La firma del cuerpo (La firma del… 2) Capítulo XXIV Persecución
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Capítulo XXIV Persecución

El rastro de sangre de Prats no entra al estadio. Gira bruscamente a la izquierda, bordeando las vallas de obra de la Castellana en dirección norte. El hijo de puta está herido, pero se mueve rápido. La adrenalina de la huida y la desesperación del animal acorralado lo están manteniendo en pie.

—¡Aduriz, Ramos! —la voz de Carvajal resuena por los auriculares—. Guimarães y yo pillamos el coche de apoyo y os flanqueamos por el Paseo de la Habana. Si ese cabrón intenta cortar hacia la estación de Chamartín por los túneles o las zonas muertas, le cerramos el paso desde arriba.

—Recibido. No os separéis —responde Ramos.

Avanzamos a pie. Ramos va dos pasos por delante de mí, con la linterna acoplada al cañón de su arma iluminando el asfalto.

Su lenguaje corporal es puro peligro: hombros rígidos, respiración rítmica pero forzada.

Mi ojo profesional se activa en cada esquina oscura: los soportales de los edificios ministeriales ofrecen demasiados puntos ciegos.

El tránsito de peatones a estas horas es casi nulo, por lo que cualquier contenedor de basura puede ocultar una emboscada.

Doscientos metros más adelante, el silencio de la madrugada se rompe por unos gritos.

Hay un pequeño grupo de personas en mitad de la acera, alrededor de una mujer que está tendida en el suelo, doliéndose de la cadera. Llegamos con las armas abajo, enseñando las placas.

—¡Policía! ¿Qué ha pasado aquí? —grita Ramos, con una urgencia que asusta a los testigos.

—Un loco… —consigue articular un chaval joven que sujeta el bolso de la mujer—. Ha pasado un tipo ensangrentado. Llevaba a una chica a rastras. Esta mujer se ha cruzado, el tío la ha empujado con una fuerza tremenda y ha caído contra el bordillo. ¡Llevaba una pistola!

—¿Cómo era la chica? —mi voz suena cortante, directa.

—Jovencita, morena, de unos dieciocho o diecinueve años —describe el chaval con las manos temblorosas—. Pelo largo, castaño oscuro, cara fina, estaba buena, no sé. Llevaba una sudadera oscura. Ella intentaba clavarse en el suelo, pero él la arrastraba del brazo.

Miro de reojo a Hugo. Su rostro se vuelve completamente pálido. Es María.

—¿Por dónde han ido? —Ramos ruge como un animal herido, agarrando al chaval por la solapa antes de que yo le ponga una mano en el pecho para frenarle.

—Por allí, hacia los pasajes de los edificios altos… Hacia Chamartín —señala el testigo, asustado.

—Llamad a una ambulancia para la mujer. Gracias —les digo, comenzando a correr.

El dolor es un soplete encendido en mi interior, pero lo filtro, lo hundo en el pozo donde guardo toda la basura que he soportado todos estos años. No hay tiempo para quejarse. Nos metemos por un lateral oscuro, un pasaje peatonal entre torres de oficinas.

A mitad del pasillo de hormigón, el gemido de un hombre nos hace detenernos en seco.

Está tirado junto a unos cajeros automáticos, con las manos presionando su abdomen.

Es un hombre de rasgos marroquíes, de mediana edad.

La sangre brota a borbotones entre sus dedos, empapando su camisa.

Me arrodillo a su lado en un segundo, aplicando presión con mis propias manos sobre las suyas.

El olor ferroso de la sangre inunda el aire frío.

—Tranquilo, amigo. Soy policía. ¿Qué ha pasado? —le pregunto, forzando un tono calmado como puedo.

—El... El hombre... —jadea, con los ojos desorbitados por el shock hipovolémico—. Llevaba a la chiquilla... A la fuerza. Escuché los gritos. Intenté... Intenté ayudarla. Pero el bastardo se dio la vuelta y me disparó a bocajarro... Se ha ido hacia la estación.

—Aguanta, ya viene la ayuda —le digo, mientras un resoplido se me escapa de pura frustración.

Me levanto con las manos manchadas de su sangre caliente, me limpio en el culo del pantalón y las perneras rápido para avisar y pulso el botón del comunicador:

—¡Central, herido de bala en el pasaje de las torres de Castellana Norte! Necesitamos una UVI móvil ya. El sospechoso sigue armado y dejando heridos a su paso.

«Entendido, Aduriz», la voz de Alma entra con una gravedad gélida desde el centro de mando.

«Tenemos la estación de Chamartín completamente blindada por los GEO.

Hay tiradores en los accesos superiores y el perímetro está cerrado.

Si Prats asoma la cabeza por el intercambiador, le detienen o le abaten en el acto. No tiene salida».

Prats lo sabe. Es inspector, conoce nuestros protocolos de cierre.

Sabe que si pisa una zona abierta está muerto.

Tiene que haberse refugiado en algún sitio para ganar tiempo y recobrar el aliento; no es tan gilipollas como para meterse en una trampa así.

A unos cincuenta metros antes de los accesos principales de la estación, visualizo un callejón de servicio, una zona de carga muerta flanqueada por muros de hormigón gris y contenedores industriales de reciclaje.

Un callejón sin salida. En una de las paredes veo lo que parece una huella parcial de un par de dedos y parte de la palma de una mano grande.

Hago una señal visual a Ramos. Puño cerrado.

Alto. Nos pegamos a la pared y nos asomamos en cuña con las pistolas al frente.

Ahí está. Biel Prats está apoyado contra el fondo del callejón, respirando como un asmático, con la espalda pegada a una puerta metálica cerrada, jadeando como un cerdo.

Tiene el rostro sudoroso y una mancha enorme de sangre en el costado izquierdo de su chaqueta, por el impacto del coche, supongo.

Avanzamos con cautela pero un resto de cristal del suelo cruje bajo las botas de Ramos delatando nuestra aproximación.

Rápidamente Prats con el brazo izquierdo sujeta a María por el cuello, usándola como un escudo humano viviente.

Su mano derecha tiembla, apuntando directamente a la cabeza de la cría con su arma reglamentaria.

María está aterrorizada. Sus ojos no pueden generar más lágrimas.

Tiembla tanto que casi no se mantiene firme.

—¡Atrás! —grita Biel, con una voz estridente, desquiciada, que me hace no reconocer al compañero amable que fue todo este tiempo—. ¡Un paso más y le vuelo la tapa de los sesos aquí mismo, Ramos! ¡Os juro que lo hago!

—¡Hijo de puta! ¡Suéltala! ¡Suéltala o te juro por Dios que te arranco la cabeza! —Ramos empieza a avanzar, completamente desquiciado, perdiendo el control por el pánico de ver a su hija con un cañón en la sien. Su arma oscila por la rabia.

—¡Hugo, frena! ¡Atrás! —le suplico, agarrándole la zona dolorida con mi mano izquierda mientras mantengo la pistola fija en el pecho de Prats. El dolor de mi costado me da un latigazo rabioso que me mata, pero no puedo vacilar; ahora no—. Déjame a mí, joder. Quédate atrás.

Ramos se detiene, respirando como un toro herido, pero no baja el arma.

—Biel, mírame —digo, forzando un tono pausado, dando medio paso al frente con suavidad—. Mírame a mí. Ya está. Ya has hecho demasiado daño. Todo el puto tablero está roto. Tienes a toda la jefatura de Madrid encima. No vas a salir de este barrio, ni de Madrid. Se acabó.

—¡No me vais a encerrar! —espeta él, apretando más el brazo en el cuello de María, que ahoga un gemido de dolor—. ¡Dejadme un coche limpio y las llaves! ¡Me la llevo conmigo hasta la frontera! ¡Si veo un solo uniforme, la mato!

—Nadie va a moverse, Biel. Tranquilo —trato de desescalar la tensión, manteniendo mis ojos fijos en los suyos mientras busco una ventana de tiro limpia. María me mira a mí. Intento transmitirle seguridad con la mirada—. María, mírame. Todo va a salir bien. Mantén la calma, pequeña. Respira.

En ese instante, el estruendo ensordecedor del helicóptero Cóndor de la Policía Nacional pasa justo por encima del callejón, barriendo la zona con su potente foco blanco.

El torbellino de aire y la luz cegadora distraen a Biel durante una décima de segundo.

Su mirada se desvía hacia el cielo. María reacciona con un instinto salvaje: levanta su bota y le clava el tacón a Prats con todas sus fuerzas en el empeine del pie herido.

Biel suelta un alarido de dolor y su cuerpo se desequilibra hacia atrás, apartando la cabeza de la trayectoria de la chica.

Dos detonaciones secas y simultáneas atruenan en el callejón.

El disparo del arma de Ramos le impacta de lleno en el centro del pecho.

El mío, ajustado a la décima, le revienta la rodilla derecha.

El impacto combinado lanza el cuerpo de Biel contra los contenedores, haciéndole soltar el arma, que sale rodando por el suelo de hormigón.

María sale corriendo hacia nosotros, gritando de puro terror.

Ramos baja su pistola en un segundo, se lanza al suelo y la recoge en sus brazos, fundiéndose con ella en un abrazo desesperado en mitad del pasaje.

—¡Sácala de aquí, Hugo! ¡Sácala ya, coño! —le ordeno, sin dejar de apuntar al cuerpo de Prats, que se retuerce en el suelo entre espasmos y charcos de sangre—. Yo le detengo. ¡Asegura el perímetro exterior y saca a tu hija de la línea de fuego!

Ramos me mira con una mezcla de gratitud ciega y alivio salvaje.

Asiente una sola vez, levanta a María en vilo contra su pecho y sale del callejón hacia la zona donde ya se escuchan las sirenas.

Me quedo sola en el pasaje. Con las manos firmes en la empuñadura de mi pistola, me acerco paso a paso, con el cañón apuntando directamente a la cabeza del hijo de la gran puta, asesino y violador.

—¡Estás acabado, Prats! —le digo, pateando su arma lejos de su alcance.

—Maldita puta, eres como todas las demás… Al menos has disfrutado de un hombre hecho y derecho hoy, jajajaja —ríe, escupiendo sangre.

Me acerco y le piso los huevos con toda la fuerza que tengo. Un grito desgarrador atraviesa la noche de Madrid. Me agacho y cojo su pistola con cuidado de no dejar huellas, estirando la manga de mi chaqueta.

—¡Esto es por Mapi Guijarro! —le golpeo en la cara—.

¡Esto es por Irene Batlle! —golpeo en su herida del pecho—.

¡Esto es por Salma Hermoso! —le golpeo de nuevo los huevos—.

¡Esto es por tu mujer! Maldito desgraciado —me pongo de pie y le pateo la boca, haciéndole escupir más sangre—.

Y esto es por María, por Ramos y por mí, sucio bastardo de mierda.

Coloco su pistola en su cabeza y aprieto el gatillo sin pensármelo dos veces. Después coloco el arma en su mano, fingiendo un suicidio. Con paso firme abandono el callejón. Dolorida, humillada, violada, pero con una de las mejores sensaciones que jamás he tenido en mi vida. Justicia de verdad.