La flor de eléboro 9 Santuario
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9 Santuario

—Imagina que soy tu marido, que me quieres como si no hubiera un mañana. Un día cualquiera, me voy a trabajar por la mañana y no vuelvo por la noche. ¿No estarías intranquila? ¿No habrías llamado enseguida a todo el mundo, removido cielo y tierra?

—Que yo te quiera con locura —responde Alia— es tan difícil de imaginar que no me puedo ni poner en situación. Pero si hablamos de otra persona… incluso habría salido a buscarlo yo misma.

Ya… He metido en la ecuación el asunto del querer y la señora Villanueva ha dejado claro la clase de matrimonio que son. Pero, aun así, ¿no es demasiada indiferencia?

—Cada persona percibe las relaciones de pareja de una manera diferente. Demasiado pronto para sacar conclusiones.

Vamos dejando atrás las calles amplias y entramos en el laberinto del centro: peatones por todas partes, furgonetas descargando en doble fila, taxis bloqueando carriles.

El tráfico nos obliga a parar cada dos por tres.

Me ajusto el cinturón y me dispongo a poner la sirena cuando veo a Alia negar con la cabeza, leyéndome el pensamiento. Aborto maniobra.

Llegamos por fin. Imposible aparcar. Alia frunce el ceño cuando subo el coche a la acera y lo planto frente al portal.

—No me gusta hacer esto —murmura.

—A mí tampoco, pero ahorra tiempo —respondo, sin mirarla, mientras coloco a la vista una cartulina plastificada de fabricación casera con el escudo del cuerpo y, debajo, el texto: «Policía. Estamos de servicio».

El edificio se encuentra en una zona cotizada, a dos calles del mercado central.

Fachada rehabilitada, ascensor de cristal, portero automático nuevo.

Aprovechamos que un vecino sale con el perro y nos colamos.

Fredy vive en el segundo. Subimos por la escalera: peldaños de mármol y barandilla de madera, bien barnizada, pero algo gastada en los bordes.

En el último tramo solo se escucha mi respiración entrecortada mientras arrastro mis 85 kilos peldaño a peldaño.

—Volviendo a lo de antes. Por lo que la señora nos ha transmitido, podemos deducir que, si eliminamos la figura del chófer de la ecuación, a estas alturas nadie habría comunicado la desaparición —afirma Alia, sin mirarme.

Asiento con la cabeza mientras tomo aire en el descansillo del segundo piso.

—Sin esa figura —tomo aire de nuevo—, nadie sabría si está o no está en el trabajo, y podría pasar meses desaparecido. —Tomo aire otra vez—. Vamos.

Avanzamos por el pasillo leyendo las letras que identifican cada puerta.

—D. Aquí es —anuncio.

Pulso el timbre varias veces. Luego golpeo con los nudillos.

—¿El señor Fredy Espósito? Somos de la policía…

—¿Tienes prisa, Capi? Te noto un poco tenso —observa Alia, con los brazos en jarras.

—¿El señor Fredy Espósito? Somos de la policía, ¿puede atendernos un momento? Solo queremos comprobar que usted está bien. ¿Hay alguien ahí?

—No parece haber nadie —digo mientras acerco la oreja a la puerta.

Miro a mi alrededor y compruebo que el pasillo está desierto. Saco del bolsillo de mi chaqueta una ganzúa. La introduzco en la cerradura e intento abrir con varios giros a derecha e izquierda, con la cara casi apoyada en la puerta, atento al clic que indique que he tenido éxito.

Alia se acerca.

—Vas a tener que dejar de ver series policiacas. ¿Qué coño haces?

—Hay que comprobar que el tal Fredy está bien.

—Puede haber salido a comprar leche, o a dar un paseo, o a sacar al perro. Se te ha ido la pinza por completo. ¿Vas a entrar sin una orden? Mejor volvemos luego.

En ese momento suena el esperado clic. Me incorporo sonriendo y suelto la frase estúpida:

— Et voilà . Puedes quedarte aquí fuera si lo prefieres.

Entramos despacio en la casa. Alia se encarga de cerrar sin hacer ruido. A ambos lados del pasillo hay dos puertas abiertas: el baño a la izquierda, el dormitorio a la derecha. Al fondo, el pasillo conduce a un salón. En la pared derecha, una última puerta cerrada.

Intento no mover nada mientras observo lo limpio que está todo.

—Este hombre pasa más tiempo limpiando que durmiendo. Se podría comer en el suelo.

Alia abre la puerta del fondo con cuidado.

Al instante, un olor fétido, denso y caliente invade el pasillo.

El hedor me detiene en seco y me obliga a apartar la mirada hacia otro lado.

El aire estancado, saturado de la descomposición contenida, tarda unos segundos en desaparecer, dejando tras de sí un rastro acre que quema la nariz y la garganta.

La luz entra en la habitación y nos revela el cuerpo de un hombre colgado de la lámpara ventilador del techo con un cinturón de cuero apretado alrededor del cuello.

—No lo toques —digo, apartando a Alia mientras entro.

—¿Y ahora qué, Capi? Tenemos que avisar al capitán.

—Espera…

Observo la habitación. Pegada a la pared, una mesa escritorio con una silla antigua de madera y cuero.

En la mesa, cuatro tacos de folios DIN A4 escritos por una sola cara, alineados con precisión; al lado, una tarjeta de identificación de Villanueva y Asociados con la foto y el nombre de Fredy Espósito.

Coronando la mesa, un plano gigante del metro de la ciudad con chinchetas de colores marcando diferentes estaciones.

Señalo la tarjeta de identificación y luego al cadáver.

—Me da que Fredy no estuvo en ninguna fiesta. Saca una foto al plano —ordeno, mientras me muevo nervioso intentando captar cada uno de los detalles.

Alia se acerca a la mesa y se fija en los folios.

—¡Madre mía! Parecen cartas sin enviar. Al menos la de arriba está firmada por Fredy Espósito y tiene fecha del 4 de marzo de 2018 —comenta.

Estimada señorita Garrido:

He visto cómo se besaba con el señor Villanueva.

Me siento traicionado y por mi cabeza pasa cometer una atrocidad. Espero que lo entienda.

Siempre suyo,

Fredy Espósito.

—Haz fotos de todo, Alia —insisto, mientras sigo inspeccionando la habitación.

En la pared de la izquierda descubro un interruptor de luz. Pulso y dos focos LED, pequeños pero potentes, iluminan un póster tamaño XXL de una mujer.

—Deja todo como está, Alia. Voy a llamar al jefe.

Saco el móvil del bolsillo y marco el número. Suena una, dos veces. Al tercer tono responde.

—¿Qué pasa?

—Navarro, hemos encontrado a Fredy Espósito muerto en su casa.

—¿Muerto…?

—Sí, está colgado de una lámpara. Parece un suicidio. Ha dejado una nota de despedida.

Se escucha un suspiro al otro lado.

—Quiero que vayáis a casa de Susana Garrido. Montes y Méndez la han encontrado muerta. Mando a la científica a la casa del tal Fredy. Asegurad la zona mientras llegan.

—Entendido, jefe. —Cuelgo.

Miro a Alia, que asiste a la escena con un pañuelo tapando su boca y nariz.

—Susana Garrido también está muerta. Quiero saberlo todo sobre este tipo y la mujer del póster.