La flor de eléboro 4 Absentismo laboral
14%

4 Absentismo laboral

Miro a Jaime y creo estar delante del protagonista de cualquier spot publicitario, de esos que anuncian colonias y sacan al tío más cachas, con un porte impecable y mejor sonrisa.

Le deben pagar un dineral por estar detrás del mostrador atendiendo llamadas y dando la bienvenida a las visitas.

Está claro que el mundo de la moda ha perdido una estrella.

—¿Le importa que le hagamos unas preguntas?

—Las que quieran, estoy aquí para ayudarles.

—¿A qué hora llega normalmente el señor Villanueva?

—No «normalmente», siempre. El señor Villanueva es muy escrupuloso con los horarios. A las 9:50, Anselmo, su chófer, aparece por la puerta. Es el indicativo de que don Alberto ya está en su despacho.

—Es decir, usted no lo ve entrar cada mañana. ¿Lo vio en algún momento ayer?

—Pueden pasar meses sin que lo vea en persona. Tenga en cuenta que tiene acceso directo desde el aparcamiento hasta su despacho. Rara vez entra o sale por la puerta principal.

Libreta en mano, Alia entra en la conversación.

—¿Puede contarnos cómo se desarrolló el día? Cualquier detalle es importante.

—Como les digo, a las 9:50 apareció Anselmo.

Mantuvimos una conversación sobre el tiempo, el fin de semana, las vacaciones…

El señor Villanueva no tenía agendada ninguna reunión.

El día se presentaba tranquilo, no esperaba ninguna visita y la mañana transcurrió con un par de llamadas para obtener información sobre nuestros servicios.

—Continúe —digo.

—A las 13:30 volvió a aparecer Anselmo con la comida del señor.

—¿Siempre come aquí? —pregunta Alia.

—Siempre. Desde que estoy en la empresa, y de esto hace cinco años, de lunes a viernes el restaurante La Luz prepara el almuerzo para don Alberto.

—Restaurante de nivel, sí, señor. Pero está al otro lado de la ciudad —interrumpo.

Jaime continúa su relato como si no me hubiese escuchado.

—Anselmo recoge el encargo y me lo entrega. La señorita Susana, la jefa de personal, se encarga de verificar que todo esté en orden antes de subir la comida.

—¿Y ese día también lo verificó?

—Por supuesto… El resto de la plantilla dispone de hora y media para comer. La mayoría lo hace en un restaurante de por aquí. Los que viven cerca, como la señorita Susana, comen en casa.

—Y usted, ¿cuándo come?

Se agacha detrás del mostrador y, enseñando una tartera antigua de porcelana granate moteada en blanco, responde:

—Cuando me dejan.

—Continúe, por favor —insiste Alia.

—Para salir del edificio, cada empleado debe pasar su tarjeta identificativa por el torno de control y repetir la operación al regresar.

La entrada y salida son recogidas por un sistema informático que muestra en pantalla los nombres de los empleados que, sin autorización previa, hayan utilizado más tiempo del estipulado.

Aunque no es habitual, porque nadie en su sano juicio llegaría tarde a sabiendas de las sanciones que le pueden caer.

—Es decir, el sistema de acceso registra la entrada y salida del edificio de cualquier persona.

—No es exacto. El señor Villanueva es el único que tiene una tarjeta que no queda registrada en el sistema. En teoría, podría entrar y salir del edificio y nadie lo sabría.

Jaime, antes de seguir hablando, hace una pausa para comprobar que nadie puede escucharlo.

—Ayer, antes de desaparecer el señor Villanueva, ocurrió algo inusual.

Un mensaje en el ordenador me sobresaltó.

En rojo y parpadeando, el programa me avisó de que Susana Garrido había consumido su horario de comida y no había «fichado» de vuelta.

Imaginen mi sorpresa. Era la primera vez que la mano derecha del jefe se saltaba la norma. Esta mañana tampoco se ha presentado.

—¿Susana es la Susana jefa de personal, la que prueba la comida del jefe? —pregunto con retintín. El bueno de Jaime me taladra con la mirada—. Y supongo que no ha avisado de su ausencia. Aparte de ustedes, ¿hay alguien que la pudiese echar de menos?

—Ni idea. La señorita Garrido es un misterio. Sabemos que vive sola y no se le conoce pareja.

—Y cuando ocurre algo así, ¿cómo debe actuar? —Alia toma el relevo.

—Se lo tengo que comunicar a la propia señorita Garrido, ¿entienden el problema?

Al no presentarse después de la comida, decidí esperar.

Repasé varias veces los correos, los listados de invitados, los permisos autorizados, las ausencias por vacaciones…

sin encontrarla en ninguno de ellos. Tengo que confesar que me puse algo nervioso.

—¿Cuánto tiempo pasó hasta que la llamó?

—Bueno… en realidad no la llamé en ese momento.

Nadie preguntó por ella y la tarde parecía transcurrir con normalidad.

Pensé que hoy aparecería y se aclararía todo.

—Hace una pausa—. Después, todo se desencadenó muy rápido.

La última en abandonar el edificio fue Diana, la hija del señor Villanueva.

Estaba a punto de salir cuando vi a Anselmo cruzar la puerta del hall a toda prisa.

—Me dijo que el señor Villanueva no había bajado al garaje. Le pregunté si era buena idea llamarle, pero prefería esperar a que apareciera. Era una situación nueva para nosotros: la señorita Susana no estaba, y el señor Villanueva se retrasaba.

—Le insistí de nuevo, preguntando si sabía de algún acto o compromiso en el que pudieran coincidir, algún evento al que hubieran acudido juntos. Me respondió que, de haber sido así, los habría llevado él mismo.

—Yo estaba cada vez más desorientado. Anselmo paseaba de un lado a otro del hall sin dejar de mirar el reloj, mientras yo colocaba una y otra vez los papeles de mi mesa, sin conseguir concentrarme.

Le dije que algo no iba bien. Me coloqué el auricular del teléfono y marqué la extensión del despacho del señor Villanueva. No contestó.

—Decidimos entonces subir. El código para acceder al despacho desde el ascensor solo lo conocen el señor Villanueva y la señorita Susana, así que no nos quedó otra opción que utilizar las escaleras. Yo tenía la llave de seguridad de la segunda planta.

—El acceso al área superior puede hacerse por el ascensor, mediante ese código, o por las escaleras.

Allí hay una puerta doble que da paso al hall superior, desde el que se accede tanto al despacho como al ascensor.

Salvo urgencia, tengo orden de no abrirla sin autorización bajo ningún concepto.

Pero en ese momento la situación lo justificaba.

Una vez en el hall, encontramos la puerta del despacho entreabierta.

—Con los nudillos, golpeé dos veces y se abrió del todo. El despacho estaba vacío. Me dirigí al aseo. Volví a llamar, sin obtener respuesta. Giré el pomo con cuidado. También estaba vacío.

—Un momento —interrumpo—. Me estás contando esto como si fuera una tragedia griega, como si algo grave hubiera pasado, y de momento lo que parece es que tu jefe y su mano derecha se han ido de parranda sin avisar.

—Esta empresa se caracteriza por su rectitud y por el cumplimiento de sus normas.

Nadie está exento de ellas, ni siquiera el señor Villanueva.

Funcionamos como un reloj. Es el secreto del éxito.

No admitimos conductas que nos hagan perder el tiempo o nos distraigan de nuestros quehaceres diarios.

Por eso, hay que considerar los acontecimientos de ayer como algo serio.

—Es decir, sois una secta y el señor Villanueva es vuestro dios. Apuntado. Pero continúe, por favor.

Jaime me lanza una mirada de superioridad y sigue:

—Decidimos recorrer el edificio. Anselmo bajó al garaje y yo revisé la primera planta sin éxito. Volvimos a llamar a Susana y le dejamos varios mensajes en el contestador.

—Y entonces es cuando decidieron llamar a la familia.

—A quien llamamos fue a la señorita Diana. Ella nos tranquilizó. Nos dijo que nos fuéramos a casa, que nos informaría si hubiese alguna novedad. Dijo que les habría surgido un imprevisto, que estarían en una cena de negocios o cerrando algún trato.

—Recapitulemos. La señorita Susana se va a la hora de comer y no vuelve. El señor Villanueva desaparece y nadie sabe dónde está. Para ser una secta, dejáis mucho que desear.

Alia levanta la voz intentando minimizar mi comentario.

—¿Algo más que reseñar?

—Fredy. Es el técnico de mantenimiento —añade, sin dejar de mirarme—. Hoy no ha venido a trabajar. Fredy está aquí antes de que yo abra la puerta cada día. Ayer fue su cumpleaños. No tiene teléfono móvil y no tenemos manera de localizarlo. Estamos preocupados por él.

—Estará de resac…

Antes de que pueda terminar la frase, Alia me interrumpe.

—Apunte aquí su dirección, por favor. Comprobaremos que esté bien.

—Gracias por su ayuda. Estaremos en contacto —dice, despidiéndose.

Mientras salíamos, Alia se lleva la mano al estómago.

—Buen interrogatorio —comento—. Parece que no te gusta la ironía. Te vas a tener que acostumbrar. A veces, mi impertinencia los desarma. Vamos, te has ganado ese café.