Capítulo XXII — La funeraria
De camino, Alma ha montado todo el operativo.
Todos los agentes disponibles ya están rumbo a cubrir la zona, un perímetro de dos kilómetros de la funeraria para evitar que Prats consiga huir.
No pueden acercarse a la propia funeraria o Prats podría matar al chico, así que todos se posicionarán de paisano con la mayor discreción.
A tres calles de llegar, Ramos para el coche, baja y se monta con Carvajal y Guimarães. Yo me pongo al volante y pongo rumbo a la funeraria de Oyarzabal. Qué asco le estoy cogiendo a ese sitio. Con razón, ¿no?
Cuando estoy en la entrada, dejo mi teléfono y la pistola en la guantera; no puedo permitirme que se ponga nervioso en el cacheo.
Ramos me ha dado un micro para que me lo meta en el vendaje de la herida; con suerte Prats no mirará ahí y así ellos pueden escuchar todo.
Así que separo el vendaje y despego un poco el apósito, meto el micro dentro y lo vuelvo a pegar, muerta de dolor.
Salgo del coche y me quito la chaqueta para que pueda ver que no llevo la pipa oculta.
Comienzo a caminar hacia la entrada con calma; tampoco puedo ir más rápido con el dolor de costado.
Entro por la zona de atrás, esa misma que utilizaba él cortando la cinta policial y luego pegándola para disimular.
Todo está oscuro, saco la linterna del bolsillo e ilumino.
Perfecto, voy al encuentro de un psicópata, en una funeraria y desarmada. ¿Qué podría salir mal, verdad?
Recorro los lóbregos pasillos y enfilo el último tramo antes de la sala de tanatopraxia donde Mikel Oyarzabal abusó de tantas mujeres. Antes de poder acercarme a la puerta, la voz de Prats suena fuerte:
—Sin gilipolleces, Aduriz. Entra despacio, con las manos en alto y no hagas movimientos bruscos.
—Tranquilo, he dejado el arma y el teléfono en el coche. Solo estamos tú y yo. Solo quiero hablar contigo y entender qué te ha pasado —vocifero.
—Entra. Ya —me ordena.
Al abrir la puerta veo al niño dormido en la mesa de autopsias sobre unas mantas, y a Prats apuntándome con su arma con cara tensa y ojos desquiciados, el pelo teñido de negro.
—Mira, estoy sola y desarmada —le digo, girando sobre mí misma.
—Tengo que cachearte, pero no hagas tonterías —me dice acercándose.
—Claro, hazlo —le digo, rezando por que no palpe el micro oculto.
Prats se acerca apuntándome. Coloca la pistola en mi frente mientras con la otra mano comienza a cachearme. Primero chequea la cintura de mi pantalón, después me toca el culo descaradamente y baja por las piernas. Pero no parece contento; recula unos pasos y me dice:
—No me fío, Beka ha podido ponerte un micro o algún cachivache de esos suyos, desnúdate, Aduriz.
—¿Qué dices? Ya me has cacheado, joder. No tengo nada, solo quiero hablar contigo —respondo ofendida.
—¡YA! —me ordena.
—Vale, tranquilo —respondo, comenzando a desvestirme.
Me quito la ropa con dolor y me quedo en bragas y sujetador con el apósito enorme en el costado. Pero parece que no es suficiente.
—La ropa interior también —me ordena.
—Joder, Prats. No ves que ahí no entra una pipa —le respondo airada.
—Laia, no me hagas repetírtelo y acabaremos antes, joder —espeta.
Me quito el sujetador destrozándome de dolor y me bajo las bragas; rápidamente me cubro con las manos, pero Prats niega con la cabeza y me dice que no me cubra.
—Mira que estás buena, siempre lo he pensado; lástima que te gusten los coños. Te podría haber hecho pasar un buen rato —me suelta.
—Estás a tiempo, nunca he dicho que solo me gusten las mujeres —trato de seducirle absurdamente.
—Ya, ven aquí —me ordena.
Camino lentamente hacia él y me planto delante de él; de nuevo me pone la pistola en la cabeza y con la otra mano comienza a estrujarme el pecho.
Su cara de salido es repugnante. Veo cómo se empalma el hijo de puta.
Y sigue manoseando mi cuerpo hasta llegar al coño.
Me empieza a pasar el dedo por los labios y amaga con introducir uno. ¡Hasta aquí!
Con un gesto rápido me quito la pistola de la frente y le pego un rodillazo en los huevos, pero lejos de doblarse como esperaba, se revuelve y me golpea en la herida. Caigo al suelo muerta de dolor.
—¡Serás puta! Podrías haberte relajado y pasar un buen rato antes de morir. Ahora tendré que matarte como pensaba hacer después con la hija de Ramos. Si me estáis oyendo, más os vale no entrar. O jamás encontraréis a María Ramos —suelta la bomba.
—¿Cómo que María? ¿Qué dices? —pregunto dolorida y desconcertada.
—La tengo en mi poder. Llevo tiempo seduciéndola por Tinder y he quedado con ella para tener una baza.
Sabía que no me ibais a dejar tranquilo, así que la he drogado y la tengo oculta en un sitio que solo yo conozco.
Así que relajaos todos; dejadme hablar, hacer contigo lo que quiera, os revelo donde está y me piro —responde el desgraciado.
—No me lo creo, te estás tirando un farol —le suelto.
—Mira —dice sacando el móvil del bolsillo y me enseña la foto de María desnuda y atada—. ¿Esto te parece un farol?
—Joder, no le hagas nada a la cría, Prats, coño. ¿Por qué haces todo esto? —le pregunto, comenzando a llorar por la mezcla del dolor y la rabia.
Él se aleja un poco tocándose los huevos —espero que te haya dolido, cabronazo— y se apoya en la mesa de autopsias.
—Te lo contaré, pero después tendrás que dejarme hacer contigo lo que quiera si quieres que te diga dónde está la hija de Ramos. Eres tú por ella. ¿Trato? —me suelta.
—Trato, haz conmigo lo que quieras, pero a ella no la toques. Pero cuéntame qué cojones te ha pasado, tío —respondo.
—Cuando era joven y estaba en la academia, vi que tenía una vena peligrosa.
En una fiesta abusé de dos mujeres y las tuve que matar para que no hablaran.
Vi que me encantaba hacerlo. Pero pude controlarme, fui a terapia; obviamente no confesé ningún crimen, solo dije que me preocupaba mi ira.
Me ayudó de verdad. Un tiempo estuve bien, después conocí a Marina y con el amor que me profesaba no tenía esos instintos.
Así he estado muchos años hasta que la muy zorra me ha puesto los cuernos, me ha dejado y me ha quitado a mi hijo.
Entonces ese monstruo se despertó —confiesa el cabrón como si fuera algo normal.
—¿Pero cuántas mujeres has matado, Biel? —pregunto.
—Aquellas dos, las cuatro víctimas —tres que habéis encontrado y otra que no— y a mi mujer. Y tú serás la siguiente como sospeche que queréis joderme, Aduriz.
El miedo me recorre cada poro del cuerpo; estoy temblando por el frío de la morgue y por estar desnuda tendida en el suelo. Creo que no saldré de esta.
—Ahora de pie y no hagas tonterías. Contra la pared —me ordena mientras se acerca a su hijo.
—¿Por qué les cortas las tetas, Prats? —le pregunto mientras me levanto como puedo.
—Sin tetas no sois nadie. Os pensáis que con moverlas un poco caemos rendidos y hacemos todo lo que queréis. Y es un poco un homenaje a Oyarzabal, ese gran hombre; él sabía lo putas que podéis ser y por eso os quitaba de en medio —escupe su bilis con la cara totalmente iracunda.
Coge a su hijo en brazos y lo mete en una de las neveras de la morgue, menos mal que están apagadas. Veo que el niño está sedado o algo así; no es normal que no haya despertado. Hasta a su propio hijo le ha hecho eso. Qué puto monstruo.
—Túmbate en la camilla, Aduriz —me ordena.
—¿Qué vas a hacerme? —pregunto acojonada.
—Vamos a probar el invento de Oyarzabal una última vez. Cuando acabe contigo, os digo dónde está María y me esfumo —me confiesa.
Acojonada y esperando que mis compañeros estén escuchando todo y actúen antes de que me mate, me tumbo como puedo en la camilla. Jamás en mi vida me he sentido tan vulnerable y asustada. El frío de la mesa de autopsias hace que tiemble aún más. Prats comienza a atarme con las sujeciones. ¡Mierda!
—Ahora tú y yo nos vamos a divertir. Pero antes voy a asegurarme de que no has traído al calvo a la fiesta y que no se te ha ocurrido mentirme. Si no, será peor para ti, créeme —me amenaza y se va.
Trato de soltarme, pero es imposible; el jodido Oyarzabal tenía esto preparado para que sus presas no pudieran escapar. ¡Por favor, Ramos, ven! Sálvame.