Capítulo XXIII — ¡No!
Prats vuelve contento, mala señal. Eso es que no hay ni rastro de ayuda en camino. Puede que no hayan oído nada del micro, ¡joder! O ¿es que están bien ocultos?
Me quedo inmóvil, tiritando de frío sobre la camilla de acero, con las sujeciones de cuero devorándome las muñecas y los tobillos; solo me hago daño y no voy a ser capaz de soltarme.
El corazón me golpea las costillas con tanta fuerza que siento que los puntos van a reventar. Joder. Estoy completamente desnuda, indefensa y a merced de lo que venga.
—Ahora se te van a pasar todas esas tonterías y vas a probar a un hombre de verdad… Después de esto vas a querer polla cada segundo que te quede de vida —me suelta, acercando su repugnante cara a la mía y lamiendo mi cicatriz.
—Haz lo que te salga de los huevos, pero reza para que no consiga soltarme —le escupo verbal y literalmente tras decirle la frase.
—Qué bien me lo voy a pasar contigo, Layita —responde, limpiándose el gargajo.
En ese momento comienza a sobetearme las tetas; sus manos de asqueroso recorren todo mi cuerpo y hace que las sujeciones me abran las piernas, gracias al ingenio de abuso de Oyarzabal. Es frustrante saber que te van a violar y no poder moverte… Joder… ¡Ramos, ven ya!
Prats comienza a introducir sus dedos en mi vagina de forma abrupta, sin ningún tipo de cuidado, me está destrozando.
Y cuando los saca se relame, el hijo de puta.
Tengo que morderme la lengua para no decirle todo lo que se me pasa por la cabeza.
Entonces me coloca el bozal que usaba Oyarzabal para sus perversiones.
Tengo la boca totalmente abierta y no puedo hacer nada.
Prats se coloca detrás de mi cabeza. Boca abajo lo veo como si fuera gigante y entonces su ropa de la parte inferior cae. No, por favor… No… ¡AAAAhhhhhh!
Cuando se cansa de metérmela en la boca vuelve a mi vagina, se escupe en la mano y me frota ahí abajo. Entonces noto la punta de su... cuando justo suena un golpe lejano. Alarmado, se detiene y se viste a toda prisa. ¡Joder, ya era hora, coño!
Prats coge su linterna, a su hijo de la nevera y sale corriendo, dejándome totalmente vejada, sin poder taparme y sin poder escupir su esencia de hijo de la gran puta de mi boca. No pasan ni treinta segundos cuando la puerta se abate de un golpe brutal.
Ramos entra con cuidado, con la pistola al frente, seguido de cerca por Carvajal, Guimarães y Naybet.
Al enfocar la camilla, el equipo completo se queda en shock.
Las luces tiemblan en sus manos. Ver a su compañera atada y expuesta en una mesa de autopsias los congela durante un instante que se me hace eterno.
—¡Mierda, Laia! —espeta Ramos con los ojos inyectados en sangre.
Guarda el arma a toda prisa, se quita la chaqueta con un movimiento violento y apresurado, y me cubre el cuerpo con ella mientras Naybet y Guimarães se despliegan para batir las esquinas de la sala con las armas listas para un contratiempo.
—El micro... El puto micro se fue al carallo , Aduriz —suelta Carvajal con la voz rota por la tensión, desatándome—. Dejó de emitir de golpe al poco de entrar. No sabíamos qué demonios estaba pasando aquí dentro, pero no nos daban luz verde para entrar con todo.
—Se ha llevado al niño… —consigo articular, con los dientes castañeteando por el frío y la humillación cuando me quita la mordaza—. Lo tenía metido en una de las neveras. El crío está como drogado. No se despertaba. ¡Desatadme ya, joder! Ese cabrón…
—Ya estás libre, rapaza , tranquila —murmura Carvajal, soltando el último anclaje de mis tobillos—. ¿Te hizo algo?
—Mejor no os lo cuento… —le contesto, y comienzo a escupir los restos de semen del hijo de puta de mi boca.
Me meto los dedos en la garganta y comienzo a vomitar, no quiero tener ni un milímetro de ese desgraciado dentro de mí. Todos me miran asustados y sus caras se tornan de más cabreo, si es que era posible.
—Hugo… ¿No habéis escuchado lo último? ¿Habéis oído lo que ha dicho de tu hija? —le pregunto recomponiéndome cómo puedo.
Ramos se queda completamente paralizado en mitad de la estancia. Sus manos, que me estaban ayudando a levantarme, se vuelven de piedra.
—¿Qué dices de mi hija, Laia? —pregunta desconcertado. ¡Mierda!
—Biel tiene a María, la ha seducido por la app de ligues como al resto de víctimas —revelo, clavándole la mirada con pena.
—No puede ser… —balbucea.
—He visto una foto donde la tenía atada —le confirmo para que vea que es verdad.
Ramos se queda congelado, con la boca entreabierta, como si un rayo le hubiera atravesado la espina dorsal. Toda la veteranía y la dureza del inspector jefe se evaporan, dejando paso al terror de un padre desesperado por la seguridad de su descendencia.
—¡Mirad esto! —interrumpe Guimarães desde el fondo de la sala, junto a la mesa donde Prats tenía objetos de tortura—. He encontrado un inhibidor de frecuencias portátil conectado a la toma de corriente. Por eso se cortó el audio. El hijo de puta sabía que traerías un micro.
La rabia me quema por dentro, borrando el frío de la morgue de un plumazo.
Me visto a una velocidad absurda, ignorando los pinchazos rabiosos de mi costado.
Abrocho los vaqueros y me coloco la camiseta con movimientos torpes pero cargados de odio.
Ese bastardo nos ha tenido controlados todo el tiempo.
Salimos del sótano a toda hostia, subiendo la rampa de la funeraria hacia el exterior.
En cuanto pisamos el patio, la radio de Carvajal empieza a escupir estática y una voz de la central corta el aire de la madrugada: «¡Atención a todas las unidades en sector!
El sospechoso ha salido del parking trasero a bordo de un sedán gris marengo.
Se ha saltado el primer cordón policial a gran velocidad y abriendo fuego.
Unidad del indicativo Cóndor confirma contacto visual desde el aire.
El helicóptero le sigue en rumbo norte por la carretera de Colmenar».
Ramos camina hacia su coche como una hidra, con las llaves temblándole en los dedos y los ojos fijos en la nada. Va ciego. Si se pone al volante en ese estado de shock, nos vamos a estrellar en la primera rotonda.
—Hugo, dame las llaves —le ordeno, poniéndome delante y cortándole el paso.
—¡Quítate, Aduriz! ¡Tiene a mi hija, coño! ¡Tengo que cazarlo! Lo voy a matar —grita, empujándome por el hombro por pura desesperación.
—¡Que me des las putas llaves, te digo! —le rujo, plantándole cara a diez centímetros y cogiéndole de los brazos—. No estás para conducir. Mírate las manos, joder. Nos vas a matar antes de salir del barrio. Déjame a mí; ese cerdo va a pagar por todo, compañero.
Ramos me mira con las facciones desencajadas.
Intenta protestar, abre la boca para mandarme a la mierda, pero ve la determinación en mis ojos y se da cuenta de que tengo toda la puta razón.
Me da las llaves con rabia contenida, da la vuelta alrededor del capó y se empotra en el asiento del copiloto.
Me subo, meto la llave en el contacto y hago rugir el motor mientras Carvajal y Guimarães se suben al coche de apoyo justo detrás de nosotros.
Suelto el freno de mano, clavo el pie en el acelerador y las ruedas muerden el asfalto, lanzándonos a la caza bajo la noche de Madrid.
El motor ruge como una bestia enjaulada mientras meto una marcha tras otra.
El asfalto de Madrid es una cinta gris que nos transporta bajo el baile de las luces.
Mis ojos escanean la carretera de forma mecánica, esquivando coches con agilidad: tres carriles limpios, dos desvíos a la derecha y el reflejo lejano de las luces azules de un control policial que Biel ya ha reventado.
Ramos viaja a mi lado destrozando su pierna con los puños.
Tiene la mandíbula tan apretada que temo que se le rompan los dientes.
—¡Central, ordenad que abran el perímetro! —grita Hugo, pegando el micrófono de la radio a su boca con una desesperación salvaje—. ¡No le disparéis! ¡Repito, no abráis fuego contra el vehículo! ¡Tiene a mi hija secuestrada! Además su propio hijo viaja en el vehículo.
La estática de la radio nos devuelve la voz serena del piloto del helicóptero: «Aquí Cóndor.
El sospechoso va descontrolado. Se acaba de saltar un bloqueo de dos patrullas en la incorporación a la Castellana.
Iba a más de ciento sesenta. Se ha llevado por delante los pivotes de la mediana...
Esperen. Ha perdido el control en la bajada hacia Plaza de Lima.
¡Se ha estrellado! ¡Se ha estampado contra la fachada del Bernabéu!
Les vemos. Están a tres minutos, Ramos. Envío asistencias médicas a la zona, el impacto ha sido brutal.
Está sacando a una joven del interior y arrastrándola».
—¡Me cago en Dios! Puto Prats, lo voy a reventar —grita Hugo, enfurecido como nunca lo he visto mientras golpea el techo del coche con violencia.
Esos tres minutos se sienten como una eternidad en el purgatorio, casi peores que lo que he vivido en la camilla.
Como le haga algo a María, no me lo perdonaré.
Entro en el Paseo de la Castellana cruzando el coche en las curvas, esquivando los taxis de madrugada que frenan en seco al vernos pasar con la sirena parpadeando.
Al llegar a la altura del estadio Santiago Bernabéu, el percal es dantesco.
El sedán gris de Biel está empotrado de costado contra una de las enormes columnas de la fachada.
El capó escupe un vapor blanco y denso que huele a refrigerante quemado y urgencia.
Las luces de emergencia parpadean rotas, proyectando sombras deformes sobre el hormigón.
No hay rastro de las patrullas perimetrales todavía; somos los primeros en llegar.
El coche no ha terminado de frenar cuando Ramos ya ha abierto su puerta y salta al asfalto en marcha.
Corre con la pistola en la mano, ciego, directo al amasijo de hierro.
—¡Hugo, espera! —le grito, saliendo detrás de él, muriendo de dolor con mi arma lista y escaneando las esquinas oscuras del paseo, los soportales y los accesos del estadio.
Ramos llega a la ventanilla rota del conductor y mete medio cuerpo dentro.
Escucho un quejido agudo y metálico cuando arranca la puerta trasera de cuajo.
Saca a un crío de unos diez años. Es el hijo de Biel.
El niño está cubierto de sangre por los cristales, herido en la cabeza pero respirando, con los ojos entornados por culpa de la droga que le metió su padre en el cuerpo.
Prats lo ha dejado tirado en el asiento como si fuera lastre.
Llego a su altura cubriéndole la espalda. El humo del motor nos envuelve.
—¿El niño está bien? —le pregunto con la respiración entrecortada, sin bajar el arma.
—Sí... Está vivo. El hijo de puta lo ha abandonado y se ha llevado a mi niña —Ramos me mira con los ojos desorbitados, depositando al crío con cuidado sobre la acera.
En ese mismo instante, los neumáticos de tres coches chirrían a nuestra espalda. Carvajal y Guimarães bajan derrapando, con las sirenas ya apagadas, y varios compañeros uniformados se lanzan de inmediato sobre el niño para taparlo con mantas térmicas y aplicarle los primeros auxilios.
Hugo se incorpora despacio. Toda la rabia del mundo parece concentrada en sus puños magullados de todas los golpes que ha dado al techo en el trayecto.
Baja la mirada hacia el suelo, junto a la puerta abierta del conductor.
Las luces azules de los coches patrulla parpadean contra los adoquines, iluminando una línea oscura y espesa que se arrastra hacia las puertas laterales del estadio. Es un rastro de sangre fresca.
—¿Lista, Aduriz? —me pregunta con una voz fría que me hiela los huesos.
—Lista. Salvemos a la niña —le respondo.
Ambos, arma en mano, enfilamos el rastro de sangre con la incertidumbre del futuro inmediato y el dolor del pasado reciente aún golpeándome la garganta como lo hacía la sucia polla de Biel.