Capítulo XX — Siguiendo a un compañero
La mera posibilidad de que Prats sea el asesino ha caído como un mazazo en la unidad.
Alma nos eligió personalmente al inicio de esta, y pensar que ha podido introducir a alguien capaz de hacer algo así la tiene entre triste y cabreada.
Rápidamente nos ha mandado a Ramos y a mí a buscarle a su piso; después debemos ir al piso de la mujer, al que irán primero Naybet con un equipo y la Científica.
A Guimarães y Carvajal a buscar pistas sabiendo que buscamos algo sobre él en las escenas del crimen y alrededores, hablar de nuevo con vecinos y revisar cámaras de la zona.
Garrido y Morales harán lo mismo pero por las morgues y funerarias.
Ramos conduce serio y cabreado; agarra el volante con fuerza, tanto que de vez en cuando le veo estirar los dedos para liberar la tensión.
Yo, sentada de copiloto, sigo dándole vueltas a la cabeza.
He estado con él trabajando, hemos estado en sus supuestas escenas del crimen y se le veía afectado, joder.
O era muy buen actor o realmente le revolvía su obra. Espero estar equivocada.
—No me lo puedo creer, Laia —rompe el silencio Ramos—. Prats un asesino. Ha estado en mi casa, cerca de mis hijas. No me lo habría imaginado jamás.
—Yo tampoco. Si ha sido mi compañero y parecía afectado en cada escena… Le he consolado con lo del divorcio. Espero equivocarme —respondo.
—Creo que no te equivocas, compañera… Lamentablemente no lo haces —susurra Ramos.
Llegamos al barrio de Sanchinarro, una zona de edificios nuevos, elegantes.
Una mole de fachada gris colocada en una avenida ancha repleta de árboles.
Esa mole es el bloque de pisos donde vive Prats desde el divorcio.
Al salir al rellano del quinto piso, el pasillo está desierto.
Nos plantamos frente a la puerta del 5º B.
Ramos saca su placa por costumbre y aporrea la madera con el puño.
—¡Policía! ¡Prats, abre la puerta! ¡Soy Ramos! No hagas esto más difícil —brama como un animal herido.
Nada. Solo el zumbido del motor del ascensor al fondo tras la llamada de alguien.
Ramos vuelve a golpear, esta vez con más saña.
Pega la oreja a la puerta, pero al otro lado solo hay un silencio sepulcral.
En ese momento, la puerta del piso contiguo se entorna un par de centímetros, sujeta por la cadena de seguridad.
Una mujer mayor, con bata de guatiné y rulos, con cara de pocos amigos, nos observa con desconfianza.
—Buenas tardes, señora. ¿Ha visto a su vecino? —le pregunto.
—¿Buscan a Bielito? —pregunta con voz temblorosa.
—Sí, somos los inspectores Ramos y Aduriz, Policía Nacional —le digo, mostrando la placa sin estirar demasiado el brazo por el dolor—. ¿Ha visto a su vecino hoy? ¿O a su hijo últimamente?
—Qué va, hija —la mujer niega con la cabeza, relajando un poco la tensión—.
Hace un par de días que no se escucha nada ahí dentro.
Lo último que vi fue el lunes por la noche.
Salió a toda prisa con el crío de la mano y una maleta enorme de esas de viaje.
El niño iba llorando, pobrecito. Pensé que tocaba el régimen de visitas con la madre, porque con ese divorcio tan feo que tienen...
Pobre Bielito, lo está pasando fatal, con lo majo y servicial que es.
Siempre me ayuda con todos los problemas de casa que tenga.
—Gracias, señora. Métase en casa —le ordena Ramos.
Saco el teléfono y llamo a la jefa. Le informo de que no está y parece que ha huido, y que necesitamos una orden para entrar en su piso. Alma dice que tratará de conseguir una urgente y que en breve nos llama.
Quince minutos después, Alma nos informa.
El secretario judicial autoriza la entrada por riesgo inminente de fuga y destrucción de pruebas.
Ramos no necesita que se lo digan dos veces.
Apoya el pie izquierdo contra la pared trasera, carga el cuerpo y le mete una patada seca a la altura de la cerradura.
La puerta cede con un crujido violento de madera astillada y rebota contra la pared del recibidor.
Entramos con las armas en la mano, barriendo el pasillo con movimientos cortos, cuidando de no girar el torso bruscamente.
—¡Policía! Prats, si estás dentro no hagas tonterías, entrégate —ruge Ramos avanzando.
El piso está patas arriba. Es el escenario típico de una huida a la desesperada.
En el salón hay cajones sacados de los muebles, ropa tirada por el suelo, papeles esparcidos sobre la alfombra y la caja de la consola del crío vacía en una esquina.
Tiene pinta de que ha hecho las maletas en diez minutos y se ha esfumado sin mirar atrás.
Ramos chequea las habitaciones y el baño del elegante piso, que parece arrasado por un tornado. Me acerco a la mesa de comedor de cristal. En el centro, perfectamente colocado junto a un vaso de agua medio vacío, está el teléfono apagado.
—Hugo, mira esto —le digo, guardando la pistola con cuidado y señalando la mesa—. Es su móvil. Está apagado. Nos ha dejado el terminal aquí a propósito para que Beka no pueda rastrear su geolocalización por GPS ni activar el micrófono en remoto. Sabe perfectamente cómo trabajamos, el cabrón.
Ramos suelta un gruñido en voz alta, golpea el marco de la puerta del salón con rabia y me dice:
—Se ha largado el muy cabrón. Ojalá no sea tarde para su hijo; el pobre chaval estará acojonado.
—Vamos a casa de la exmujer —le digo, dándome la vuelta con rigidez, conteniendo el dolor del costado—. Si la ha matado, el niño es lo único que le queda, y seguramente trate de huir del país.
Salimos a toda prisa del piso alborotado, dejando la puerta destrozada a nuestras espaldas. Mientras bajamos las escaleras hacia el coche, yo aguanto el dolor como puedo. Una vez en el vehículo, Ramos marca el número de la jefa para mantener informada a la central del desastre.
—Alma, ya estamos dentro del coche —informa Ramos con voz ronca mientras arranca el motor y hace chirriar las ruedas sobre el asfalto—.
El piso de Prats está limpio. Ha huido. Se ha llevado ropa, ha dejado el móvil encima de la mesa y la casa está patas arriba.
Vamos de camino a la escena del crimen, a la casa de la mujer.
Avisa a los patrulleros de la zona y que vigilen aeropuertos, estaciones de tren y autobuses.
Y habría que activar el protocolo jaula en Madrid.
Llegamos al piso de la mujer. Un barrio más modesto que al que se ha mudado Prats tras el divorcio. Un hervidero de calles estrechas, coches en doble fila, fachadas desconchadas y locales con los cierres echados a estas horas. Ya es de noche.
La policía local y dos patrullas de la nacional ya han acordonado la manzana, interrumpiendo el tráfico y tiñendo las paredes de hormigón con el destello azul de las luces giratorias.
Los vecinos se agolpan tras la cinta de plástico, estirando el cuello entre el frío de la noche madrileña.
¿Por qué siempre pasa lo mismo? El ser humano es increíblemente parecido. El morbo nos mueve.
El edificio es un bloque de pisos antiguo, de esos de los años setenta.
Un segundo piso sin ascensor. Subir los peldaños me cuesta la misma vida; cada escalón es un tirón directo en los puntos y una punzada al bazo que me obliga a apretar los dientes y aguantar el dolor.
Ramos me pone una mano en la espalda para darme apoyo, firme y silencioso.
Al cruzar el umbral del piso, el contraste es brutal.
El interior es completamente moderno, reformado con paredes blancas llanas, suelo de tarima flotante y todo milimétricamente ordenado.
En el pasillo, un gran marco de fotos colgado de la pared nos recibe con una estampa familiar dolorosa: Prats, su exmujer y el niño, sonrientes en una playa de vacaciones.
El reflejo de lo que un día fue una vida normal.
Avanzamos hacia el dormitorio principal y el olor a hierro dulce nos golpea la cara.
La Científica ya está desplegada, iluminando la estancia con potentes focos y recabando pruebas biológicas.
La escena es una puta carnicería, visceral y caótica, a años luz de la pulcritud con la que actuó las primeras veces.
Aquí hay rabia. Hay odio personal. Naybet sale de la habitación negando con la cabeza y mirándome con cara de no me lo puedo creer.
Maite se levanta del suelo cubierta con su mono de protección blanco. Se quita las gafas de protección y nos mira con el rostro desencajado.
—Es él, chicos. No tengo dudas —dice Maite, señalando el cuerpo sobre el colchón empapado—.
Le ha practicado la mastectomía bilateral limpia, el mismo corte quirúrgico que a las otras víctimas.
Pero esto no ha sido un ritual aséptico.
Ha tenido relaciones sexuales con ella antes o tras el deceso, y el torso presenta cortes defensivos y lesiones perimortem compatibles con una tortura prolongada.
El nivel de hematomas por trauma contuso y el desgarro de tejidos es puramente gore. Se ha ensañado.
—Hijo de puta… ¿Alguna huella o prueba definitiva? —pregunta Ramos, escaneando el suelo.
—Todavía no. El tío sabe lo que hace —responde la forense, señalando unas marcas geométricas marcadas en la alfombra de sangre—.
Ha usado patucos de polietileno de alta densidad para no dejar relieves de suela, pero el patrón cinemático de la pisada y la distancia de hundimiento en la sangre revelan la morfometría del pie.
Es un varón de complexión pesada con una talla de calzado grande, un cuarenta y cuatro o un cuarenta y seis.
Coincide al milímetro con la fisionomía de Biel.
Dejamos a la Científica analizando las salpicaduras arteriales en la pared y salimos al descansillo.
Varios agentes de la judicial ya han peinado el edificio interrogando a los vecinos de la escalera, pero la mayoría se encoge de hombros; en estos bloques antiguos los muros son gruesos y nadie ha oído ni visto nada extraño durante las últimas horas.
Sin embargo, al bajar al portal, nos topamos con un chaval joven, de unos veintisiete años, que fuma apoyado en la barandilla con cara de susto. Nos acercamos a él.
—¿Vives aquí? ¿Has visto algo raro estos días? —le pregunto, enseñándole mi placa.
—Sí, agente, en el primero —dice el chico, tragando saliva—.
Hace seis horas me crucé con un tipo en el portal.
Estaba aquí abajo, gritando como un loco por el móvil, insultando a alguien.
Tenía una cara de mala hostia que daba miedo.
Rubio, fuerte, de unos cuarenta y pocos.
Me quedé mirándole porque daba voces y el tío se me encaró.
Me puso una placa de la Policía Nacional en la cara y me soltó: «No te metas donde no te llaman, chaval, soy policía».
Miro a Ramos. Ya no hay espacio para el beneficio de la duda.
Es Biel Prats. Volvemos a subir al piso a toda prisa, ignorando el pinchazo de mi costado.
Necesitamos un rastro, una dirección, lo que sea.
Empezamos a revisar los cajones del mueble del recibidor, los papeles de la cocina, las facturas archivadas en el salón.
Entre un montón de cartas de la comunidad de propietarios, encuentro un recibo del Impuesto de Bienes Inmuebles a nombre de la exmujer y de Prats. Una segunda casa.
—Hugo, mira esto —le digo, pasándole el papel—. Tienen una segunda residencia. Una casa de campo en un pueblo de Ávila, Maello. Lejos del radar de Madrid y perfecta para esconderse con el crío.
Ramos arruga el papel con rabia y saca el móvil:
—Alma, tenemos una localización. Prats tiene una casa en Ávila.
Nos ponemos en marcha hacia allí ahora mismo —informa Ramos con voz firme—.
Llama a Carvajal y a Guimarães, que salgan ya hacia la autovía A-6 y nos coordinamos por el camino.
No podemos esperar a los patrulleros locales o se nos escapará con el niño.
Cruzamos el cordón policial decididos a llegar al final del asunto. Me muero de dolor, pero no puedo fallar a Ramos ni a la unidad; aguantaré aunque después me tire una semana en cama. El hijo de Prats no tiene culpa de nada de esto y está en peligro.