La firma del cuerpo (La firma del… 2) Capítulo XVIII — La redada
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Capítulo XVIII — La redada

—Cuarenta minutos para el despliegue —anuncia Ainhoa Ramos llevándose la mano al pinganillo—. Repasemos el asalto una vez más. No quiero errores de bulto ni fuegos cruzados. Esto es una operación conjunta y el protocolo de coordinación es estricto.

Alma da un paso al frente, cruzándose de brazos. Su presencia impone tanto como la de la capitana de la Guardia Civil. Su tono es de los que no admiten réplica.

—Escuchadme bien —sentencia Alma, barriendo la sala con la mirada—.

Los “ Iron Dogz ” no son delincuentes comunes de barrio.

Van armados con material militar. Los muelles de Mercamadrid están operativos; hay civiles trabajando en los muelles colindantes.

Queda terminantemente prohibido abrir fuego a menos que sea en respuesta a una agresión directa.

Prioridad absoluta: asegurar al infiltrado, Antonio Cazorla, y confiscar el cargamento.

Ainhoa toma la palabra de nuevo para desglosar el plano táctico.

—El asalto se divide en tres vectores de infiltración simultáneos de vuestra unidad, por la zona trasera del muelle catorce.

Binomio uno: la inspectora Aduriz y el inspector jefe Ramos entran por la rampa de despiece de congelados.

Binomio dos: Carvajal y Guimarães limpian el pasillo de preselección de la báscula este.

Binomio tres: Garrido y Morales aseguran la línea de oficinas superiores para dar cobertura desde arriba.

Los GEO y el GAR de la Guardia Civil forman el perímetro exterior de contención.

Nadie entra y nadie sale de Mercamadrid sin mi autorización. ¿Entendido?

Un coro de asentimientos firmes cierra la reunión previa al asalto.

El olor a pescado y gasoil me golpea las fosas nasales con la fuerza de un puñetazo directo nada más cruzar el acceso trasero.

Son las dos y cincuenta de la madrugada.

Mercamadrid es una puta locura logística de dimensiones bíblicas.

Luces amarillentas tiñen el asfalto de un tono enfermizo, dibujando sombras alargadas que se confunden con las toneladas de palés y furgonetas isotérmicas.

Mi ansiedad se desboca golpeándome el pecho como si una manada de caballos salvajes lo pisoteara sin compasión.

Escaneo el entorno por puro instinto de supervivencia: el trasiego de trabajadores es increíble para estas horas.

Hay apenas dos pasillos despejados que sirvan como vía de evacuación y el zumbido constante de los compresores de frío de los camiones anula cualquier sonido ambiente.

Es el escenario perfecto para una carnicería en cuanto algo salga mal.

Avanzamos pegados a la pared de hormigón.

El aire gélido de la noche hace que me duela la cicatriz, y arroja un recordatorio de que estoy viva.

Cosa que puede cambiar en segundos si no presto total atención.

Y estoy preocupada por Ramos después de la baja.

—Binomio uno en posición —susurra Ramos por el pinganillo.

Camina a mi lado con la determinación, de quien anhela acción después de estar en barbecho, esculpida en la mirada.

Su presencia es un alivio, pero a la vez una preocupación por todo lo que ha sufrido su familia, y aquí estamos a punto de enfrentar a gente peligrosa con los hermanos Ramos en el operativo.

Divisamos al primer centinela de los “ Iron Dogz ” en la esquina de la rampa de congelados.

Lleva el chaleco de cuero del club y una mano metida bajo la cazadora.

Ramos no vacila. Avanza como una sombra, le agarra el cuello por detrás bloqueándole la entrada de aire por la tráquea y lo estampa contra el suelo en un movimiento limpio, silencioso.

Yo le pongo la rodilla en el riñón, le inmovilizo la muñeca y le calzo las bridas de plástico antes de que pueda pestañear.

Después una mordaza y lo oculto entre la sombras. Uno menos.

Nos dividimos según lo previsto. Llegan informes de Carvajal y a Guimarães, avanzan agachados hacia la zona de la báscula, neutralizando a otro guardia con un golpe seco de culata en la nuca.

Garrido y Morales ya suben las escaleras metálicas hacia los despachos superiores.

Todo parece ir sobre ruedas. Una precisión de cirujano.

Llegamos al muelle catorce. El tráiler blanco con matrícula de Portugal está arrancado, escupiendo un vaho helado por las puertas abiertas.

En el centro de la escena destaca Tony, el infiltrado, manteniendo el tipo con su mohicano y sus tatuajes frente al líder de la banda.

Pero la tensión en el aire se puede cortar con un cuchillo.

Los moteros están de uñas, escrutando cada rincón.

—Gente, todos preparados. Tres, dos, uno. ¡Ya! —coordina la hermana de Hugo.

Salimos escopeteados, Tony nos ha visto antes que el resto sabedor de nuestro acceso y se ha tensado.

—¡Policía! ¡Al suelo! —rujo, mandando la discreción a tomar por culo mientras salgo de la cobertura de los palés.

El silbato del GEO rasga la madrugada y el pabellón de pescado estalla en el puto infierno.

El jefe de la banda hace un amago de sacar la pistola y dispararme, pero Tony, con un movimiento rápido, le desarma y lo deja inconsciente con un mataleón.

El tiroteo comienza de golpe en varios puntos, breve pero de una intensidad brutal que te retumba en los tímpanos.

El ruido de los impactos contra las estructuras de chapa, los edificios y los contenedores térmicos es ensordecedor.

Dos moteros armados aparecen de repente con subfusiles compactos; sus armas escupen hacia nosotros, conteniendo nuestro avance y haciéndonos buscar una cobertura.

Ramos y yo nos tiramos tras una transpaleta eléctrica.

Saco la pistola y disparo tres veces: dos impactos limpios en el muslo de uno de los tiradores, que cae al suelo aliviando la presión hostigadora de las balas que dirigían hacia nosotros.

Ramos, desde el otro flanco, abate a un tipo enorme que intentaba flanquearnos con una escopeta recortada; el tiro le da en el centro de la frente y el motero queda seco en el acto sobre un charco de agua de escarcha.

—¡Avanza hacia el camión, Laia! —me grita Ramos—. Te cubro. Hay que asegurar el camión.

Corro cubriéndome la cabeza como si eso impidiera que una bala me diera, mientras Ramos descarga su arma contra todo aquel que ose asomarse.

Cuando llego a sitio seguro, las tornas se vuelven y soy yo la que le cubre hasta que está pegado a mi lado.

Ambos sanos y salvos. Por sorpresa, de detrás de la cabina del tráiler surge de la nada un motero que creíamos abatido, arrastrando su pierna herida.

Su rostro está desencajado por el pánico y la adrenalina.

Levanta un revólver de cañón largo y apunta directo a la nuca de Ramos, que está de espaldas vigilando el camión y que no entre ningún conductor.

No tiene tiempo de reaccionar. No me da tiempo a disparar y reacciono por puro instinto.

—¡Hugo, cuidado! —grito.

Me abalanzo con todo el peso de mi cuerpo, empujando a Ramos a un lado.

El estallido del revólver me suena como si estuviera pegado al oído, un trueno seco que rompe la realidad.

Siento un impacto brutal en el costado izquierdo, como si me hubieran clavado un hierro al rojo vivo que me desgarra los tejidos por dentro.

El dolor es tan agudo que me roba el aire de los pulmones al instante.

Caigo de rodillas sobre el hormigón frío.

Me llevo la mano a la cazadora y los dedos se me empapan de un fluido caliente, espeso y oscuro.

Mucha sangre. Demasiada. Noto el frío envolver mi cuerpo como si me hubieran arrojado a una piscina congelada.

Las luces amarillas empiezan a parpadear lentas, difuminándose en una espiral negra. Escucho la voz lejana de Ramos gritando mi nombre, desgarrándose la garganta, mientras resuenan detonaciones de pistola. Pero el sonido se apaga. El suelo me recibe hostil y todo se vuelve negro.

Abro los ojos a duras penas; la luz blanca del techo me clava mil agujas en las pupilas.

Me escuece la garganta, seca como el cartón y con un tubo metido por la boca.

El dolor en el costado izquierdo sigue ahí, pero ahora es un latido sordo, anestesiado por la química que me entra en vena a través de una vía en el brazo.

Trato de incorporarme, pero un gemido de dolor me frena.

—No te muevas, por lo que más quieras, Laia —murmura una voz temblorosa a mi lado.

Giro la cabeza despacio. Sentadas en las sillas de la habitación de hospital están mi sobrina Naiara y mi hermana Arantxa.

Nai tiene los ojos hinchados de haber llorado mares, arrugando un pañuelo de papel entre sus manos.

Arantxa está pálida, con ojeras profundas de no haber pegado ojo, pero me sujeta la mano derecha con una fuerza desesperada, como si temiera que me fuera a escapar si me suelta.

—Casi no lo cuentas… ¡No me jodas, Laia! No puedes dejarnos solas ahora —susurra Arantxa—. El médico dice que la bala rozó el bazo. Que si llega a entrar dos centímetros más a la derecha...

—Estábamos muertas de miedo, tía —interviene Naiara, arrimándose a la cama para besarme la frente—. Hugo no se ha movido de la puerta hasta que te han subido de quirófano. Dice que le salvaste la vida.

Miro el techo blanco de la habitación, procesando las palabras mientras el efecto de los calmantes me hace flotar. Estoy viva. No sé cómo coño ha terminado la operación y casi no lo cuento.

Por la tarde, mientras Nai está dormida hecha un ovillo en la silla y Arantxa se ha ido a por un café, aparece Ramos con Silvia por la puerta. Detrás, sus hijas con cara de susto.

—Aduriz… me cagüen la puta. Me has salvado, pequeña kamikaze. Vaya hostia me metiste para sacarme de la trayectoria. Nunca podré agradecértelo lo suficiente —me dice cogiéndome la mano.

—¿Cómo estás, Laia? Joder, qué susto, no puedes hacernos esto, cariño. Pero gracias por salvar a Huguito —dice Silvia poniéndome la mano en la pierna.

María y Rocío entran tímidas. Silvia les dice que tengan cuidado con los cables y tubos, pero ambas me dan un beso en la mejilla. Nai con las voces se despierta y las amigas se funden en un abrazo que hace que Nai vuelva a llorar a mares.

—Chicas, tomad, id a tomar algo a la cafetería y que Nai coma algo, que seguro que no ha probado bocado desde anoche —les dice Ramos dándoles su cartera.

Las chicas la cogen y salen por la puerta. Naiara, antes de irse, me coge la mano y me da un beso mirándome con cara de no te mueras, por favor.

—Joder, Laia, me acojonaste. Pensaba que te quedabas allí, tía. No puedes hacerme esto… eres como otra hija más, coño. Sabes que te quiero, que Silvia te quiere… No vuelvas a ponerte en peligro así, ¿vale? —me suelta Ramos nervioso.

—Déjala tranquila… que no puede hablar y defenderse. Pero es verdad, te queremos de una pieza y fuerte. Eres parte de la familia —añade Silvia cogiéndome la mano con fuerza.

Es una putada estar intubada, no puedo decir nada… y solo puedo hacer el signo de ok con la mano mientras las lágrimas me caen por las mejillas. Ramos me las limpia con su mano y después termina de contar la operación y que todo ha salido bien.

Han pasado todos los compañeros a lo largo de la tarde a desearme lo mejor. Me han traído flores, bombones, peluches de la tienda del hospital. Y yo sin poder abrir la boca. Pero jamás en mi vida me he sentido más querida.

A última hora aparece Vega por la puerta. Nai la mira y sale a su encuentro; ambas se funden en un abrazo. Arantxa se acerca y Nai las presenta oficialmente.

—Os dejamos solas. Vamos a bajar a cenar algo —anuncia Arantxa y me guiña un ojo.

—Bombón… Qué susto me he llevado cuando me ha dicho mi madre lo que te ha pasado —me suelta acercándose a la cama.

Me aparta el pelo de la frente y me lo coloca detrás de la oreja.

Siento su mano como una caricia que no sabía que necesitaba; echaba de menos su piel suave y mirar a esos ojos preciosos.

Me mira y se muestra cariacontecida mientras escudriña mis tubos, vías.

¡La sonda! Y entonces rompe a llorar de una manera visceral, desolada, con jadeos que le impiden respirar bien.

Se seca con la manga y se inclina hacia mí; comienza a besarme en la cabeza y en la mejilla.

El tacto ligeramente húmedo de sus labios me hace recordar esos momentos de intimidad que tanto echo de menos.

La quiero tanto… Pero mi mentalidad de policía, incapaz de compaginar una vida de pareja con el trabajo, ha hecho que se aleje de mí.

—Joder, chiquitina, ¿qué hago yo si te mueres? No me puedes hacer esto nunca más… ¡Nunca! ¿Vale? —me dice llorando cada vez más.

Le aprieto la mano con las pocas fuerzas que tengo. No sé si esto es un sueño o es verdad, pero ojalá este momento no acabe.

—Te he echado de menos, guapita. El tío con el que estaba…

Es que no eras tú. Me he dado cuenta de que no hay nadie que te pueda sustituir.

Eres lo mejor que ha pasado por mi vida.

Pero claro, tienes fobia al compromiso. ¿Qué hacemos, Laia?

—me sermonea, a la vez que me revela que es bisexual. Primera noticia.

Trato de hablar, pero el tubo me lo impide, claro… Le indico que quiero escribir. Y ella comienza a buscar papel y boli. Sale fuera de la habitación. Unos minutos después vuelve con un papel y un lápiz y me lo da.

Como puedo escribo:

“Yo también te quiero y te he echado de menos. Espera que me quiten estas mierdas y verás lo que te hago para compensarte. =P”

Ella lo coge, lo lee y sonríe. Se acerca y me besa la cabeza una vez más; lentamente comienza a darme besitos pequeños y rápidos hasta que llega a mi oreja y me susurra:

—No prometas cosas que no vas a cumplir, ¿eh?

Me mira y sonríe. La sonrisa más bonita que he visto en mi vida.