La flor de eléboro 7 Vacaciones
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Observo a Alia: mantiene la mirada fija en la carretera, sin decir ni una palabra. De buena gana soltaría el volante y me partiría la cara.

—Eres un tocapelotas, Capi —suelta de repente.

Saco el Zippo del bolsillo del pantalón y el paquete de tabaco de la guantera.

Enciendo un cigarrillo y la cabina del coche se impregna de olor a gasolina y tabaco.

Le lanzo la primera bocanada de humo a mi compañera, directo a la cara.

Ni se inmuta. Aguanta estoica, sigue conduciendo como si nada y me doy por vencido, de momento.

El GPS marca un ETA de diez minutos. Me limito a mirar por la ventanilla, como si de pronto me importara el urbanismo periférico.

A medida que nos acercamos a la zona de privilegio, los solares vallados con pintadas obscenas y los terrenos llenos de basura acumulada se transforman en zonas verdes con arbolado.

Las rotondas se suceden. En cada una se eleva una escultura modernista, de hierro retorcido, enviando un mensaje con un significado profundo que con toda seguridad nunca llegaré a descubrir.

Me relajo. Me estiro, bostezo y apoyo mi nuca en el reposacabezas.

—Ha llegado a su destino —nos informa la voz inconfundible del GPS.

El control de seguridad del residencial Las Flores bloquea nuestro paso. El vigilante sale de su fortaleza, se acerca al vehículo. Alia le muestra la placa.

—Venimos a ver a la señora Villanueva.

—Un momento, por favor. Tengo que avisar de su llegada.

—Regresa a la garita, habla por teléfono y vuelve al coche—: Pueden pasar —dice, inclinando la cabeza hacia la ventanilla—.

Para llegar a la casa de los Villanueva, tienen que pasar dos rotondas y, después, girar a la derecha. Es la segunda casa a la izquierda.

Da dos golpecitos en la ventanilla y pone fin al discurso. Mientras abre la barrera, Alia arranca el coche.

—¿Qué haces esta noche? —pregunto, irónico.

—Imbécil —responde sin mirarme.

Desde fuera, la casa es digna de la portada de la revista Nueva Estética . Aparcamos justo delante de la puerta doble de listones horizontales de madera y tocamos el timbre del portero automático con cámara, situado en el pilar de piedra a la derecha que sostiene el marco de la puerta.

—¿Sí?

—¿La señora Villanueva? Somos el inspector García y la subinspectora Montela. Queremos hablar con usted sobre la desaparición de su marido. ¿Podemos hacerle unas preguntas?

Un zumbido y la puerta de seguridad empieza a abrirse. Pasamos y seguimos el camino de piedra que corta la pradera de césped y conduce hasta la casa. En el porche nos espera una mujer vestida con chándal y zapatillas deportivas. Lleva el pelo largo recogido en una coleta.

—Buenos días. Soy Esperanza, la mujer de Alberto Villanueva. Pasen, por favor.

La seguimos en silencio. No huele a nada: ni comida, ni perfume. Todo es pulcro, aséptico. Todo está en su sitio, como si la hubieran decorado para una revista, no para vivirla.

—¿Quieren algo? ¿Café, refresco?

—No, gracias —respondemos al unísono.

—Siéntense, por favor.

El espacio de la casa es diáfano. Al frente, unas escaleras suben a la primera planta y, al fondo, otras bajan a un nivel inferior.

Estamos en una especie de salón comedor grande, con dos zonas bien diferenciadas.

La pared de la derecha es una cristalera enorme que da a una piscina ahora cubierta por una lona.

—Gracias por recibirnos. Supongo que son momentos complicados —digo.

—Queremos hacerle unas preguntas —empieza Alia, abriendo su libreta—. ¿Ha notado algún cambio en el comportamiento de su marido en los últimos días?

—Nada anormal. Alberto siempre está muy ocupado y tenemos pocos momentos para estar en familia. Los días transcurren entre rutinas y conversaciones insustanciales.

—¿El día de la desaparición? —insiste.

—Como cualquier otro. Como un reloj. Se levanta, se ducha, desayuna. Anselmo, su chófer, lo recoge y lo lleva a la oficina. Un día como tantos.

Alia asiente sin levantar la cabeza. Yo observo. Esperanza no parpadea, las manos juntas sobre las rodillas, rígida como una estatua.

—¿Algún problema con clientes? ¿Amenazas? ¿Tensiones recientes? —intervengo.

—Mis hijos y yo seríamos los últimos en saberlo, si existiesen. No suele compartir los problemas laborales en casa. Pero no me consta. Alberto es una persona influyente, con muchos contactos y un prestigio ganado a lo largo de los años.

—Perdone, no le he preguntado… —Hago una pausa—. ¿Cómo se enteró de que había desaparecido?

—Estaba preparando la cena; a Alberto le gusta cenar siempre a la misma hora.

Llegó Diana de trabajar y me preguntó si su padre ya había llegado.

Me extrañó, porque ella suele llegar antes que él.

Fue entonces cuando me dijo que no estaba en el estudio y que se había marchado sin Anselmo, su chófer.

—¿Suele salir sin su chófer? —pregunto. Antes de que responda, añado—. ¿Ese día tenía alguna reunión fuera de lo habitual? ¿Algo que le preocupara en especial?

—Como les digo, es impredecible.

—Hay algo que me desconcierta —añado, mirándola a los ojos—. No los veo muy preocupados. Ayer, cuando hablé con su hija en la oficina, parecía segura de que antes o después aparecería.

Esperanza me sostiene la mirada.

—Es su padre, lo conoce bien. Sabe que es difícil de sorprender. Si no aparece, es porque no quiere aparecer. Estará cerrando algún nuevo negocio y necesitará tiempo.

Me echo hacia atrás en el sofá.

—Sí, pero fueron ustedes quienes denunciaron la desaparición.

—Una cosa es estar convencida de algo y otra, ser precavida. Cuanto antes se aclare esta situación, mejor para todos —contesta sin titubear.

—¿Cómo está su relación en la actualidad? Me refiero como pareja —pregunto—. Perdón si suena muy directo, pero es relevante.

Cruza las piernas con cuidado, sin perder la compostura.

—No hay problema, lo entiendo. Estos dos días sin Alberto en casa han sido mis primeras vacaciones en veintisiete años. No sé si he contestado a su pregunta.

—Clara y concisa.

Alia y yo nos miramos. Ella baja la vista, anota algo en su libreta y añade:

—¿Y la relación con sus hijos?

—Ellos también están de vacaciones.

—Entendido.

Me levanto y saco una tarjeta del bolsillo interior de la chaqueta.

—Ha sido muy amable. Cualquier novedad, póngase en contacto con nosotros. La mantendremos informada.

—Los acompaño a la puerta. Gracias por todo.

—Gracias a usted —añado, echando un último vistazo—. Tiene usted una casa preciosa.

Recorremos de vuelta el sendero de piedra hasta la doble puerta de seguridad. De nuevo, el zumbido nos avisa de su apertura.

—¿Te has fijado en la decoración, Capi? Qué buen gusto. Eso sí, ni una sola foto de la familia.

—Eso es que se quieren y no necesitan exponerlo —digo, lanzándole un guiño a Alia—.

Toca visitar al tal Fredy, a ver si sigue de resaca.