8 Verás el mar
Alberto señaló hacia un árbol cercano, con entusiasmo.
—¿Has visto aquel árbol? Seguro que desde arriba se pueden ver todos los edificios de la ciudad. Vamos a comprobarlo, ¡corre!
Fredy frunció el ceño.
—Espera, yo no puedo subir. Mi madre me ha puesto estos pantalones nuevos y si los rompo, me va a regañar.
—Vale. Quédate ahí abajo. Te digo lo que se ve desde lo alto —respondió Alberto, comenzando a trepar.
Desde abajo, Fredy preguntó con curiosidad:
—¿Se verá el mar?
—No digas tonterías, Fredy. El mar está muy lejos. Pero desde arriba seguro que se ven un montón de cosas.
—No digo tonterías. No soy tonto.
Alberto bajó la voz para calmarlo.
—No te enfades. Bajo y, otro día, si traes otros pantalones, subimos juntos. Vámonos a comer tarta.
Con un salto ágil, Alberto descendió hasta el suelo.
—¡Qué salto más grande! —exclamó Fredy, impresionado.
—Ha sido fácil —dijo Alberto con orgullo.
Se sentó junto a Fredy y, entre risas, preguntó:
—Fredy es un nombre muy gracioso. ¿Quién te lo puso?
—Nací con ese nombre. ¿Tú naciste con el nombre de Alberto?
—Creo que me lo pusieron después.
—Si tu cumpleaños es el miércoles, ¿por qué vamos a comer tarta hoy? —inquirió Fredy con curiosidad.
—Yo comería tarta todos los días. ¿Y tú? —dijo Alberto.
—Solo de chocolate.
Alberto se quedó pensativo por un momento.
—Mi madre dice que has tenido mucha suerte y que la señora Ortiz, aunque no es tu madre, te va a cuidar muy bien. Bueno… también dice que es una solterona amargada, pero con buen corazón. Seguro que contigo está más acompañada.
—Es buena y sí es mi madre. Me da de comer todos los días. Tengo muchos pantalones nuevos como este.
—Vale. Tú tienes que portarte bien. También me ha dicho que está preocupada porque no hablas con otras personas. ¿Por qué lo haces?
Fredy bajó la mirada y contestó en voz baja:
—Ellos no son mis amigos y tú sí.
—Pero si hablas con la gente, puedes aprender muchas cosas.
—Yo ya aprendo cosas. Siempre viene un hombre con bigote a enseñarme.
—¿Un profesor?
—No sé.
—¿Y qué te enseña?
—Letras y números. Con una máquina que tiene una televisión.
—¿Un ordenador?
—Creo que sí.
—A mí no me gustan los ordenadores —dijo Alberto.
—Entonces, ¿qué te gusta?
—Yo dibujo muy bien. Te puedo hacer un dibujo. ¿Qué animal es tu preferido?
—Me gustan los gatos, los perros, los saltamontes.
—Pero un saltamontes no es un animal, es un bicho. ¿Quieres que te dibuje un gato?
—Un gato gris con las orejas de punta y mucho pelo.
—Eso es fácil. ¿Sabes una cosa, Fredy? Cuando sea mayor y tenga una empresa, vas a trabajar conmigo. Vamos a ganar mucho dinero y vamos a ir juntos a ver el mar.
—¿Lo prometes?
—Claro que sí. Pero ahora tenemos que volver; nos van a regañar por habernos alejado tanto.
—Vale. Tengo que escribir muchas letras y números en el ordenador. Y si no quiero hablar con nadie… no hablo.
Con una sonrisa, Alberto propuso:
—Te echo una carrera. El primero que llegue se come el trozo de tarta de chocolate más grande.