Capítulo XV — Fin de semana
El móvil vibra con fuerza en la mesilla. La alarma para ir a pillar yerba. Me levanto, me quito las legañas con los dedos, bebo agua y me visto después de mear. Estoy un poco empanada, pero tengo que ponerme en marcha.
A las diez en punto aparco en la dirección que me ha mandado el camello por mensaje: el aparcamiento de un supermercado en Rivas-Vaciamadrid.
Él ya está ahí de pie, esperando. Viene al volante de un Honda Accord negro, impecable y discreto.
Baja la ventanilla, me mira de lado y me hace un gesto con la cabeza.
—Sube, Laia —me suelta con tono tranquilo, con un porro entre sus labios ahumando el techo de su coche.
No me lo pienso. Dejo mi coche cerrado y me subo al asiento del copiloto del Honda.
Conduce apenas cinco minutos por las avenidas residenciales de Rivas hasta que enfila el coche en la entrada del garaje de un chalé adosado, una de esas viviendas familiares típicas de la zona con fachada de ladrillo visto naranja, con su pequeño patio delantero.
—Aquí es donde tengo la yerba y es donde voy a vivir en poco tiempo —dice mientras apaga el motor.
Entramos en el chalé y es una tapadera perfecta, una casa familiar de dos plantas con ladrillo naranja en su fachada.
—¿Vives solo? —le pregunto.
—Qué va. Vivo con mi novia, pero ahora mismo está trabajando. Curra en una tienda de muebles del polígono de aquí al lado, por eso hemos comprado el chalé —responde mientras mete la llave en la cerradura—. Pasa, estás en tu casa.
Nada más cruzar el umbral, un bofetón de olor a marihuana me golpea la nariz de lleno. No es el aroma rancio del hachís de calle; esto apesta a cogollo limpio, a resina fresca y a cultivo hidropónico de alta calidad.
—Oye, ¿y por qué tanto misterio con no darme tu dirección por teléfono? ¿Qué hacías aquí metido que no podías acercarme el material a Madrid? —le pregunto, picada por la curiosidad mientras le sigo por el pasillo.
El camello esboza una sonrisa misteriosa y se gira hacia mí en el inicio de la escalera.
—Pues porque no me mola que sepan dónde vivo. Me fío de ti porque eres madera. Acompáñame a la segunda planta y ves tú misma la que tengo liada —me dice.
Subimos los peldaños de mármol y de frente abrimos la puerta de una habitación que se adivina enorme, más que el salón de mi piso.
En cuanto pongo un pie dentro, entiendo perfectamente el percal.
El espacio está patas arriba, lleno de cajas de cartón, tablones de madera, herramientas y cables sueltos, pero el proyecto que hay detrás es una puta pasada.
—Este era mi cuarto de pequeño —me explica, señalando las paredes con orgullo—.
Esta casa era de mis padres. Pero lo estoy reformando por completo.
Me estoy montando mi propia fortaleza friki.
Mira, ahí van las estanterías para los cómics y las figuras, ahí al fondo planto el Home Cinema con una pantalla enorme, unos silloncitos de cuero individuales, una neverita para las bebidas y chocolatinas. Mi rincón de desconexión.
Se acerca a una de las paredes, empuja un panel camuflado y abre un armario empotrado gigante.
Me quedo estupefacta. Dentro hay decenas de botes de cristal perfectamente etiquetados, ordenados por variedades, colores y niveles de THC .
Parece una jodida farmacia forense de la droga.
Me recuerda al expositor perverso de Oyarzabal, si cambias pezones por marihuana.
—A ver, inspectora... Para el trote que llevas tú en el cuerpo, yo te recomiendo esta variedad concreta —dice, sacando un bote con unos cogollos resinosos y morados—.
Te va a resetear el cerebro. Hagamos un trato: líate un porro de esto, fumamos a medias y me echas una mano a sujetar esa estantería de ahí, que tengo que fijarla a la pared y hacerlo solo es un dolor de huevos.
—Trato hecho —asiento con una sonrisa de lado, sacando el librillo de papel del bolsillo.
Me siento en uno de los sillones tapados por una sábana para que no cojan polvo, me lío el porro y le pego un par de caladas mientras él prepara los tornillos y las herramientas. Me levanto, le paso el porro y sujeto la estantería como me indica.
Durante la siguiente hora, el ambiente se vuelve extrañamente cómodo.
Entre calada y calada, estanterías y fijación de muebles.
Compartiendo porros a medias, nos ponemos a currar en la fortaleza friki.
El efecto de la marihuana me deja un punto empanada pero relajada.
Me quedo mirando la estantería y la cabeza se me va; no puedo fijar la vista mucho rato porque las maderas serpentean.
—Vaya tralla de material, jefe —le digo, estirando las piernas en el sillón.
—Te he dicho que te molaría, madera. Esto es canela en rama para quitarte mierdas de la cabeza —se ríe, estirando el brazo para encender la consola que tiene conectada a una tele enorme—. ¿Echamos una partida para celebrar que no se ha caído la balda?
—Dale. Pero te aviso que juego sucio.
Nos pasamos las siguientes dos horas apalancados, picados a un juego de peleas en la consola mientras de fondo suena una lista de reproducción de rock que inunda el cuarto friki.
La complicidad surge sola, sin el peso de las placas de por medio.
Nos reímos como dos colegas de toda la vida, vacilándonos con cada baja virtual.
Hacia las dos de la tarde, el estómago nos ruge al unísono con un hambre canina brutal provocada por el bajón del cannabis.
El camello agarra el teléfono y pide unas hamburguesas y patatas a domicilio a un sitio cercano de Rivas.
Cuando llega el repartidor, devoramos la comida, manchándonos los dedos sin importarnos mientras compartiendo batallitas de cuando éramos adolescentes.
—¿Puedo preguntarte algo? —me suelta Katoh.
—Claro, dime —respondo.
—¿No os hacen controles de drogas o mierdas de esas? —me pregunta, tratando de contener un eructo.
—Sí, pero tengo quien me cubra las espaldas; sabe que estoy saturada. No te diré más —respondo.
—Qué de puta madre, jamás habría pensado que una madero fuera tan legal… —suelta reflexivo.
—¿Y tú por qué vendes drogas? ¿Qué me cuentas de tu vida, amigo? —pregunto a bocajarro, desinhibida por el tetrahidrocannabinol.
—Puf, larga historia —me suelta Katoh.
—Tenemos tiempo; parece que hoy no voy a hacer nada más, aunque quisiera no podría —le respondo escapándoseme la risilla.
—Ok. Tú lo has querido. Siempre fui mal estudiante, pero bueno, aprobé, hice un módulo de fotografía y durante un tiempo curré haciendo books a niñatas creídas y parejas.
Alguna boda. Pero la gente ya no quiere fotos de calidad; prefiere ahorrar y que se las tire un colega con el móvil.
Así que he estado años sin hacer nada; mi novia me ha mantenido.
Mis padres se cansaron de mí y se fueron a vivir a la playa hace muchos años.
Así que comencé a cultivar yerba para mí, para la ansiedad y la depresión.
Sé que mucha gente la demoniza, pero a mí me ha salvado un poco —se abre en canal contándome su vida Katoh.
A las ocho y pico de la tarde salgo de su casa, habiéndoseme pasado casi el globo. La noche empieza a caer sobre Rivas y el cielo tiene unos colores morados preciosos que no se si aún son fruto de las drogas o que realmente el cielo me ha querido regalar esta vista.
Katoh me acerca al coche y nos despedimos con un abrazo:
—Eres lo más parecido a un amigo que he hecho desde que estoy en Madrid. Un amigo que no sea un compañero de curro, también —le digo.
—La verdad es que eres una tía legal. Siento que estés pasando por tanto con tu hermana, tu sobrina, el caso… Y tranqui, que yo no digo nada. Al fin y al cabo me tienes cogido por los huevos. Si yo hablo, tú me empapelas si quieres —me suelta.
—Tranquilo. Siempre me ha parecido ridículo perseguir la marihuana. No lo veo un delito, la verdad. Pero que quede entre nosotros. Cuídate, jefe —le digo y me meto en el coche.
Al conectarse el manos libres caigo en que no he mirado el móvil en todo el día desde que he llegado. Miro y tengo siete llamadas perdidas de Nai, una de Arantxa, otra de Ramos y varios mensajes de Nai. Miro los mensajes y veo que a Nai le pasa algo serio. Corriendo la llamo.