6 Dedicación plena
El café de hoy me está matando. A ver… si la digestión se inicia media hora después de comer y dura unas dos horas, ¿por qué siento que me están arañando las paredes del estómago?
También puede ser que las porras estuvieran más grasientas de lo habitual o haberme bebido el orujo de un trago. Si es que las prisas no son buenas.
—Samuel, vengo hecho unos zorros —digo, mirando el interior de la comisaría y resoplo. —¿Sabes cuándo fue la última vez que adecentaron este antro?
—Te tienes que cuidar, Capi. Se te empieza a ver el cartón —responde riendo, a sabiendas de que no le voy a contestar.
Las paredes de la comisaría siguen teniendo el mismo color que cuando la inauguraron a principios de los noventa: un gris verdoso apagado.
Con los años las han repintado a brochazos, siempre con la intención de mantener el tono original, pero sin mucho cuidado ni acierto.
El resultado es una gama incierta de verdes y grises, con parches desiguales y bordes desconchados junto a puertas, esquinas y enchufes.
En los tramos más viejos, el color vira hacia un verde amarillento sucio, teñido por décadas de humo de tabaco y humedad.
En medio de ese paisaje deslucido, contrastan las sillas ergonómicas y las mesas nuevas, compradas gracias a un aumento de presupuesto que no dio para mucho más.
Los fluorescentes zumban desde el techo, lanzando su luz blanca y fría.
Y en la sala común, la cafetera de siempre, una reliquia que lleva más tiempo aquí que la mayoría de los agentes, sigue funcionando con la eficacia de un reloj solar.
Llego a mi sitio y descubro a Alia escribiendo a una velocidad pasmosa, sin mirar al teclado.
—Esta forma de escribir debería estar tipificada como delito contra la torpeza de un superior —comento apoyado en su mesa—. Escribir mirando al tendido, a toda velocidad y sin equivocarte… No me parece necesario sufrir tal humillación a primera hora de la mañana, señorita subinspectora.
—¿Has desayunado payaso? —dice, levantándose de la silla—. El jefe quiere vernos.
—¡Esta es mi compañera! Esa mujer dispuesta, siempre alerta, que no se guarda nada, que le canta las cuarenta a un superior si hace falta —recito casi gritando.
Avanzo detrás de ella, sin dejar de incordiar. Le toco el hombro y, justo cuando se vuelve, le echo el aliento:
—Un cafecito con leche, dos porras y un chupito de orujo he desayunado —le susurro al oído.
—Me habían avisado de tu peculiar proceder, pero imaginaba que me darías un margen por ser nueva. No va a ser así, ¿verdad? —pregunta, muy digna.
Le muestro mi mirada famosa de policía loco sonriente, sin mediar palabra mientras la adelanto por el pasillo.
Golpeo la puerta del despacho del jefe dos veces. Entro sin esperar su permiso.
—Buenos días, jefe. ¿Qué dispone usted?
Mientras coloca unos papeles sobre la mesa, levanta los ojos y una ceja.
—¿Teníais muchas cosas que hacer ayer por la tarde? Todavía estoy esperando que me informéis.
Alia y yo nos miramos con cara de interrogación.
—Sentaos. ¿Qué sabemos del señor Villanueva? —dice con expresión de enojo.
—Tiene toda la pinta de que se ha ido de fiesta con su secretaria, que, por cierto, se fue a comer al mediodía y no volvió —respondo—. En cualquier caso, su familia no parece estar muy preocupada. Hablamos con su hija y estaba convencida de que aparecería en breve.
—¿Y ya está? Supongo que sois conscientes del poder de este hombre. Hasta que aparezca, vuestra misión en esta vida es mantenerme informado de cualquier novedad.
—El responsable de mantenimiento, que no había faltado en veinte años, tampoco se presentó a trabajar. Puede ser que la fiesta fuese multitudinaria —añado.
Alia, que lleva un rato con la mano levantada como si fuera una colegiala, entra en escena:
—Alberto Villanueva Hernáiz, casado con Esperanza Garlo Estepa, con dos hijos, Diana y Alejo.
De Alberto no consta ningún otro familiar directo.
A Esperanza solo le queda su padre, Prudencio Garlo Lainz, que vive en una casa de campo a las afueras de la ciudad.
No hay registros de ingresos hospitalarios a nombre del desaparecido.
Tampoco constan reservas de avión, tren, alquiler de vehículos ni reservas hoteleras asociadas.
La última localización conocida de su teléfono móvil corresponde a su propio edificio.
—¿Lo ves, Capi? Solo hay que tener un poco de interés.
—La diferencia es que la subinspectora no tiene vida personal —respondo, encogiéndome de hombros—.
A ver, si un tío quiere desaparecer, lo mismo hace la reserva con otro nombre.
¿Cuánto tiempo dices que has estado buscando esa información?
Alia se empieza a inflar como un pez globo.
Cambio el tono y el gesto de la cara—. Veamos: el tal Fredy, encargado del mantenimiento, no va a trabajar y no hay noticias de él hasta el momento.
Alberto Villanueva desaparece y la última persona que le ve es la directora de personal a la hora de la comida.
Ella sale a comer y no vuelve. Tres desapariciones relacionadas con un mismo lugar, quizá en el mismo día. ¿Coincidencia? No lo creo.
—¿Y qué propones? —pregunta Navarro.
—Hay que ir a sus domicilios y rezar para que todo sea consecuencia de esa fiesta multitudinaria.
—Estoy de acuerdo. Voy a mandar a Montes y Méndez a casa de la directora de personal…
—Susana Garrido —interrumpe Alia.
—Vosotros vais a hacer una visita a la esposa y comprobar que el técnico de mantenimiento…
—Fredy Espósito —vuelve a interrumpir Alia.
—…esté vivo —remata el jefe, frunciendo el ceño—. Desfilando y, por favor, mantenedme informado de cualquier descubrimiento.
Salimos del despacho. Intuyo a Alia más tranquila después de la conversación. Me vuelvo a acordar del café y las porras.
—¿Poca vida social? —murmura Alia en voz baja, justo cuando me alcanza—. Lo dice un señor de cincuenta y tantos, soltero y desagradable.
No puedo evitar sonreír. Esa es la Alia que yo necesito.