La flor de eléboro Prólogo
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La flor de eléboro

La flor de eléboro

Por Juan C. Garcia

© inepub.com

Prólogo

Conocí a Juan Carlos hace cuarenta y cinco años, por lo menos.

No fue en una feria literaria ni en la presentación de un libro, sino en una oficina anónima, de esas con fluorescentes que zumban y máquinas de café que saben a plástico.

Éramos dos veinteañeros que compartían mesa en una compañía de la que ya ni recuerdo el nombre, pero sí recuerdo las conversaciones interminables durante la pausa del almuerzo.

Él ya decía entonces que era «observador profesional de la estupidez humana», y yo, que aún no sabía que acabaría siendo editor, lo escuchaba con la certeza de que aquel tipo o llegaría muy lejos o acabaría firmando el libro de reclamaciones de medio mundo.

Luego la vida hizo de las suyas, los caminos se separaron —como suele ocurrir—, cada uno arrastró su carro por veredas distintas y, durante décadas, nuestros únicos puntos de encuentro fueron algún mensaje de texto navideño y la nostalgia compartida de aquellos años de juventud.

Él se hizo psicólogo y comunicador, y yo me instalé en el mundo de los libros, convencido de que la mejor manera de entender a las personas era leerlas en voz alta.

El reencuentro llegó cuando ya ninguno de los dos esperaba nada parecido.

Una llamada, un café, y de repente estábamos otra vez hablando de las mismas cosas: de cómo la gente se complica la vida, de lo ridículos que podemos llegar a ser, de la ternura que da observar los esfuerzos titánicos que hacemos para ocultar lo que somos.

Y entonces Juan Carlos me dijo: «Tengo una novela en la cabeza. Llevo años dándole vueltas».

No exagero si afirmo que he seguido el parto de La flor de eléboro desde su misma concepción.

Vi cómo aquella idea borrosa fue tomando forma, cómo los personajes pasaron de ser sombras a tener nombre, voz y un pasado que les dolía.

Asistí a sus dudas —muchas, profundas—, a sus reescrituras obsesivas, a la manera en que descartaba páginas enteras porque «esto no respira todavía».

He sido testigo, durante todo este tiempo, de cómo un hombre que se gana la vida entendiendo a los demás se atrevía por fin a contar su propia verdad a través de la ficción.

El título, La flor de eléboro , no es un capricho poético.

El eléboro —esa planta de invierno que florece cuando todo parece muerto— es conocido también como «rosa de Navidad» o, en algunos tratados antiguos, «hierba de la locura».

Sus pétalos pueden ser blancos, verdosos, púrpuras o incluso negros, y todas las partes de la planta son venenosas.

En la antigüedad se usaba para tratar trastornos psicológicos, a menudo con consecuencias fatales.

Me encanta esta contradicción: una flor que promete curación y puede matar, que anuncia vida en pleno letargo y, sin embargo, contiene su propia dosis de muerte.

Esa ambigüedad es el corazón de la novela.

¿Dónde termina la defensa propia y empieza la venganza?

¿Cuándo un acto de justicia se convierte en un crimen?

Los personajes de Juan Carlos navegan ese límite difuso sin red, y el lector se ve obligado a preguntarse, capítulo tras capítulo, qué habría hecho él en su lugar.

No hay respuestas fáciles, y ahí reside la grandeza de esta historia.

El trasfondo filosófico de la obra dialoga con preguntas muy antiguas: ¿es legítimo hacer daño a quien ha hecho daño?

¿El sufrimiento pasado justifica cualquier acción en el presente?

¿Qué queda de nosotros cuando renunciamos a nuestra propia humanidad en nombre de una causa justa?

El autor no impone tesis, sino que invita al lector a ensuciarse las manos con las mismas dudas que atormentan a sus protagonistas.

Y lo hace, además, con un humor negro que desarma cualquier tentación de solemnidad.

Porque Juan Carlos sabe que la vida, incluso en sus momentos más oscuros, siempre tiene un punto de absurdo.

He leído esta novela cuatro veces: la primera, como amigo que quiere emocionarse; la segunda, como editor, corrigiendo lo que aún podía pulirse; la tercera, a punto de imprimirse, solo para comprobar que seguía funcionando, y la cuarta, en voz baja, para celebrar que aquel compañero de oficina de los fluorescentes zumbadores había logrado, al fin, poner en palabras todo lo que llevaba décadas observando.

La flor de eléboro florece en el invierno de las apariencias. Nos invita a mirar debajo de la alfombra de la familia perfecta, del empresario ejemplar, de la esposa abnegada. Y lo que encuentra allí no es solo mugre, sino raíces profundas de un dolor que se hereda, se calla y, al final, revienta.

No les diré más, no sería justo. Juan Carlos construye sus engranajes con paciencia de relojero, y sería una traición quitarles el placer de ir encajando las piezas.

Solo añadiré una cosa: desconfíen de sus propias certezas mientras lean.

Y, si pueden, no empiecen esta novela un día laborable. Les aseguro que les costará dejarla.

Bienvenidos al eléboro. Que su veneno les haga pensar.

Rafael León Getafe, primavera de 2026