Capítulo XIX — Recuperación
Prats ha pasado también por aquí. Él no participó en la redada desaconsejado por Alma, que le dijo que en su estado era mejor que no lo hiciera. Cosa que me contó que le jodió mucho porque cree que ya ha superado la rabia inicial de su divorcio.
Durante este tiempo toser, estornudar o tratar de incorporarme ha sido un infierno.
Como si se reabriera la herida de nuevo.
Arantxa y Naiara han estado súper pendientes de mí.
Vega me ha visitado mucho y parece que la cosa avanza; está deseando que esté bien para volver a nuestros encuentros.
Yo también lo deseo con impaciencia, la verdad.
A la tercera semana, el encierro me volvió loca. El silencio de mi casa es ensordecedor y la televisión solo escupe ruido; se me han quitado las ganas hasta de jugar a la play .
Un par de días he llamado a Katoh para que me trajera porros. Se ha portado conmigo, ha venido, me ha cuidado, hasta me hizo la cena un día. Debe ser el camello más majo que existe.
El matasanos me dijo que en un mes estaría lista para andar sin hacer esfuerzos.
Por lo que me visto con calma, he cogido mi placa y mi pistola y me he presentado en comisaría.
Bajo del coche a duras penas, la herida aún molesta, pero al menos ya no parece como si unas manos incandescentes me desgarraran por dentro.
Avanzo por la comisaría como si fuera una más. Noto algunas miradas pasando el arco de seguridad. Pero estoy centrada en ir paso a paso sin caerme redonda.
—Qué bueno verla de una pieza, agente —me dice una chica policía que no sé quién es, o no recuerdo haber hablado con ella.
—Gracias —suelto escuetamente.
Cuando avanzo por el largo pasillo que lleva a nuestra zona, tengo que parar a recobrar el aliento unos segundos.
Entonces tiro de coraje y, tras tragarme el dolor, accedo como si no me dolieran hasta las uñas de los pies.
Rápidamente las miradas se clavan en mí.
Las caras de sorpresa se suceden a mi paso y me topo de frente con Naybet.
—¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar descansando, loca? —me suelta.
—Estoy hasta el coño de estar tirada como una moribunda. Soy más útil aquí —le respondo.
—Joder, qué ovarios tienes, Aduriz. Pero tómatelo con calma. No podemos perder a la heroína de la unidad —me dice y me da un abrazo.
—Ay… Joder —mascullo.
—Perdona. ¿Te he hecho daño? —dice con cara descompuesta.
—No, tranqui, solo es una leve molestia. Gracias, Karim —le digo forzando una sonrisa entre el dolor punzante.
Sigo avanzando y entro en la zona informática de Beka, que según me ve sale disparada a mi encuentro.
—Laia, ¿qué coño haces de pie? No deberías estar aquí, estás colgada, tía. Déjame ayudarte, anda —me dice apurada, cogiéndome del brazo y la cintura para ayudarme a caminar.
—Gracias, Beka. No podía más encerrada —respondo.
Me siento con ella junto a su ordenador y por fin puedo descansar. El camino se me ha hecho como subir el Everest. Vaya puta mierda.
—Bien, ponme al día, porfa —le pido.
—Joder, Aduriz… Eres una cabezona, ¿eh? —me reprende.
—Soy medio vasca. Para ovarios, los míos. Venga, anda, cuenta y olvídate de mi estado, que ya sentada no hay problema —espeto.
—Pues creo que ya sabes que nos robaron las pruebas.
Pues mientras estabais en la redada hubo un apagón.
Provocado. Los generadores de emergencia saltaron rápido, pero justo en esos segundos de desfase el asesino, suponemos, se infiltró y robó las pruebas y la droga.
No hay ni rastro. No se ve nada anómalo.
Me estoy dejando los ojos revisando las grabaciones y nada —me explica Beka.
—Joder, pero entonces… —comienzo a rumiar.
—Sí, como pensamos Maite y yo. Es alguien de dentro. Alma está de los nervios. Solo confía en los que estuvisteis en la redada. Ha sospechado hasta de mí. Menos mal que tengo testigos que me vieron aquí sin moverme y se ha relajado conmigo —me explica.
—¿Quién será? ¿Quién es capaz de hacer eso a una mujer, a varias? No me imagino a un compañero haciendo algo así —mascullo.
Tras un buen rato con Beka repasando imágenes y mapas de acción del asesino, aparece Alma.
Su cara de sorpresa al verme es evidente y más diciéndome:
—Aduriz, ¿qué haces aquí?
—Sorpresa, jefa. Estaba harta de estar en casa tirada. Aquí puedo investigar aunque sea sentada —le respondo.
—Ven a mi despacho, anda —suelta y se da la vuelta.
Mierda, me va a caer bronca. Me levanto como puedo ayudada de Beka, que me da una palmada en el culo. ¿Beka? Mmm, porque eres hetero. Le está cogiendo afición a hacérmelo.
Ya dentro del despacho de Alma me siento con dificultad y ella da vueltas por la estancia sin decir nada. Cierra las cortinas de láminas o como se llame eso y se sienta en su silla.
—Aduriz, creemos que el asesino es un poli.
Es lo único que tiene sentido. Tanto para cometer los crímenes sin dejar pruebas, ya que sabe los protocolos de la forense, como para elegir la morgue de Oyarzabal; allí sabía que nadie le interrumpiría.
Y somos los únicos con acceso al edificio y a esta ala para poder robar las pruebas.
Me estoy volviendo loca pensando quién puede ser.
¿Alguna idea? —me suelta como una metralleta.
—Ni idea, jefa. La unidad ha crecido mucho y somos más de doscientas personas, ¿no? —respondo.
—Casi trescientas. Joder, tiene que haber algo que se nos escape. Algo que esté ahí y no veamos cegados por la placa, coño —suelta desesperada, golpeando levemente la mesa con sus manos.
—A ver, tranquila, daremos con él o ella. Ayudaré a volver a repasar todo el caso desde el principio. ¿Dónde están Ramos y Carvajal? —pregunto.
—En la sala de reuniones, de allí venía yo, joder… Se me ha ido de la cabeza. Venía a por unos papeles y tengo que volver. Vente conmigo —me suelta, claramente superada y agobiada.
Llegamos a la sala de reuniones y veo que Ramos y Carvajal no están solos.
Ainhoa está allí, también Tony el infiltrado y un par de mujeres de uniforme de la Guardia Civil que parecen altos cargos.
Entramos en la sala y Ramos por poco pierde los ojos al abrírsele tanto cuando repara en mi presencia.
—¿Qué coño haces fuera de casa, Laia? Joder, tienes que recuperarte bien —me suelta Ramos con ese tono paternal suyo.
— Iso mesmo, ¡vai carallo! parva . No andes jodiendo; después del disparo deberías descansar bien, no vaya a ser que se te complique todo y la espiches, compañera —me suelta Carvajal con ese acento, que incluso echaba de menos.
—Tranquilos, joder, estoy bien. No puedo salir a la calle, pero puedo trabajar sentada —les susurro.
—Bueno, ya estamos todos de nuevo. Gracias por venir, agente Aduriz. Y sobre todo gracias por salvar la vida de mi hermano y por su excelente trabajo en la redada —dice Ainhoa en voz alta.
Ainhoa explica los pormenores de la operación: consiguieron detener a todos los moteros excepto a cuatro fallecidos. Resultamos heridos cinco agentes, la de más gravedad yo, pero confiscaron cuatro toneladas de droga y casi doscientas armas que iban a terminar en nuestras calles. Todo un éxito.
—Buen trabajo, agentes. Gracias por su colaboración.
Espero que podamos colaborar en el futuro en operaciones de esta magnitud.
Les propondré para una condecoración y una mención especial a la jefa de equipo Moreno por el trabajo desarrollado con esta unidad experimental, que se ha consolidado como una de las mejores de este país —suelta una de las mujeres de uniforme, que sigo sin saber quiénes son.
Se marchan y el motero se acerca a mí.
—¿Aduriz, verdad? —dice extendiendo su mano.
—Sí, ¿Tony o Antonio? —le digo estrechándole la mano.
—Tony está bien, guapa. Perdón… por lo de guapa. Llevo mucho infiltrado entre esos bárbaros. Muchas gracias por tu colaboración y por jugarte el tipo así por el hermano de mi compañera —me suelta el gigantón.
—Ramos es familia y lo haría una y mil veces —le digo.
—Entonces tú y yo también somos familia. Ainhoa y yo somos pareja desde hace poco, guárdame el secreto —me dice guiñándome un ojo.
El tipo desprende un magnetismo increíble. Es puro sexo andante. Si fuera hetero me derretiría, pero no es el caso. Aunque mira la mosquita muerta de Ainhoa. Bien por ti, amiga.
A última hora de la tarde, mientras revisamos el caso, Beka da la voz de alarma. Nos llama con urgencia a su mesa. En la pantalla del ordenador, un influencer que se grababa colándose en una funeraria ha captado algo que no debería.
—Mirad, aquí —señala Beka en su pantalla.
—¿Qué es esto? —pregunta Carvajal, entornando los ojos.
—Es el asesino, ¿no? —suelta Guimarães.
—Exacto. Al oír al chico, salió corriendo. Es la funeraria de Oyarzabal. Eso explicaría por qué olvidó el pelo del desagüe —explica Beka.
—Pero no se le ve bien, solo es un borrón —dice Ramos.
—Sí, pero he filtrado la imagen y la he limpiado. Y consigo ver que claramente es rubio; ya no hay ningún tipo de duda: buscamos un varón rubio de entre cuarenta y cuarenta y cinco años, con complexión fuerte —responde Beka.
¿Quién coño será? Necesitamos pillarle ya, antes de que mate otra vez. En ese momento aparece Alma y nos informa:
—Chicos, otra víctima. La mujer de Prats ha aparecido muerta. ¿Dónde está él? Hoy se tenía que reincorporar después de unos días de asuntos propios —pregunta.
—Ni idea. No lo he visto desde la hora de la comida del lunes —contesta Guimarães.
—Pobre hombre. Con lo que ha pasado, y ahora esto —suelta Ramos.
—Eh, espera… —digo cuando caigo en el vídeo—. Beka, el vídeo, dale para atrás.
—¿Qué buscas, Aduriz? —me pregunta mientras lo retrocede.
Observo el frame exacto donde más se ve al hombre. Y, joder, puede ser perfectamente Prats. ¿Pero él sería capaz? No, no puede ser… Aunque a su mujer la odia a muerte por lo del divorcio.
—¡Aduriz! ¿Qué coño ves? ¡Di! —suelta Alma, nerviosa.
—El perfil coincide con Prats: él tiene acceso a esta zona, no vino al asalto y su mujer ahora aparece muerta, a la que odia a muerte desde el divorcio. Son demasiadas coincidencias, ¿no? Además anda diferente en el video —les explico.
—No puede ser… Tiene que ser casualidad —suelta Guimarães—. Es muy majo y atento… No ha mostrado actitudes misóginas.
—Todo encaja, la verdad… y lo del caminar puede fingirlo. ¡Encontradle ya! —ordena la jefa.
Joder, Prats… No me digas que eres tú. Parece que desconectar en casa me ha dado perspectiva y puede que haya descubierto a nuestro asesino.