3 Capi
La gente dice que a cierta edad el cuerpo se acostumbra a madrugar; debe ser que el mío va por libre. Hace tiempo que, cuando me levanto, la barriga no me deja ver los pies. Un consejo: cuando la gomilla del calzón se dobla por debajo de la barriga, es momento de empezar a preocuparse.
No sé en qué estaba pensando cuando colgué la foto de mi ascenso a inspector en el baño: Inspector Luis García Sánchez.
Vaya mierda de nombre. Me tendría que llamar John Filsteroy o Michael Bonaventure; eso sí que son nombres potentes para un inspector de policía.
Otro consejo: no utilices marcas blancas de pasta de dientes; la mayoría sabe a jabón.
Vivir solo tiene sus ventajas: puedo andar en pelotas por la casa a todas horas, limpio cuando mi radar de «demasiada mierda, peligro de infección» se dispara, no tengo horario fijo de comidas y nunca —salvo guerra nuclear— desayuno en casa.
Además, soy el único soltero cincuentón que puede permitirse el lujo de tener una figura del Capitán América a tamaño natural, en el salón, junto a mi televisor de sesenta pulgadas.
Como cualquier día, salgo de casa, no sin antes besar a mi impertérrito superhéroe, dispuesto a sumar otro día más sin pena ni gloria en mi extenso currículum. No penséis que me estoy quejando: ser policía sigue pagando las facturas y mantiene mi extraordinario estatus social.
Hago el camino hasta la oficina en piloto automático.
Diez minutos hasta el bar El Descanso: café con leche, dos porras grasientas y un chupito de orujo de hierbas para la digestión.
El sitio huele a café requemado y aceite de freidora usado.
Otros diez minutos andando hasta la comisaría, esquivando jubilados con perro, repartidores con prisa y caras largas que no acaban de entender que el día ha comenzado.
Todo entre el humo de los escapes, el pan recién horneado y algún contenedor apestando a pescado podrido.
En la puerta de comisaría, haciendo guardia con su traje inmaculado, está Samuel.
—Buenos días, Samuel. ¿Cómo está el patio hoy?
—Buenos días, Capi. Ni te cuento. Se le puede oír desde la acera de enfrente.
—¡¿Hay algún policía aquí?! ¡Os pasáis el día tocándoos los cojones! ¡Os lo lleváis muerto! —escucho con nitidez desde la entrada.
El jefe Navarro es un personaje; todo delicadeza y buenas palabras. Ha llegado a comisario después de años pateándose las calles. Es rudo, de buen corazón y con mucho oficio. Un amigo.
—Buenos días, Capi. Gracias por hacernos el honor. Si puedes, mañana ven a tu hora, sería todo un detalle —dice al verme entrar en la sala común.
—Un poquito de atención. He recibido el aviso de la desaparición de una persona en unas oficinas de las afueras.
No hay ni rastro desde ayer a la hora de la comida.
La dirección es avenida Héroes del Mar, número 21.
Capi, con la nueva, id a echar un vistazo.
Estate atento, a ver si aprendes algo de ella.
—¿Avenida Héroes del Mar 21? ¿Tenemos el nombre del desaparecido?
—Alberto Villanueva. Es el mandamás de la empresa. —Observa mi reacción durante un par de segundos—. Sí, el mismo Alberto Villanueva que estás pensando, Capi.
—¿Hay algún problema, señor? —se interesa Alia.
—Ninguno… Y no me llames señor. Vámonos.
Alia es la nueva. Después del periodo de prácticas, lleva apenas dos meses en el departamento.
Número uno de su promoción. No parece muy fuerte, delgada pero en forma.
Pelo moreno largo, ojos color miel y una voz dulce que no ayuda en su trabajo.
No me la imagino gritando: «¡Alto, policía!
». Hasta ahora solo ha realizado tareas administrativas.
Tiene esa mezcla de entusiasmo y rigidez características de los novatos. Me lo voy a pasar en grande.
—¿Cómo le llamo entonces?
—Si me vuelves a tratar de usted, te quedas en comisaría. Llámame Capi, como todo el mundo. Hoy conduces tú —digo, lanzando las llaves desde el otro lado del capó.
—¿Y por qué Capi?
—Porque me gusta más que Natalia. ¿Alguna pregunta más?
Me da una tregua y no dice nada durante la primera mitad del trayecto. Luego suelta:
—Ya habías estado en esta dirección, ¿verdad?
—Han pasado muchos años. El edificio estaba recién terminado y, para celebrarlo, el dueño organizó una recepción en su casa. Fletaron varios microbuses y uno de ellos nunca llegó. Seis ocupantes muertos. El director era Alberto Villanueva, el desaparecido: muy correcto y reservado.
—Sí… de los que nunca sonríen —añade Alia.
—Eso es. De los que te hacen sentir incómodo solo con la mirada.
—Navarro llevaba la investigación y yo le ayudaba.
Se cerró como un accidente. El peritaje apuntó a una holgura en la caja de dirección, algo que en su momento pareció fruto del desgaste…
o de un mal ajuste. El estado en que quedó el microbús no permitió sacar muchas más conclusiones.
Solo se salvó el conductor; el resto de los pasajeros murieron calcinados.
—Puf… asunto desagradable. ¿Paramos a tomar un café? Todavía no he desayunado —pregunta Alia, cambiando de tema.
—Después de la visita. Ya estamos llegando; gira a la derecha, aquel edificio que parece de cristal azul.
—¡Hala! Madre mía, qué dispendio. ¿Qué es, un estudio de arquitectura o un hotel de lujo?
—Pues todavía no has visto nada. Espera a entrar.
Cruzamos la puerta del edificio. Al fondo del hall abovedado, un hombre con uniforme nos espera tras un mostrador de madera con las iniciales «AV» incrustadas en metal.
—Buenos días, mi nombre es Jaime. ¿En qué puedo ayudarles?
—Venimos a ver a la señorita Villanueva —responde Alia, mostrando la placa.
—Les estábamos esperando. Los atenderá en unos minutos. Pueden esperar en aquellos sofás.
Mientras el recepcionista complaciente hace sus gestiones, nos acomodamos en el sofá. Alia se mueve inquieta, como una niña pequeña, recorriendo con la mirada cada rincón del hall.
—Solo con lo que cuesta este mármol podría pagar el alquiler de un año. Me dan ganas de llevarme este sillón a casa y vender la cama. Y esa lámpara de mesa…
—Hubieses estudiado arquitectura —digo con ironía.
Pasan un par de minutos; la puerta del ascensor se abre. Una mujer joven, de entre 25 y 30 años, camina hacia nosotros a paso ligero.
—Buenos días, perdonen la espera. Soy Diana Villanueva, la hija del desaparecido. ¿Saben algo ya?
—Buenos días. Hemos recibido el aviso hace apenas dos horas. Necesitamos más información —respondo—. ¿Cuándo lo echaron en falta?
—Ayer sobre las 19:30. Anselmo, el chófer, me llamó extrañado para preguntar por mi padre.
Él lo dejó a primera hora aquí, en la oficina, y vino a recogerlo a las siete de la tarde.
Subieron a su despacho, pero no estaba. Tampoco en ninguna parte del edificio.
Al parecer, se marchó por sus propios medios sin avisar, aunque no estamos seguros.
—O sea, el chófer llama ayer por la tarde y ustedes dan el aviso por la mañana. ¿Su padre desaparece con frecuencia? —interrumpe Alia.
—Desde que tengo uso de razón, nunca se ha ausentado sin avisar. Pensamos que tendría algún negocio o compromiso. Pero al no aparecer en toda la noche, nos asustamos.
—Perdónenme, señoritas, vamos a intentar aclararnos —interrumpo—. El señor Villanueva viene por la mañana, nadie lo ve salir y desaparece. No contesta al móvil. ¿Alguna sugerencia?
—Estoy convencida de que hay una explicación lógica. Cuando menos lo esperemos, aparecerá por la puerta con algún negocio bajo el brazo —responde Diana.
—Eso nos ahorraría trabajo a nosotros y disgustos a ustedes. De momento, ¿podemos echar un vistazo?
—No hay problema. Jaime les ayudará en todo lo que necesiten —concluye Diana mientras se aleja hacia el ascensor.