La firma del cuerpo (La firma del… 2) Capítulo XXI — ¿Se ha esfumado?
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Capítulo XXI — ¿Se ha esfumado?

Por el camino hemos llamado a las familias para informar de que estaremos fuera.

Naiara dice que no me preocupe, que ella y Arantxa están bien y que si ven a Prats me avisan.

Ramos ha localizado a la hija pequeña; dice que estaba en casa y Silvia durmiendo, pero que María había quedado por una app de ligues y no cogía el móvil.

Ramos le ha dicho que la localice como sea y la informe de lo que pasa para que vuelva a ayudarla a cuidar de Silvia porque nosotros no sabemos cuánto nos llevará la persecución, pese a que esta está recuperada casi del todo.

Ramos, siempre tan protector y paternal. Me encanta.

—Menos mal que está cerca Maello. ¿Crees que habrá sido tan idiota de ir allí? —pregunta Ramos.

—Ni idea, ha demostrado ser listo e ir varios pasos por delante todo el rato.

Pero quién sabe; un hombre desesperado, con el niño asustado, puede que busque un lugar seguro de transición para que se relaje.

Solo espero que no haya presenciado cómo le ponía las manos encima a su madre.

Bastante trauma va a arrastrar ya el pobre —le respondo.

Llegamos a la segunda residencia de Prats.

El pueblo es el típico de la España rural, más humilde.

Unas pocas casas de aspecto antiguo, la mayoría con fachadas blancas y tejados de tejas naranjas; a estas horas hay poco movimiento por las calles, así que destacamos.

Aparcamos el coche con tranquilidad, como si fuéramos un vecino más, y bajamos del vehículo.

Nos acercamos con cuidado a la casa con las armas desenfundadas, por si acaso.

Miramos a través de las ventanas y no parece que haya movimiento, ni rastro de luces.

En ese momento chirría una puerta y una mujer aparece curiosa:

—¿Qué hacéis? Fuera o llamo a la policía.

—Señora, somos policías —le digo sacando la placa.

—Perdonad, guapos. Pensaba que erais ladrones. ¿Qué hacéis aquí? —pregunta aún más curiosa.

—Buscamos al dueño de la casa. ¿Lo ha visto? —pregunta Ramos.

—¿A Biel y Marina? No, solo vienen en verano con el niño —nos informa.

—¿Seguro que no ha notado movimiento raro ni nada? —pregunta Ramos.

—No, como les digo, desde verano no les veo. Algún finde vienen, pero la última vez yo estaba en Madrid en el médico y no pude verlos —suelta la mujer, contándonos su vida.

—Gracias, señora, métase dentro. Ya nos vamos —le dice Ramos con una sonrisa en la cara.

—¿Pero pasa algo, agente? —ella insiste.

—No, es un compañero y le buscamos porque no sabemos nada de él —le explico.

—¿Le habéis llamado? —pregunta la mujer.

Esta señora va a ser un dolor de muelas, no nos la quitamos de encima ni con agua caliente. Maruja de pueblo de mierda.

—Lo tiene apagado, señora; obviamente antes de venir aquí le hemos llamado —respondo con un tono inapropiado.

—Como dice mi compañera, no damos con él de ninguna manera. Perdónenos, estamos tensos —me cubre Ramos mientras me mira con cara de «Aduriz, no te pases».

—¿Habéis probado a llamarle al otro teléfono? —suelta la señora.

—¿Qué teléfono? —pregunto sorprendida.

—Tiene un segundo número. Cuando viene aquí deja el teléfono de lado y tiene un segundo teléfono solo para la familia. Tengo el número guardado —revela la señora.

—¿Podría llamarle y ver si responde? —pregunta Ramos.

—¿Y qué le digo si lo coge? —repregunta la señora.

—Usted hágalo y, si descuelga, me lo pasa —contesta Ramos con firmeza, acercándose a la señora.

La mujer entra en casa; en pocos segundos sale con el teléfono y unas gafas en la mano.

—Perdonad, hijos, la edad. Ya mismo le llamo —dice ella mientras se pone las gafas y desbloquea el teléfono.

En el silencio de la noche oímos cómo comienza a dar tono: uno, dos, tres y, al cuarto, se descuelga.

—Hola, Bielito, soy la señora Ana de Maello —le dice ella.

—Hola, sí, he visto su nombre, lo tengo guardado. ¿Ocurre algo? —pregunta una voz masculina que parece la de Prats.

Ramos coge el teléfono de la señora y activa el altavoz.

—Biel, soy Ramos. Ya vale, deja de hacer el imbécil —suelta con voz autoritaria.

—Eh… ¿Ramos? ¿Qué coño haces ahí? —pregunta como si no pasara nada.

—No me toques los huevos, Prats, sabemos lo que has hecho. ¿Dónde estás? ¿El chico está bien? Entrégate, no empeores las cosas —le suelta Ramos, nervioso

Se hace un silencio extraño, solo roto por el coche que se acerca con Carvajal y Guimarães, que al fin llegan.

—¡Prats! Joder, responde —insiste Ramos.

—Mi hijo está bien, y no es cosa tuya. Dejadme en paz y nos esfumaremos, no me volveréis a ver el pelo —dice al fin Prats.

—Biel, tío. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué haces esto? —le pregunto mientras Ramos indica en voz baja a Carvajal que llame a Beka para rastrear el segundo teléfono de Prats, enseñándole el número en la pantalla.

—No lo entiendes, Laia. Esa hija de puta me ha hundido la vida… Yo… No puedo —balbucea empezando a llorar.

—Pero, compañero, tranquilo. Siempre me has tenido aquí para apoyarte, joder; no tenías que hacer esas cosas. En serio, entrégate, dime dónde estás y lo hablamos. Buscaremos la solución. De verdad —trato de convencerle.

El silencio es pesado. Cada segundo es una punzada en mi herida.

—¡Responde, hijo de puta! —Ramos espeta.

—Laia, coge el teléfono y quita el altavoz… Solo hablaré contigo —ordena Prats.

Lo hago, me alejo un par de pasos por inercia y le digo:

—Tú dirás.

—Quiero verte cara a cara, entonces te explico el porqué, pero luego me tienes que dejar irme. Tengo que cuidar de mi hijo, no puedo acabar en la cárcel ahora que su madre está muerta —suelta Prats entre lágrimas.

—¿Por qué está muerta Marina, Prats? —pregunto.

—Joder, se me ha ido de las manos, ¿vale? Estábamos follando, pensaba que podríamos reconciliarnos y de repente me ha dicho que era la última vez que lo hacíamos y que se iba a llevar al niño lejos de mí… Me he enfadado y me he convertido en otra persona… No sé explicarlo —me confiesa.

—Vale, tranquilo, todos cometemos errores. Tú dime dónde estás y déjame oír que el niño está bien, y yo voy y hablamos tranquilos —le respondo.

—¿Cómo que si está bien? ¿Crees que soy un monstruo que haría daño a su hijo? —me pregunta, gritando desquiciado.

—No quería decir eso, sabes cómo va esto, Prats. Para poder asegurarte lo que quieres, tienes que darme algo —le digo con la voz más calmada que puedo.

—¿Sí? ¿Hola? —suena una voz infantil.

—Hola, chico, ¿estás bien? —pregunto calmada.

—Sí, estoy con mi papá —responde él.

Y, acto seguido, Prats suena agresivo y contundente:

—Nos vemos en la funeraria de Oyarzabal. Ven sola o lo lamentarás —me dice.

—Tranquilo, iré yo sola; además, estoy herida, no soy un problema —trato de calmarle.

—No tardes —me dice y cuelga.

Nos ponemos en marcha a toda hostia. Hay que volver a Madrid lo antes posible y pensar un plan de acción por el camino.

De camino, suena el manos libres de Ramos. Es Beka:

—Confirmada señal GPS. Se estaba moviendo, cerca de la funeraria como ha dicho, pero ha debido de tirar el teléfono.

—Gracias, Beka —responde Ramos—. Ya estamos de camino.

Estoy de los nervios. Acojonada y decepcionada por no haberme dado cuenta antes de que iba con un monstruo a mi lado, capaz de hacer eso a mujeres inocentes. Puto Prats, joder, lo voy a reventar a hostias aunque se me abran los puntos de nuevo.

—Aduriz, calma —me dice Ramos mirándome.

—¿Por qué lo dices? —pregunto.

—Te veo la cara. Sé cómo te cambia cuando te cabreas y sale tu mala hostia familiar. Todo va a salir bien, no pienso dejarte entrar sola con ese zumbado, y menos en tu estado —responde Ramos y me pone una mano en la pierna.

Cómo me alegro de volver a tenerlo conmigo. Pero no sé cómo lo vamos a hacer para que no sospeche que no voy sola. Tenemos cincuenta minutos de camino para pensarlo.