Capítulo XIV — Momento de lucidez #2
El interior de la funeraria apesta a humedad, abandono y a una quietud sepulcral que me eriza los vellos de la nuca.
Al avanzar por los pasillos polvorientos, mi ojo analítico empieza a registrar los detalles.
El polvo denso que debería cubrirlo todo de forma uniforme está alterado.
Hay pasillos limpios de negrura y, en el suelo de cemento, se aprecian con total nitidez las marcas paralelas y recientes de unas ruedas de goma.
Las ruedas de la camilla metálica del funerario.
El monstruo ha estado paseando sus cadáveres por aquí dentro.
Llegamos a la puerta del laboratorio subterráneo, el sanctasanctórum donde Oyarzabal hacía sus carnicerías.
Al empujarla, el contraste nos pega un puñetazo en la cara.
El sótano entero está sumido en una penumbra tétrica, pero la zona central, donde se alza la mesa de autopsias modificada por el profesor, está en un estado que roza la obsesión quirúrgica.
Está limpia. Impoluta. Alguien ha frotado el acero inoxidable con lejía industrial y desinfectante forense hasta dejarlo brillante, sin una sola mancha de óxido, a juzgar por el olor que golpea nada más entrar en el espacio.
Recorremos todo el edificio y ni rastro del asesino. Maite entra al laboratorio con su mono blanco de la Científica y su maletín metálico, moviéndose con la frialdad técnica que la caracteriza dando órdenes a su equipo.
—A trabajar. ¡Vamos! que no se pase ni una —Suelta.
Pasamos dos horas atrapados en ese agujero infernal, observando cómo el equipo espolvorea reactivos y pasa las luces ultravioletas por el acero de la mesa.
Justo cuando la frustración empieza a flotar en el ambiente por la falta de evidencias, Maite se incorpora del borde de la pileta de desagüe, sosteniendo unas pinzas milimétricas con un objeto de plástico.
—Tengo algo, Laia —dice Maite, acercándose a mí.
Sus ojos reflejan una chispa de triunfo—.
En la junta de goma del canal de evacuación de la mesa.
El asesino limpió el acero con esmero, pero la succión del agua arrastró esto.
Es un vello capilar. Corto y de un tono rubio muy claro, mojado tiene esta tonalidad. Estoy prácticamente convencida.
—Cojonudo. ¿Puedes sacarle perfil? —pregunta Carvajal, apoyado en la pared con los brazos cruzados.
—Voy a llevarlo al laboratorio de inmediato para cotejar el ADN con el del pelo púbico que recuperamos de la vagina de Salma Hermoso.
Si el patrón genético coincide, ya no tendréis ninguna duda: vuestro hombre de gimnasio rubio ha estado amputando a las chicas encima de esta misma mesa.
Maldito Oyarzabal, la de pobres chicas que habrá pasado por aquí en su sádico ritual.
Llego a mi piso pasadas las diez de la noche, con la cabeza a punto de estallar.
Me tiro en el sofá de golpe sin guardar la pipa ni nada en la caja fuerte.
Por el camino he pedido una pizza que espero que no tarde porque estoy famélica.
Enciendo la Play para desconectar. Saco de la cajita de madera de la mesa la hierba y veo que solo me queda para un porro.
—¿Dime, guapa? —suelta el camello al descolgar.
—Hola, jefe, tenemos que vernos. Necesito tu ayuda cuanto antes —le digo.
—Ajá, entiendo. ¿Cuánta ayuda vas a necesitar? —me pregunta.
—Un poco más que la última vez, para poder aguantar toda la semana y no tener que llamarte cada poco —sigo la conversación.
—Perfecto, pero me pillas en mal momento; llevo unos días con faena en casa. ¿Puedes acercarte a mi barrio? —me pregunta.
—Claro, mándame la ubicación y dime cuándo —le digo.
—Te mando la de una tienda cercana y yo te recojo, no me gusta decir mi dirección por teléfono —me suelta.
Acepto y quedamos al día siguiente a las diez de la mañana. Por suerte es sábado y podré desconectar. En ese momento suena el timbre, mi pizza de pepperoni ya está aquí; pienso zampármela entera y jugar a la Play sin hacer nada más. Como aparezca Arantxa a tocar los huevos, le pego un tiro.
Diez minutos después suena el timbre. No me lo puedo creer. Al abrir la puerta me llevo una sorpresa enorme: es Alma. Aunque por un momento he pensado que era Vega por el parecido de ambas.
—Jefa, ¿qué haces en mi casa? —pregunto sorprendida.
—Buenas noches, Laia. ¿Puedo pasar? —pregunta sin responderme.
—Sí, claro. Adelante —le invito con la mano extendida.
—Qué bien huele, ¿te he pillado cenando? —pregunta de nuevo, sin decirme qué hace en mi casa.
—Sí, pedí una pizza. ¿Quieres? —pregunto por cortesía.
—Un trocito sí me comería, si no te importa —responde.
He tratado de sonsacarle qué quería, pero me ha dicho que primero cenáramos. Nos hemos zampado la pizza entera y hemos terminado mojando los bordes en queso de untar que tenía en la nevera. Una vez petadas, por fin habla:
—Estoy muy contenta contigo, Aduriz. Estás haciendo un trabajo increíble, y sin Ramos lo valoro el doble.
He conseguido que tu rango de inspectora sea permanente y les he rascado algo más de dinero; Vega me dijo que siempre llegas justa a fin de mes con Naiara y demás.
Por cierto, siento que no os entendierais mi pequeña y tú.
Me gustabas de pareja para mi hija mucho más que las indeseables con las que suele salir.
—Gracias, jefa, de verdad. Una lástima. Ya sabes que este trabajo y una pareja es difícil —suelto triste.
—Lo sé. Mi marido se hartó también y terminó con su asistente. El muy… Majo. Entiendo que me tiro todo el día en la comisaría, sumergida en casos, pero poner los cuernos no está justificado nunca —me suelta, regalándome un pedacito de su intimidad.
—Lo lamento, jefa. Estoy de acuerdo —digo cortada.
—Sé que suelo ser muy hermética en el trabajo y casi no sabéis nada de mí, pero en verdad es por mantener ese perfil profesional y que no se me suban a la chepa.
Ya sabes lo difícil que lo tenemos las mujeres en los puestos de poder.
Pero yo soy mucho más abierta. O lo era.
Estos años me han hecho ponerme una coraza —suelta como si se hablara a sí misma, con tristeza.
Le cojo la mano y la miro, poniendo mi mejor cara comprensiva.
—¿Y qué hace la jefa fuera del trabajo? —pregunto.
—Pues el poco rato que estoy en casa, leo. Veo podcast de risa como «La Ruina» y poco más. Alguna vez tengo alguna cita por alguna app , pero cada vez me dan más pereza los hombres. Los que a mi edad están libres tienen demasiadas taras —se sincera.
—Jejeje, y las mujeres a la mía también. Mírame a mí, menuda mochila llevo —suelto, y nos reímos ambas.
—¿Qué tal tu hermana y Naiara? —pregunta poniéndose seria.
—Arantxa está tranquila, sorpresivamente.
Nai va genial; lo capea como puede y sigue estudiando para ser abogada, siendo la mejor de su clase.
Jamás imaginé que la niña rebelde que me daba problemas día sí, día también, cuando llegué aquí iba a cambiar tanto, y ha sido gracias a Ramos y su familia —le confieso.
Pasamos un rato más conversando tranquilas y noto cómo el vínculo que tenía con ella crece, además de mi respeto hacia su persona. No tiene una vida fácil y, aun así, demuestra una entereza envidiable. Es un gran ejemplo de mujer empoderada.