La firma del cuerpo (La firma del… 2) Capítulo  XVI — Cosas que pasan
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Capítulo  XVI — Cosas que pasan

El olor a desinfectante industrial mezclado con el olor propio de los hospitales no me gusta nada.

Siempre me ha revuelto desde pequeña. Pero no hay otra, tengo que aguantar.

Estoy sentada en una silla de plástico blanco en la sala de espera de un centro médico de interrupción del embarazo.

Miro el suelo de terrazo pulido, con las manos sobre mis muslos tratando de no estrangularla cuando salga.

Intento calmar mis demonios internos y ser una mujer evolucionada y empática.

Naiara está al otro lado de la puerta de madera.

El motivo de sus siete llamadas perdidas del sábado no era Arantxa y otra discusión: tenía un retraso de cuatro semanas, se hizo la prueba en el baño de Lucas y el predictor escupió un positivo que la acojonó.

No dudó ni un segundo: quería abortar, centrarse en Derecho y no hipotecar su vida a los veintiún años.

Menos mal. Yo me he limitado a sacar toda mi empatía y tranquilidad autoimpuesta, además de la tarjeta de crédito, y pagarle el procedimiento en una clínica privada.

Lo cual me acaba de dejar un agujero en la cuenta corriente que me va a obligar a apretarme el cinturón una temporada.

Mientras espero, mi mente transita entre todas esas cosas que me han llevado a tener que fumar porros para dormir.

Vega definitivamente no da señales de vida.

Su teléfono sigue mudo y el portazo definitivo me sigue escociendo en el pecho como una herida abierta, pero he decidido dejar de mirar la pantalla y buscar un mensaje suyo al despertar.

En comisaría los casos no esperan, y la vida sigue te venga bien o no.

Biel Prats parece haber retomado las riendas de su vida de una puta vez; ya no arrastra los pies como un alma en pena por los pasillos.

Se le ve centrado, metido en el trabajo y apretando los dientes para no dar ni un solo motivo en el juzgado de familia que le hunda más con su hijo.

Carvajal y yo nos entendemos cada vez mejor, y voy aprendiendo a tolerar esa actitud suya echada para adelante y metomentodo que tiene el gallego.

Beka sigue escudriñando todo lo posible para delimitar el radio de acción del asesino o encontrar algún rastro digital o en las cámaras de tráfico.

Maite García ya ha colgado el informe definitivo en la intranet: el ADN del vello rubio recuperado en la pileta de la morgue de Oyarzabal coincide al cien por cien con el pelo púbico de Salma Hermoso.

El círculo se está cerrando sobre el tanatorio.

Además, las buenas noticias llegan desde casa de Ramos; Silvia está casi recuperada por completo de los efectos de la quimio, el bicho está erradicado y se va a reincorporar a su trabajo en los próximos días, lo que significa que mi calvito, por fin, va a volver.

Incluso Arantxa parece calmada de verdad; tras el brote de la otra noche, se ha limitado a mandar un par de mensajes de texto disculpándose, sin dar muestras de vida físicas.

Una tregua generalizada antes de la tormenta venidera, seguro.

La puerta de la consulta se abre con un chasquido.

Guardo el libro que estoy leyendo, Música para desaparecer, de un autor autopublicado; me tiene enganchadísima.

La enfermera, la cual no está nada mal, por cierto, sale con una tablet en las manos y, con esa cara redondita y sus penetrantes ojos azules, levanta la mirada.

—¿Laia Aduriz? —pregunta y busca con la mirada.

—Sí. ¿Cómo está la niña? —pregunto acercándome a ella.

—Todo ha salido bien; la intervención ha sido limpia.

Naiara está ahora mismo en la camilla de la sala de reanimación, recuperándose de la sedación consciente.

Pero escúcheme bien, porque los próximos días van a ser duros para ella y necesita supervisión constante.

¿Tiene quién esté pendiente? —me pregunta.

—Sí, yo me encargo —respondo.

—Va a experimentar dolores abdominales agudos, similares a cólicos uterinos fuertes debido a la contracción del útero para volver a su tamaño natural —me desgrana la enfermera con tono técnico—.

Tendrá sangrados abundantes durante los próximos cuatro o cinco días, es completamente normal, pero vigile que no aparezca fiebre alta.

El bajón hormonal va a ser brutal, así que espere cambios de humor severos, crisis de llanto espontáneas y un cansancio físico extremo.

Reposo absoluto, mantas térmicas para el vientre y analgésicos pautados cada ocho horas. No la deje sola.

Asiento tratando de procesar toda la información para no olvidar nada, aunque supongo que me dará algún papel donde lo ponga.

—Entendido. Gracias, ¿puedo pasar?

He dejado a Naiara en su cama, arropada hasta las orejas con el nórdico y con una almohadilla eléctrica encendida sobre el vientre para calmarle los pinchazos.

Tiene la cara pálida, las ojeras marcadas y la mirada fija en el techo, vacía de esa energía de sabelotodo que suele tener.

Me salgo al pasillo en silencio, entornando la puerta de su cuarto para que duerma un rato, y marco el número de Alma.

El tono suena dos veces antes de que la voz rasgada de la jefa responda:

—Dime, Aduriz. Beka está terminando de acotar los vados de Leganés, os quiero en...

—Jefa, necesito tres días de asuntos propios —le corto en seco, bajando la voz—. Tengo que quedarme en casa cuidando de Naiara.

Se hace un silencio denso al otro lado de la línea.

Noto los engranajes burocráticos de Alma chirriar de la pura impotencia por perder a su inspectora accidental en mitad del caso del Funerario.

—¿Está bien la niña? ¿Qué le ha pasado? —pregunta ella.

—Venimos de que aborte; me ha dicho la enfermera que necesita cuidados y que tengo que estar atenta por si algo va mal. Siento dejarte tirada en este momento, jefa —le explico.

—No, no. La familia es importante, Aduriz; además, no has cogido ni un solo día de asuntos propios desde que estás en la unidad. Cuenta con esos tres días. Pondré a Carvajal con Guimarães mientras. Además, acabo de colgar: Ramos se va a reincorporar en dos días. Tú cuida de Nai. Hablamos —responde.

—Gracias, jefa. Te debo una —le digo, no sé muy bien por qué. Cuelgo y guardo el teléfono en el bolsillo.

Me tiro en el sofá a descansar y me pongo la Play.

La tarde pasa lenta; Nai ha estado dormida o gritando por los dolores.

He estado un buen rato tumbada junto a ella consolándola.

Cuando ha vuelto a dormirse, he salido a prepararme algo de cena.

Ella dice que no quiere comer nada. Cuando estoy terminando de cenar algo de fiambre y viendo una peli de comedia absurda, Nai asoma por la puerta como un fantasma, envuelta en una manta y con la manta eléctrica debajo del brazo.

La enchufa y se sienta a mi lado en el sofá.

—¿Me haces un sándwich de pavo? Porfa —me pide.

—Claro, cielo, ¿estás mejor? —le pregunto.

—No, parece que me han pateado el coño salvajemente —me suelta.

—Qué fina mi niña… Aunque técnicamente sería el útero —le digo mientras me incorporo y saco dos rebanadas de pan de molde para hacerle el sándwich.

—No estoy para medir las palabras, Laia… Por cierto, aún no me has preguntado cómo pasó —añade Nai.

—No es asunto mío. Y bastante me está costando no darte de hostias —le respondo.

—Ves, por eso mismo. No ha sido por no usar condón. Es que él no la tiene muy grande. Ya sabes. Y se le salió el condón, fueron unos segundos, pero joder… Qué tino. Es cierto eso de que antes de llover, chispea. La hostia puta —me suelta, dando más detalles de lo que quisiera yo saber.

—Vale, ¿por qué no tomas la píldora? Es una mierda, te hincha, tienes que estar pendiente de no olvidarte una, pero si el muchacho… O comprar más pequeños… Bueno, eres mayorcita. Tú sabrás qué haces. Pero no me des más sustos como este —balbuceo, denotando mi incomodidad.

—Tranquila, que esto no me vuelve a pasar, te lo juro. Gracias por estar ahí, tía, te quiero —me suelta.

—Y yo a ti, cielo. Sabes que eres lo más importante de mi vida. Y siempre lo serás —le respondo y la abrazo.

Al día siguiente, cuando estoy preparando café y Nai duerme, suena el timbre. Abro y es Lucas con una bolsa de churros.

—Buenos días. ¿Cómo está Naiara? —me pregunta cortado.

—Bien, dolorida pero bien. Pasa, anda —le respondo.

El chaval está cortado. Le digo que se siente y que si quiere desayunar; me dice que si tengo ColaCao , sí.

Más mono… Aunque ahora, gracias a mi sobrina, solo puedo ver a un chico con la chorrilla pequeña.

Pobre. Le saco el bote de ColaCao y miro si está caducado; aún está en fecha.

Se lo alcanzo junto a un vaso y una cuchara.

—Gracias, señora —me suelta el hijo de… Su madre.

—Mmm, chaval, si me vuelves a llamar señora te enseñaré mi pistola reglamentaria de cerca… ¿Entiendes? Que solo tengo veintisiete años, no me jodas —le amenazo de buen rollo.

—Lo siento, se… Laia, es que estoy de los nervios. Nunca he tenido pareja y menos conocer a mi suegra. No sé cómo comportarme —se excusa tembloroso.

—Tranquilo. Además, técnicamente no soy tu suegra. Solo la tía de tu novia. La tía joven y guapa, eso sí —le suelto con tono relajado a ver si surte efecto.

—Sí, eso es verdad —balbucea.

—¿Te parezco guapa? Gracias, hombre —le pregunto.

—No era eso… Bueno, sí que eres guapísima… Pero me refería a que… —comienza a atropellarse mientras mira el ColaCao y le da vueltas con la cucharilla.

—O sea, que te gusto. ¿Qué va a decir mi sobrina? —le suelto pícara y haciéndome la escandalizada.

En ese momento, la puerta de Nai se abre y sale vestida con un chándal viejo cómodo, que es mío.

—¡Laia! Que le va a dar algo. Deja al pobre. Lucas, ni caso, solo trata de picarte, es una cabrona —suelta Naiara.

—Lo siento, chaval, tenía que hacerlo —le digo riendo.

—No pasa nada, seño… Laia —responde más cortado aún.

—Hola, cariño, gracias por venir… —le dice Nai acercándose y besándole.

—Hola, peque, ¿cómo estás? —pregunta él.

—Mejor, creo que lo peor ya ha pasado —contesta ella y se sienta en sus piernas.

El chico se tensa, me mira y la mira a ella. Como si estuvieran haciendo algo malo. Qué monos son. Me gustan como pareja. Es un buen chico y educadito. No como esos niñatos imbéciles que brotan como setas hoy en día.

—Bueno, pequeñines, os dejo que tengo que ir a comprar un par de cosillas. Aprovecho que está aquí Lucas cuidándote, Nai. Eso sí, intentad no volver a fabricar un bebé nuevo, por favor. Que este ya me ha costado medio sueldo —les digo y me meto en la habitación para prepararme.

—Muy graciosa. No tengo yo el coño para alegrías. —suelta poniendo caras mi querida sobrina.

Cuando regreso de comprar papel para los porros, bollos para el hambre de después y un par de cosas para la casa, me encuentro el percal en mi salón: Lucas sentado con cara de querer morirse en el sofá, Arantxa a su lado y Nai enfrente en el butacón. ¡Mierda!