1 La hija de la boticaria
Aquellos pantalones vaqueros de peto acentuaban su barriga prominente.
Parecían sacados de un contenedor de ropa vieja.
Una camisa a cuadros rojos y negros y un sombrero de paja enmarcaban una cara cubierta por una barba blanca y espesa.
El abuelo Prudencio podía ser el protagonista de un anuncio de espárragos.
Se apoyaba en una garrota, con el mango pintado de blanco, de madera de almez y en forma de cabeza de lobo.
No le hacía falta, pero se había convertido en su inseparable compañera de viaje.
Había pasado más de siete años desde que enviudó y vivía solo en un caserón apartado del ruido de la ciudad. Se había negado en redondo a compartir casa con extraños, por más que la familia estuviese empeñada en contratar un «acompañante» que estuviese pendiente de él.
—Estos cabrones se creen que no puedo vivir solo; se van a joder porque voy a durar cien años —pensaba, cada vez que salía el tema a relucir.
Para la familia, los domingos eran cita ineludible con el abuelo. Era un momento entrañable a pesar de su mal genio. Repetía cada semana las mismas batallas y a los «niños» les hacía las mismas preguntas.
Sentados en una mesa redonda de piedra, a la sombra de una higuera, degustaban unas costillas barbacoa y una ensalada de tomate y huevo duro. La cercanía de las brasas inundaba el ambiente con un olor inconfundible a madera quemada de encina.
—«Esperada» se tenía que haber llamado vuestra madre, aunque la persona del registro se hubiese echado las manos a la cabeza —dijo Prudencio riendo mientras alcanzaba el vaso de vino tinto.
—Venga, abuelo, ya nos has contado esta misma historia cien veces. Y la llamasteis Esperanza porque nunca la perdisteis. Lo sabemos —refunfuñó Diana.
—No seas impertinente con el abuelo. Mi nombre es uno de los más bonitos que hayáis escuchado nunca —sentenció Esperanza.
Limpiándose la barba de la salsa de las costillas y sin levantar la mirada del plato, el abuelo preguntó:
—¿Cómo está el desgraciado de tu marido?
—¡Papá! Están los niños delante.
—¿Y qué? Diana es mayor y el niño está atontado; no se entera de nada, joder. Ni siente ni padece. Está ahí como si le hubiesen «plantado».
Alejo lo miraba sonriendo. Para él no era una ofensa. Admiraba a su abuelo y, tras escuchar sus palabras, se levantó y le plantó un beso en mitad de la frente.
—Quita de aquí, desgraciado —dijo el abuelo apartándolo de su lado.
El murmullo de la conversación se volvió lejano. Esperanza apartó el plato y dejó vagar la vista por la mesa. Algo en aquel momento la arrastró, sin proponérselo, al pasado, a cuando todo empezó.
***
—Todavía recuerdo cuando eras pequeña y te ponías al lado de tu madre esperando que leyera en alto la receta; antes de terminar de leerla, ya tenías el medicamento en la mano —recordó la señora Amelia, recogiendo las medicinas que Esperanza le había servido.
—¡Qué época más bonita! Lo importante es que pueda seguir atendiéndola mucho tiempo, señora Amelia —respondió girando el cuello, mientras subía a la escalera de mano para limpiar los botes del último estante.
—Muchas gracias, hija. Que así sea. Ten cuidado, no te caigas.
—Descuide.
La campanilla de la puerta tintineó al marcharse la señora Amelia.
El aire dentro de la farmacia cambió sin que Esperanza lo notara al instante: el olor a cartón impreso y papel encerado que provenía de la trastienda se mezclaba ahora con un aroma de colonia masculina, discreto pero persistente, como una presencia silenciosa que se colaba sin permiso.
—Buenos días —dijo una voz masculina a su espalda. Esperanza dio un respingo que hizo tambalear la escalera.
—Lo siento, estaba distraída —respondió, bajando despacio e intentando recuperar la compostura.
—Quería saber si dispone usted de este medicamento.
—Permítame… —dijo ella y cogió la receta—. Es un medicamento delicado. No lo tengo en mi almacén, pero puedo tenerlo mañana a esta misma hora.
—Perdóneme por el susto, pero perfecto —asintió el hombre.
—Lo pedimos entonces —hizo una pausa—. Dígame su nombre, por favor.
—Alberto Villanueva.
—Y un teléfono de contacto.
—No se preocupe, volveré mañana a esta misma hora. Que pase un buen día.
Con el bolígrafo en la mano, Esperanza se quedó boquiabierta viendo cómo cerraba la puerta de la farmacia tras de sí.
—Será prepotente —pensó en voz alta mientras, a través de los cristales, observaba cómo subía a un coche negro impecable, con chófer al volante.
Al día siguiente, como había anunciado, se presentó a la hora acordada para recoger la medicación. Esperanza ya la tenía preparada.
—Buenos días, Alberto —hizo una pausa a propósito—, Villanueva, aquí tiene su pedido.
—Muchas gracias, señorita. Es una medicina que mi madre va a necesitar cada semana. ¿Usted podría encargármela para recogerla cada miércoles a esta misma hora?
—No hay problema. Aquí la tendrá preparada cada miércoles a las diez.
—Es usted muy amable. Todavía no conozco su nombre —dijo Alberto mientras pagaba la medicación.
—No se preocupe, la semana que viene seguiré teniendo el mismo nombre que hoy. Que pase un buen día —replicó Esperanza con una sonrisa pícara.
Alberto le devolvió la sonrisa, dio media vuelta y se alejó.
Desde aquel día, cada miércoles se convirtió para Esperanza en un acontecimiento. Era como una partida de ajedrez contra aquel hombre enigmático. Las semanas pasaban y tenía la sensación de que podía haber algo entre ellos y, sin embargo, Alberto nunca daba el primer paso.
No habían pasado unos meses cuando Alberto cruzó la puerta de la farmacia con el rostro desencajado y los ojos enrojecidos.
—Buenos días —musitó con voz quebrada.
Un escalofrío recorrió la espalda de Esperanza.
—Ya no voy a necesitar más medicina —añadió—. Mi madre falleció hace dos días.
—Lo siento mucho, Alberto. ¿Hay algo que pueda hacer?
—Ya has hecho bastante —balbuceó apartándose con lentitud hacia la puerta—. Te estaré siempre agradecido.
Atónita, Esperanza preguntó:
—¿Te volveré a ver algún día?
Alberto ni siquiera se giró. Siguió caminando, cruzó la calle y se montó en aquel coche negro impecable.
La escena del adiós no la dejó dormir las semanas siguientes. Pensaba que todo había sido un espejismo y, aun así, cada miércoles a las diez su mirada se dirigía hacia la puerta con la esperanza de verle entrar.
Aquel día, la campanilla volvió a sacar a Esperanza de sus pensamientos.
—¿La señorita Esperanza? —preguntó un hombre.
Vestía un traje gris claro, de esos que no se arrugan ni después de pasar horas y horas sentado. Elegante, pero cómodo. Una boina inglesa a cuadros y unas gafas de sol oscuras le ocultaban buena parte del rostro. Llevaba también unos guantes calados de medio dedo, grises, a juego con el traje.
—Sí, ¿en qué puedo ayudarle?
—Tengo un sobre para usted. Mis órdenes son esperar respuesta.
El sobre era grueso, color marfil, con la solapa cerrada con cera roja. Esperanza notó que su pulso se aceleraba al leer su nombre escrito a pluma. Lo abrió con cuidado, como si pudiera romper algo más que papel.
Cuando leyó el contenido, una sonrisa lenta, casi infantil, le iluminó el rostro.
—Dígale a Alberto… que allí estaré.
***
Un sonido familiar la sacó de sus pensamientos.
—¡Mamá! Estás en Babia. ¿Por qué sonríes? ¿Que si quieres más costillas? —la voz de Diana devolvió a Esperanza al presente.
—No, gracias. Hoy estoy desganada.
—No me extraña —intervino Alejo riéndose y mirando de reojo al abuelo—. Estamos de costillas hasta las narices. ¿Quieres un par de huevos fritos?
—¡Qué paciencia, señor! —exclamó el abuelo, elevando sus ojos al cielo.