La flor de eléboro 2 La Casa Mágica
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2 La Casa Mágica

Un desvío sin señalizar, una casa solitaria a las afueras de la ciudad rodeada por una valla de altura inusual.

Desde fuera, apenas se distinguían las copas de los árboles que sobrepasaban la pared gruesa de piedra.

En la entrada, un sistema de cámaras permitía el acceso solo a quienes habían recibido el beneplácito de aquella organización peculiar; hombres y mujeres con suficiente dinero y discreción para formar parte del club más exclusivo.

Ninguno conocía la identidad de los demás; jamás coincidían dos clientes al mismo tiempo y nadie salía a recibirte ni te despedía al marcharte.

Una vez dentro del recinto, una carretera pequeña, empedrada, se abría paso entre la arboleda y conducía hasta el anexo de la casa principal.

La puerta automática que se alzaba con lentitud contrastaba con el aspecto rústico del edificio.

Nada hacía sospechar lo que se encontraba tras la entrada que conectaba el garaje con la Sala de los Deseos.

Un amplio hall circular con una mesa cuadrada en el centro, una sola silla y dieciséis puertas alineadas a lo largo de las paredes.

Cada una llevaba grabado el dibujo de una flor distinta.

La mesa, sobria y maciza, de madera oscura, parecía anclada al suelo.

Sobre su superficie despejada, una copa de champán burbujeante como señal de bienvenida.

A su lado, un dispositivo pequeño y rectangular, con dieciséis botones, cada uno marcado con la misma flor grabada en las puertas, y un lector de tarjetas de crédito.

Coronando el aparato, podía leerse en una placa dorada: «Tú no has estado aquí».

Frente a la mesa, una única silla de respaldo alto, también de madera oscura, tapizada en cuero negro. Nada más.

Solo había que pulsar uno de los botones al tiempo que se deslizaba la tarjeta por el lector para que se abriese la puerta correspondiente. En ese instante, los deseos empezaban a tomar forma. Hasta la fecha, ningún cliente había quedado descontento.

La Casa Mágica tenía solo dos normas: no causar daño no consentido y nunca desvelar su ubicación. Romper cualquiera de ellas suponía la expulsión inmediata.

Habían pasado ya dos años desde que Alberto Villanueva cruzó por primera vez aquellas puertas. Desde entonces, cada domingo, tenía una cita ineludible con el tercer botón de la derecha contando desde abajo, grabado con el dibujo de una flor de eléboro.

Había encontrado un lugar para dejar de ser él mismo y soltar las riendas. Había algo en la entrega, en la pérdida voluntaria del control, que le resultaba liberador. Allí, las decisiones no le pertenecían. Allí mandaba ella. Y, en su mundo de apariencias, era lo único que sentía real.

Las sesiones fueron cediendo espacio a silencios compartidos, a miradas largas, a palabras que pesaban más que los gestos.

Con el tiempo, el juego dejó de centrarse en la piel.

Amantes, cómplices o solo dos personas que encontraron en el otro un refugio inesperado.

Habían cruzado una línea invisible. Y no había vuelta atrás.

Aquel día, Susana esperaba sin su uniforme habitual. Vestía vaqueros ajustados, blusa azul y zapatos negros de tacón fino. Sentada en un sofá de piel negra, preparaba dos copas de vino Petrus del 82. El clic de la puerta anunció la llegada de Alberto.

—Felicidades, señor Villanueva —dijo Susana, entregándole una copa.

—¿Y qué se celebra hoy, señorita Garrido? —preguntó Alberto mientras se dejaba caer en el sofá.

Susana se acomodó sobre sus rodillas. Al oído, mientras le acariciaba la nuca, susurró:

—Es nuestro aniversario. Hace dos años de nuestra primera vez. Hoy quiero que todo sea diferente.

Sus dedos firmes desabrochaban la camisa despacio mientras sus labios recorrían el cuello de Alberto centímetro a centímetro. Él sentía cómo su cuerpo se estremecía y la respiración perdía su calma.

Alberto sujetó la mano de Susana antes de que pudiera desabrochar el último botón de la camisa. Giró la cabeza lo justo para dejar su cara al descubierto, la agarró con suavidad de las caderas y la apartó hasta dejarla sentada en el sofá.

—Esta vez no —susurró, con voz débil.

Susana lo miró, confundida, incapaz de entender lo que sucedía.

—¿Qué pasa, Alberto? —preguntó con voz temblorosa.

—Tenemos que hablar.

El silencio llenó la sala. Susana se levantó, avanzó despacio hasta el bar y rellenó su copa.

Alberto bajó la mirada, recordando las palabras que su madre le susurró antes de morir: «Hijo mío, tienes que perpetuar el apellido Villanueva.

Respétalo y haz que el mundo lo respete.

Debes casarte cuanto antes. Prométemelo».

—La semana que viene —continuó Alberto, con la voz entrecortada— seré un hombre casado.

La copa resbaló de los dedos de Susana y, como su sueño, se rompió en mil pedazos contra el suelo. Aturdida pero serena en apariencia, acertó a decir:

—Márchate de aquí.

—Escúchame, por favor. Nada va a cambiar. Todo seguirá igual.

—Por eso no te preocupes; soy una profesional y me debo a mis clientes. Aquí seguiré, siempre que necesites mis servicios.

—No quiero que sigas trabajando aquí. Te necesito a mi lado.

—¿Me estás pidiendo exclusividad? No puedes estar hablando en serio.

—¡Podrás dejar esta vida! Te ofrezco un puesto en la dirección de mi estudio de arquitectura. Juntos construiremos un imperio. Serás mi mano derecha. Tarde o temprano podremos construir una vida juntos.

Susana apretó los labios, con la mirada perdida en el vacío. En silencio, una sombra cruzó su rostro; los pensamientos se precipitaban en su mente, respondiendo a su propia pregunta: ¿Por qué no soy yo la elegida?

—De prostituta a directora de Recursos Humanos —murmuró con una sonrisa sarcástica—. Nunca entré en tus planes de futuro. Demasiada carga para ti. No pensé que fueras tan cobarde. ¡Qué ilusa!… Soy lo que soy.

Arrodillado ante ella, Alberto suplicaba:

—Por favor. Encontraremos un lugar para nosotros. Estaremos juntos siempre que lo desees.

Susana era consciente del poder que ejercía sobre Alberto.

Con las manos a ambos lados de su cara, lo incorporó.

Luego lo condujo hasta el sofá. Sentados, lo acunó en su regazo.

Mientras le acariciaba el cabello, recordaba las palabras de su madre el día que abandonó el pueblo: «Me he pasado la vida de rodillas ante los hombres para darte un futuro.

Aprovéchalo. No te he criado para que seas como yo.

Sé fuerte. Allá donde vayas, haz que los hombres se arrodillen ante ti».

Susana esbozó una sonrisa inquietante. Sin pestañear, con la mirada fija en la pared y sin dejar de acariciarlo, susurró:

—Estaré siempre contigo.