Capítulo XXV — Cuatro meses después
Han pasado cuatro meses desde la muerte de Prats.
Asuntos Internos abrió una investigación por su muerte.
Me han suspendido de empleo y sueldo, y no os lo voy a negar: me ha venido hasta bien.
He conseguido desconectar del estrés del trabajo y recuperarme del todo.
He reconectado con Nai y con Arantxa, que lleva ya un tiempo saliendo con Carvajal, y parece que el gallego es la única persona que ha conseguido centrar a mi hermanita.
La comisaría ha vuelto a la normalidad, con rabia y dolor por la traición de Prats, pero son fuertes. Además son jodidamente generosos; entre todos han puesto una parte de sus sueldos para cubrir el mío mientras estoy de baja. No quería aceptarlo, pero me han obligado.
Son los mejores.
El hijo de Prats ahora se recupera del trauma con sus abuelos maternos, una pareja totalmente desolada por la muerte de su hija a manos de su yerno.
Al cual creían un ejemplo a seguir. Vaya hostia de realidad se llevaron los pobres, según me contó Alma.
Al menos el chaval tendrá una segunda oportunidad lejos de las garras de su padre.
Katoh, mi camello oficial, ha pasado tanto rato en mi casa y con mis compis que parece un madero más. Pero no lo es, y es gracioso ver cómo a veces se tensa con amenazas de broma de Carvajal o de Ramos.
—Mmm, buenos días, guapa —me dice Vega con voz de sueño, abriendo sus preciosos ojos.
—Hola, cosa guapa. ¿Qué tal ha dormido mi señora novia? —le pregunto.
—¿Señora? No me has desposado. Señorita, por favor —me suelta.
—Bueno, todo se andará. ¿Quién te iba a decir a ti que íbamos a ser novias? Tres meses ya. Poco a poco, guapetona —le respondo.
Entonces rueda por encima de mi cuerpo y se queda totalmente encima de mi, dominando la situación. Comienza a besarme en los labios con suavidad, baja por la mejilla hasta llegar a mi cuello y la piel se me eriza… Empiezo a notar humedad en mi zona íntima.
—¿Ves? ¿A que el sexo de pareja es mejor? —me pregunta jadeando después de terminar el «desayuno».
—No está mal. Le estoy cogiendo el gusto —respondo vacilándola.
—Serás cabrona. ¿A qué hora hay que estar donde Ramos? —me pregunta.
—A las doce y media —respondo.
—Pues son las once y tenemos que ducharnos, guapita… ¿Otro en la ducha? —me pregunta.
—Joder, es usted insaciable, señorita Moreno —respondo y comienzo a herirla a besos.
Ambas salimos de la cama entre risas y juegos, nos metemos debajo de la alcachofa de la ducha y dejamos que el agua limpie todo el sudor del amor que nos profesamos hace un rato.
Llegamos a casa de Ramos veinte minutos tarde, pero la ducha se ha alargado por lo que sea, jejeje.
—¡Laia! ¡Vega! Bienvenidas —nos recibe Silvia.
—Qué guapa estás, te ha crecido mazo el pelo, ¿eh? —le suelta Vega.
—Estás preciosa, Silvi —le digo y le cojo la mano.
—Gracias, chicas, pasad, ya están todos dentro. Se os han pegado las sábanas, ¿eh? —nos suelta.
—Ha sido la ducha… Se ha alargado —suelta Vega entre risas.
—¡Ah, amigas! Qué jodías… Bueno, así tenéis el cutis, que brilláis, cabronas —responde Silvia riendo.
Entramos y saludamos a todo el mundo. Mi suegra y jefa Alma.
Beka, Garrido, Morales, Naybet, Guimarães, Maite, Marcus (el chico de Karim) e incluso Katoh está hablando con Nai y Arantxa junto a Carvajal en la zona de la piscina.
Las hijas de Ramos salen del interior con bandejas cargadas como mulas; al verme, las dejan y vienen corriendo.
Me abrazan con fuerza. Menos mal que ya no me duele la herida.
—¿Cómo estáis, guapas? —les pregunto.
—Bien —suelta Rocío.
—Mejor, tía Laia, gracias a ti y a papá. Ya casi no tengo pesadillas —responde María, tratando de poner buena cara.
—Poco a poco, cariño. Cómo me alegro de que estés mejor. Esto es paso a paso, no puedes correr; pasaste por algo muy chungo —le digo.
—Sí. Tu psicóloga Ariadna me esta ayudando mucho —me responde.
—Ari es la mejor. Me alegro pequeña —respondo y la abrazo.
En ese momento, suena el timbre. Cuando Ramos abre la puerta, Ainhoa y el motero Tony entran; este viste igual que cuando estaba en la banda, pero se ha recortado un poco la barba. Ramos los recibe efusivo ofendiéndoles un par de birras frescas.
Después del postre, mientras yo aún roo una rodaja de sandía fresquita, Ainhoa se levanta y anuncia:
—Chicos, ya han dictado sentencia contra los moteros; no van a salir de la cárcel en su vida —dice alzando la copa la hermana de Ramos.
—¡Genial! Yo también tengo una buena noticia —anuncia Silvia, poniéndose en pie y cogiendo la mano de Ramos—. En la última revisión me han dicho que no hay rastro del tumor en absoluto. Tendré que seguir haciéndome revisiones, pero son optimistas con que no salga de nuevo.
Todos estallamos de alegría entre gritos, vítores y silbidos. Ramos y ella se besan.
—Aduriz, la investigación de Asuntos Internos ha concluido. El informe de Maite y las pruebas han determinado que no hiciste nada extraño y que cumpliste con tu deber de manera ejemplar —suelta Alma—. Tienes tu placa y tu arma esperándote cuando quieras.
Le doy las gracias, pero es mi momento para otro anuncio:
—Yo también tengo algo que deciros —digo poniéndome en pie—.
He decidido dejar el cuerpo una temporada.
Todo esto me ha superado y mi psicóloga dice que me hace falta.
Y no quiero ser la típica cabezona que quiere arreglar todo cuando ya es tarde.
Además, así podré pasar más tiempo con mi futura esposa, si es que ella acepta —digo, sacando un anillo del bolsillo y poniéndome de rodillas, girada hacia Vega.
—Laia… ¿Qué dices? —balbucea nerviosa con cara de pavor.
—Vega Moreno, ¿quieres casarte conmigo? Y así hacerme la mujer más feliz de Madrid, al menos —le pregunto directa, a bocajarro.
—Yo… Yo… ¡Claro que quiero, tonta! —responde llorando como una plañidera y tirando de mí hacia arriba.
Nos besamos mientras todos jalean y gritan «¡vivan las novias!».
Un rato después de todos los anuncios, cuando ha vuelto la calma, Ramos me pilla a solas dentro de la casa:
—Laia, espero que arregles esa cabezota rápido y vuelvas junto a mí; te necesito y te quiero, compañera.
—Joder, calvorota, al final tienes corazón y todo, ¿eh? —le vacilo.
—No seas cabrona. Eres como una hija más y lo sabes. Te quiero mucho; me has salvado el culo, has salvado a mi niña… Te debemos muchísimo —me suelta entre lágrimas mi calvito.
—No me debéis nada, somos familia y yo también os quiero, Hugo —le digo y le abrazo.
Oímos pasos por detrás y son nuestras familias, que nos abrazan por la espalda y hacemos un gran abrazo colectivo. Entonces Maite entra y le pilla por sorpresa el espectáculo:
—¡Qué monos sois!
—Maite, gracias por lo de las pruebas —le digo.
—No sé de qué me hablas; las pruebas indicaban claramente que los golpes eran del accidente y que se suicidó —suelta con una sonrisa y un guiño de ojo exagerado.
Naiara me abraza fuerte una vez que el resto se ha despegado y dispersado. Me mira a los ojos y me dice:
—Adoraba a Sara por lo que hizo, pero tú… Tú siempre has sido mi heroína, mamá Laia. Te quiero.
Las lágrimas brotan una vez más de mis ojos. ¡Vaya diiiita!
—Yo también te quiero, cariño. Volvamos a la fiesta, anda — le digo, colocándole el pelo y la camiseta retorcida.
Qué afortunada soy de tener esta familia.
Fin.