5 La becaria
En su inauguración, algunos lo apodaron «el cubito de hielo»: una estructura cuadrangular de cristales opacos en tonos azulados.
Desde lejos parecía una única pieza. Solo al acercarse se distinguía que aquella fachada monumental estaba formada por decenas de ventanales ensamblados al milímetro.
Habían unificado el color del vidrio y el metal hasta crear la ilusión de un bloque compacto.
A la entrada principal se accedía por una vereda de piedra y césped. Sin ese sendero, era difícil localizarla, ya que la puerta compartía la misma estructura que el resto del edificio. Una placa metálica discreta con el nombre «Villanueva y Asociados» aparecía como elemento disonante en la fachada.
Aquel día tan especial, Diana había optado por un pantalón beige de pinzas, una blusa blanca sin mangas y una chaqueta blazer azul marino entallada, sin forro. Su media melena caía suelta y un maquillaje suave resaltaba sus facciones.
Diana recorrió el sendero y, al acercarse, una puerta corredera se abrió sin emitir sonido dando paso a un vestíbulo amplio y luminoso.
Se detuvo unos segundos, respiró hondo; un nudo en el estómago le recordaba el esfuerzo que había hecho para estar allí.
Con paso firme avanzó hasta el mostrador de recepción en el fondo de aquel espacio abierto.
—Buenos días. Mi nombre es Diana Villanueva. Hoy es mi primer día.
—Buenos días, señorita Villanueva. Soy Jaime. La estábamos esperando. Necesito que rellene esta ficha y, con su permiso, le haré una foto para su tarjeta de acceso.
—No hay problema —respondió Diana, colocándose el pelo detrás de la oreja.
—Mire aquí —dijo Jaime, señalando la cámara integrada en el ordenador—. ¡Lo tenemos!
Diana empezó a completar la ficha mientras Jaime le explicaba:
—Cuando acceda al ascensor, verá que las plantas cero y dos requieren código de acceso. Por el momento, solo tiene habilitada la planta uno. Susana Garrido la pondrá al corriente de todo cuando suba.
—Detrás del ascensor hay unas escaleras que también conducen a la primera planta, aunque ahora mismo el personal de limpieza las está encerando.
—Entendido. Gracias.
—Pase el código QR por el escáner del torno y acceda al ascensor.
Suba a la primera planta y pregunte por Susana.
—Diana recogió la tarjeta que le ofrecía Jaime con una sonrisa breve—.
Para nosotros es una satisfacción ver cómo la familia Villanueva continúa al frente de la empresa.
Esperamos que este sea el comienzo de una etapa muy fructífera. Bienvenida.
—Gracias —repitió Diana, sin abandonar su gesto cortés pero forzado.
Dentro del ascensor, se fijó en el panel que contenía los botones y el lector de tarjetas; pulsó el de la primera planta.
Supuso que en la segunda estaría el despacho del jefe y que la «-1» correspondía al aparcamiento, aunque, al llegar, había pasado junto a un local anexo con un cartel que rezaba: «Aparcamiento reservado Villanueva y Asociados».
El «ding» del ascensor anunció la llegada. Una mujer sonriente la esperaba al otro lado.
—Buenos días, señorita Villanueva. Bienvenida a su nueva casa. Soy Susana Garrido. Seré su guía estas primeras semanas. Acompáñeme, por favor.
»¿Es la primera vez que visita el edificio? Curioso que su padre no se lo haya enseñado antes —dijo, sin dejarle tiempo a contestar.
—Aquí no es mi padre, sino el señor Villanueva. Y puede estar segura de que ni a él ni a mí nos gusta mezclar familia y trabajo —replicó Diana.
La primera planta era un espacio diáfano, repleto de mesas de trabajo distribuidas en cinco hileras alineadas a la perfección. Cada fila tenía diez puestos, una mesa de delineación y una estación de diseño gráfico CATIA.
—Aquella mesa del fondo es la suya —dijo Susana, señalando la última de la quinta fila.
Cerca del ascensor, y separados del área general de trabajo, había dos salas contiguas: una ocupada por el despacho de Susana y otra habilitada como sala de reuniones y de espera. Una máquina de café y una cesta con zumos completaban el conjunto.
Diana sintió un escalofrío. Podía oír el roce de los lápices sobre el papel, la respiración medida de quienes trabajaban. Cabezas inclinadas, concentradas en sus líneas.
—Este es mi despacho. El señor Villanueva la recibirá en unos minutos. Está atendiendo a una visita. Mientras tanto, Fredy le enseñará la sala de operaciones y el sótano.
Susana pulsó un botón del interfono.
—Fredy, por favor, ¿puedes subir un momento?
—Fredy se encarga del mantenimiento; no hay aparato que se le resista. Lleva aquí desde el principio. Pasa la mayor parte del día en su oficina del sótano.
Al momento apareció un hombre delgado, de pelo moreno ya canoso. Llevaba un mono azul de trabajo, cinturón de herramientas a la cintura y un walkie-talkie en la mano.
—¿Da usted su permiso?
—Buenos días, Fredy. ¿Puedes enseñar a la señorita Villanueva la sala de operaciones y tu despacho?
—Sí, señorita —respondió con la cabeza gacha.
—No se fíe de su aspecto —añadió Susana, guiñándole un ojo a Diana—. Fredy es todo un conquistador.
Sin decir palabra, Fredy se dio la vuelta y se encaminó hacia el ascensor. Con un gesto leve, Susana indicó a Diana que lo siguiera. Una vez dentro, él pulsó el botón del sótano y pasó su tarjeta por el lector.
—El señor Villanueva me trata bien —dijo.
Diana se vio a sí misma, reflejada en el espejo del ascensor, con una expresión de sorpresa. No tuvo tiempo de responder.
Al abrirse las puertas, a la izquierda se veían tres plazas de aparcamiento delimitadas con líneas blancas. A la derecha, una sala cerrada emitía el zumbido inconfundible de la ventilación de equipos informáticos. Más adelante, una cristalera dejaba ver la oficina de Fredy.
—Aquí no hay mucho que ver, señorita. La sala de ordenadores y mi despacho. El coche del señor Villanueva entra cada mañana por aquella rampa. Lo conduce Anselmo, su chófer. Él sube en el ascensor… y a veces Anselmo me trae donuts.
Diana lo observaba, aún sin saber qué pensar.
—¿Sabe que la sala de ordenadores tiene bombonas de halón? Si hay un incendio, el cuarto se sella herméticamente y el gas se libera para apagar las llamas. Mi despacho ardería… yo también… pero los ordenadores seguirían funcionando.
El sonido del ascensor interrumpió la escena.
—Señorita Villanueva, su padre la está esperando. Cuando quiera —dijo Susana desde el ascensor, impidiendo que se cerrasen las puertas y dedicándole una sonrisa a Fredy.
—Muchas gracias por enseñarme todo esto, Fredy.
Susana pulsó el botón de la segunda planta y pasó su tarjeta.
—Fredy es un encanto. Las relaciones no son lo suyo, pero ha mejorado bastante. Tu padre le tiene un cariño especial. Siempre dice que es la única persona que nunca lo traicionaría. No tiene horario, pero pasa aquí más tiempo que nadie. Si tienes algún problema informático, él lo resolverá.
Durante el ascenso, Diana guardó silencio sobrecogida por lo que acababa de vivir.
El ascensor se abrió a un vestíbulo pequeño. Enfrente, una puerta doble de madera cerraba el acceso al despacho; a la derecha, otra puerta con llave conducía a las escaleras. Susana tocó dos veces en el marco y, sin esperar respuesta, abrió.
El despacho era un espacio amplio y despejado.
A un lado, una zona de descanso con sillones de cuero y una mesa de cristal.
Al fondo, un gran escritorio dominaba la estancia, flanqueado por dos sillones orejeros.
La pared izquierda estaba cubierta de fotografías de edificios construidos por la empresa; a la derecha, una puerta discreta insinuaba el aseo.
De espaldas, entre el escritorio y la cristalera azulada, esperaba Alberto Villanueva.
—Buenos días. Susana te explicará tus funciones.
Recuerda que estás de becaria y en periodo de prueba.
La puntualidad es vital; no quiero que me llegue ningún comentario que me haga avergonzarme de ti.
—Sin girarse del todo, solo ladeando el cuello, añadió—: También te agradecería que mantuvieras una imagen profesional.
Aquí cuidamos mucho las formas. Podéis marcharos.
Diana mantuvo el tipo. No esperaba un recibimiento diferente. Sin mediar palabra, abandonó el despacho detrás de Susana.