastro de la niña. Unos hierros sostenían sobre las ascuas humeantes de la chimenea un perol donde cocían huesos y verduras.

—Huele bien. Me está entrando hambre, mamá.

—Sopa y un par de huevos fritos para cada una. ¿Qué tal hoy en el colegio?

—Bien. No tengo tarea. Aproveché el descanso para hacer los deberes.

—¿Y no sales al patio con los demás?

—No quieren jugar conmigo. Prefiero hacer los deberes para ayudarte con la comida.

Angélica la observó en silencio durante unos segundos, como si quisiera decir algo, pero se contuvo. Luego se levantó con parsimonia, sirvió la sopa en dos platos hondos y los dejó sobre la mesa.

—Pronto tendrás que marcharte de aquí —dijo de pronto, sin levantar la vista del plato.

Susana la miró, confundida.

—¿Las dos?

Angélica negó con la cabeza, despacio.

—No, hija. Yo me quedo. Este es mi sitio.

—Pero… ¿y yo?

—Lejos de este lugar tendrás más oportunidades. Aquí solo encontrarás desprecio.

Susana bajó la mirada. No dijo nada.

Afuera, la cortina de la puerta seguía agitándose con el viento de la montaña.