La flor de eléboro 10 Premio a la trayectoria
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10 Premio a la trayectoria

—Haz una entrada en condiciones, Alia. Para una vez que tenemos ventaja, aprovéchala. Ve a toda velocidad hacia la cinta que corta la calle y tira del freno de mano, a ver si lo dejas delante del policía que no deja pasar a los curiosos. Por cada uno que atropelles, son cincuenta puntos.

—Me asustas. Venimos de ver a un hombre que se ha suicidado ahorcándose de una lámpara de techo y me sueltas esta gracieta sin sentido. De verdad, estás para que te encierren.

Salgo del coche y saco la placa del bolsillo. La levanto por encima de la cabeza mientras avanzo corriendo hacia la cinta. Me entra la risa floja. El compañero levanta la cinta y me saluda con un gesto de cabeza, sin mediar palabra. De reojo, descubro a Alia acercándose deprisa hasta alcanzarme.

—En serio, Capi, estás de psiquiatra —dice cuando llega a mi altura—. No tienes en cuenta que voy contigo y la gente me va a señalar. No quiero que piensen que soy como tú.

—No podrías ser como yo, aunque lo intentases —contesto mientras subo las escaleras con parsimonia—. Siempre tendrás la oportunidad de pedir que te cambien de compañero… aunque tu vida volvería a ser un asco absoluto.

—No sabes nada de mi vida.

La miro con una sonrisa sarcástica. No digo nada.

—¿Hay alguna razón por la que todo el mundo viva en un segundo piso? —murmuro al llegar al descansillo de la primera planta—. No sé qué tienen de malo los primeros… incluso un bajo con patio de luces me parecería bien. —Sigo refunfuñando en voz alta.

Alia me sigue con paciencia. Resoplo.

—¡Samuel! ¿Echando horas extra? —exclamo al llegar a la vivienda, mientras le doy un golpecito en el hombro.

—Hola, Capi. ¡Hola, Alia!

—Hola, Samuel. ¿Cómo te va? —contesta Alia con cortesía.

Es un estudio de lujo. A la izquierda, la zona de cocina: una pared cubierta de muebles de diseño y una isla central con encimera de Dekton y taburetes de acero. Al fondo, una doble puerta de cristal conecta con la terraza.

A la derecha, la zona de estar: una mesa de cristal, una lámpara de pie… y, entre el ir y venir de los compañeros de la científica, distingo un cuerpo sentado en un sillón, cubierto por una sábana.

Me acerco. Por debajo asoma un pie calzado con un botín salpicado de sangre.

La imagen es fantasmagórica, nunca mejor dicho.

Estamos acostumbrados a encontrar cuerpos tirados en el suelo, pero ver uno sentado, cubierto por una sábana, tiene algo aún más inquietante.

Por un segundo, parece que va a levantarse.

Montes me saca del trance.

—Es Susana Garrido. Confirmado por el conserje. Fue él quien nos abrió la puerta.

Despacio, retiro la sábana para dejar el rostro al descubierto. Alia comprueba, en la foto sacada con el teléfono, que es la misma persona del póster XXL de la casa de Fredy Espósito.

—¿Tenías alguna duda? —comento cuando me muestra la fotografía.

Alia levanta la vista y se dirige hacia un hombre uniformado, con una chapa dorada en la chaqueta a la altura del pecho izquierdo. Sigo sus pasos.

—Luis Miguel —se fija en la chapa—. ¿Es usted el conserje? Soy la subinspectora Montela.

—Ya he hablado con aquel policía rubio, con la corbata verde y la chaqueta azul —dice, señalando a Méndez.

—Opino lo mismo. Es un poco hortera —comenta Alia, dirigiendo la mirada a su compañero—. Tómeselo con tranquilidad. No será la última vez que le interroguemos.

—No hay mucho que decir… —empieza a relatar Luis Miguel sin esperar la pregunta de la subinspectora.

La voz apenas le sale, más baja de lo normal, y mantiene la mirada clavada en el suelo, evitando a toda costa mirar la escena—.

Me… me ha sonado el móvil. En la portería hay un cartel con mi número, por si no estoy en el mostrador.

Yo estaba… estaba en el garaje. Era su compañero.

Dijo que… que la señorita Susana no respondía…

y me pidió que subiera… que comprobara si todo estaba bien…

—Hace una pausa. Traga saliva. No se atreve a alzar la vista—.

La hemos encontrado… ahí sentada… —añade en un susurro—. En medio de un charco de sangre.

Alia le pone una mano en el brazo, apenas un segundo.

—Tranquilícese. Entiendo que es una situación complicada.

Pasan unos segundos antes de que vuelva a preguntar, con tono sereno:

—¿Ha notado algo raro en los últimos días?

—Es una finca tranquila. Los vecinos son discretos. Nada fuera de lo normal.

—¿Venía acompañada a casa con frecuencia?

—Es curioso… Para una mujer tan atractiva, nunca la he visto subir con nadie. Siempre sola.

—¿Ninguna visita inesperada? ¿Repartidores raros? ¿Alguien husmeando?

—Como le digo, todo tranquilo. Nada extraño.

—De acuerdo, Luis Miguel. Gracias por sus respuestas. Si necesitamos algo más, contactaremos con usted.

—El conserje no ha visto nada. Está bastante acojonado —afirma Montes cuando llegamos a su altura.

—¿Algún vecino curioso? ¿Alguien merodeando por aquí? —le pregunto.

—Nada, Capi. Desde que hemos llegado, el único ser vivo no policía que hemos visto es el conserje.

Asiento con la cabeza, y Montes cambia de tema.

—Esa debe de ser el arma del crimen —añade, señalando una especie de trofeo en el suelo.

Es una estatuilla con base de mármol cuadrado, de unos seis centímetros de lado, manchada de sangre en una esquina. Sobre la base, una figura abstracta de hierro envejecido, perforada, de unos veinticinco centímetros de altura.

—A simple vista, la víctima presenta varios golpes en la cabeza compatibles con un objeto contundente —termina diciendo.

Me agacho y leo en alto la inscripción de la placa: «

—Ejecutiva del año. Recursos Humanos. 2016. Revista Intelecto .

Alia se acerca y observa el trofeo.

—Un símbolo de éxito convertido en instrumento mortal. Parece un ataque impulsivo. Quien lo hizo cogió lo primero que tenía a mano —comenta.

Hago una pausa, mirando el cuerpo. Giro 360° sobre mí mismo dando un repaso final al escenario.

—¿Todavía no ha venido el forense?

—Estamos esperando a Maxim. Viene de camino —contesta Montes.

—Hay que esperar a su informe, aquí ya no hacemos nada. Vamos a dejar trabajar a los compañeros; nos vamos, Alia.

Avanzo hacia la puerta y me encuentro a Samuel hablando con el conserje.

—Bonita placa, Luis Miguel. Las nuestras no llevan nombre. Una última pregunta: ¿Tenía la señorita Garrido contratado a algún servicio doméstico? ¿Limpiadora, cocinera…?

—Que yo sepa, no.

—Entonces, aparte de ella, solo usted tiene llave del apartamento.

—A no ser que haya repartido copias a diestro y siniestro sin que lo sepamos.

—Esa es la actitud, Luis Miguel. Hablaremos. —Me despido, guiñándole un ojo.

—No tiene pinta de asesino —comenta Alia mientras atravesamos el pasillo.

—En cualquier caso, investígale. Tú tampoco tienes pinta de policía y mira dónde has llegado.

Ya en el rellano, antes de empezar a bajar las escaleras, Alia se detiene. Mira hacia atrás.

—¿Estás bien? —pregunto.

—No —responde—. Pero ya me acostumbraré.

—Demasiadas muertes para un solo día… Hay cosas a las que nunca te acostumbras. Márchate a casa. Ha sido un día duro.

—Voy a comisaría a hacer el informe —responde.

—Es una orden: te vas a descansar. El informe es cosa de Montes y Méndez. Mañana será otro día.