Capítulo XIV — Momento de lucidez
Carvajal se toma su tercer café bien cargado; yo llevo dos. Necesitamos estar bien despiertos mientras repasamos un caso que nos trae de cabeza y del que no tenemos ni una mísera pista buena que nos haga dar con el asesino.
Estoy harta de que todos los casos en los que sufren mujeres se enrevesen tanto y de no poder evitar sus muertes.
Es la parte difícil de mi trabajo, la que cuentan en las pelis y series, pero que nadie sabe lo duro que es realmente hasta que lo vives.
La nueva Guimarães ha elaborado tres perfiles plausibles, pero estamos demasiado perdidos.
—Esta vez el ritual ha cambiado por completo. No solo ha sido un matadero sangriento en la cama; el toxicológico y los frotis confirman que hubo relaciones sexuales completas antes de las amputaciones. Y el hijo de puta ha cometido su primer error.
Carvajal levanta la cabeza y aleja por primera vez en un buen rato sus ojos de las pantallas.
—¿Restos de semen, jefa? —pregunto.
—No, usó preservativo o limpió la cavidad, pero Maite ha recuperado un pelo púbico alojado en el fondo de la cavidad vaginal que no pertenece a la víctima.
Es del agresor. Lo han secuenciado en los laboratorios de Canillas para buscar coincidencias de ADN en la base de datos del CODIS, pero el resultado es negativo.
Cero emparejamientos. El tipo no está fichado; no tiene antecedentes penales ni perfiles genéticos registrados en el sistema policial. Dos semanas de demora para nada.
Trago saliva con frustración, golpeando la mesa. Un asesino que evoluciona, que viola, que se ensaña y que no existe para los ordenadores del Ministerio.
—Aduriz, tranquila. Hay algo más: Garrido y Morales han estado haciendo una segunda batida de puerta a puerta por los edificios colindantes —continúa Alma, poniendo su mano en mi hombro—.
Han vuelto a interrogar a los testigos y uno de ellos ha llamado alegando haber recordado algo que en la primera declaración que les dio pasó por alto.
Apuntad esto: calle Claudio Coello, número ochenta y cuatro, 2º B.
Es un piso donde vive un señor jubilado que estaba desvelado la noche del crimen.
Id para allá vosotros; ellos están ocupados.
Carvajal me pide un segundo para ir al baño y, mientras, hablo con Beka, a la que veo distraída, y eso no es normal.
—¿Estás bien, guapa?
—No, tía. Pero es algo personal —responde.
—Bueno, sabes que puedes contármelo —insisto.
—Nada, mis novios me han dado la patada. Tenía una trieja y se han cansado de ser tres… Nada nuevo para mí. Jamás me dura una relación.
—Wow. Te pega todo, la verdad. Siento oírlo. Seguro que encuentras a un… Una… —dudo.
—Un. Me gustan los hombres. Si no fuera así lo sabrías —me dice y guiña un ojo. Pero a ellos también por lo visto. De repente son más gays que otra cosa.
—Ay, guapa… Te olvidarías de los hombres si probaras conmigo —flirteo a saco.
En ese momento aparece Carvajal, ya listo para irnos. Le doy un beso en la cabeza a Beka y ella me da un azote inocente, pero que a mí me… Dejémoslo ahí.
Por el pasillo, rumbo al coche, Carvajal me suelta:
—Esa rapaza es una genia de las tecnologías. No sé mucho de ella, pero tiene pinta de ser maja.
—Lo es —respondo.
—¿Qué me puedes contar de ella? —pregunta a saco.
—¿Te la quieres ligar o qué? —pregunto con su mismo descaro.
—No, muller , es mera curiosidad. Soy muy maruja —me suelta.
—Lo que te puedo contar es que era una hacker de estas que fichan después de liarla vulnerando sistemas.
Que es la jefa de la unidad de ciber porque se lo ha ganado con creces.
Que le gusta el anime, el rollo otaku ese, va a salones manga y demás.
Y que quiere algún día tener una casa en el campo con animalitos.
No es vegana, pero plantea hacerse en algún momento.
Le gusta cantar, no se le da mal y es un encanto de niña.
Así que aleja tus depravadas manos de ella, que es muy joven para ti —le advierto.
—A mí me gustan más mayores, Aduriz. Puedes relajarte, compañera —responde.
El piso del testigo es una vivienda, pequeña y humilde con decoración austera, tapetes de ganchillo por todos los muebles y un olor a naftalina que invade cada estancia.
El hombre tiene unos setenta y cinco años, menudo y con las manos temblorosas, nos invita a pasar al salón con una timidez que roza el pánico.
Carvajal saca su libreta mientras yo me siento frente a él.
—Cuéntenos, señor. Qué fue exactamente lo que vio que ha recordado y no le dijo a nuestros compañeros—le pido, con tono calmado para no presionarle demasiado.
El señor traga saliva, mirando de reojo el suelo veteado.
—Verá, inspectora. Yo sufro de insomnio crónico y me paso las madrugadas asomado a la ventana que da al callejón de servicio del edificio de la chica.
Serían las tres y media. Escuché el traqueteo de unas ruedas contra los adoquines y me asomé.
Vi a un hombre con un traje oscuro, de esos de funeraria, que empujaba una camilla de hospital con una de esas bolsas de lona azul cerradas por completo. Como si llevara a un difunto.
—¿Le vio la cara, home ? —interviene Carvajal.
—No, porque llevaba una gorra oscura bien calada.
Pero justo al llegar a la esquina del vado, la camilla tropezó con un bache del asfalto, dio un traqueteo fuerte y la gorra se le cayó al suelo al agacharse.
El tipo se agachó rápido a recogerla y ahí fue cuando le dio la luz de la farola de lleno.
Era rubio. Un rubio claro, con el pelo corto.
Y lo que más me llamó la atención fue su complexión: era un hombre fuerte, de espaldas anchas y atlético, como si se pasara el día metido en un gimnasio.
Se colocó la gorra de golpe y desapareció en la oscuridad con el carro de muertos.
Al principio no vi nada raro, un trabajador de una funeraria llevando a un difunto, pero esa gente no suele ponerse gorra.
Si van de traje impoluto la gorra dudo que les dejen llevarlas, restaría seriedad.
Tras tomarle declaración y probar, por no hacerle un feo, unos embutidos de su tierra, Extremadura, le damos las gracias y salimos a la calle.
El sol de media mañana pega y me molesta en los ojos. El trasiego de la gente recuerda que hay muchas chicas jóvenes, potenciales víctimas, y que al fin tenemos una pista válida: rubio, está fuerte y usa el método de Mikel Oyarzabal.
—¡A rañala ! El parvo es rubio. Al fin algo que delimite un poco su búsqueda. Lo que está claro es el vínculo con la morgue, si hasta usa bolsas de transporte oficiales, parece ser. Manda carallo con la capital y sus crímenes —suelta Carvajal mientras caminamos hacia el coche.
Me quedo completamente estática en mitad de la acera, con los ojos entornados y la mirada fija en un punto ciego de la carretera.
Las palabras de Carvajal, la pista del jubilado, la descripción de la lona y el informe de Maite de la fibra azul cobalto chocan en mi cerebro como dos trenes de mercancías, provocando un chispazo brutal. Ato cabos:
—La bolsa azul. —balbuceo.
—¿Qué pasa con la bolsa, rapaza ? —pregunta Martín, arqueando una ceja.
—La bolsa azul de polietileno trenzado para transportar cadáveres...
Es exactamente el mismo modelo y el mismo color reglamentario que usaba el profesor Mikel Oyarzabal en su funeraria.
Su funeraria, de la que tenía una gran parte del negocio, y su laboratorio forense están precintados por el juzgado desde la matanza de su sótano —le explico.
Miro a Martín fijamente a sus ojos azules y le cojo de las solapas de su chaqueta.
—El asesino idolatra a Oyarzabal, me lo dijo Sara Alfaro en Alcalá Meco.
Sabe que ese sitio está abandonado, apartado del mapa y que tiene todo el instrumental quirúrgico, los desinfectantes industriales y las mesas de autopsias muertas de risa detrás de los precintos de la policía.
Está operando allí, Carvajal. El matadero seguro del asesino es la antigua morgue de Oyarzabal.
El gallego abre los ojos de par en par, asimilando el órdago criminal, y una sonrisa de medio lado, peligrosa y canalla, se le dibuja bajo la barba. Rápidamente nos montamos en el coche y llamo a Alma para informar de mi descubrimiento:
—¿Dime, Aduriz? —me pregunta con todo hastiado.
—El testigo dice que vio a un hombre rubio y corpulento que se ocultaba el rostro con una gorra.
Pero eso no es todo, ha dicho algo que me ha dado la pista, jefa.
Usaba una bolsa de cadáveres como la de Oyarzabal; creo que podría operar desde su antigua funeraria.
Nos dirigimos hacia allí —le suelto, atropellada por la emoción del descubrimiento.
—Mando un equipo. Buen trabajo, chicos —responde y cuelga sin despedidas.
Freno en seco frente al edificio abandonado de la funeraria de Oyarzabal.
Las cintas plásticas de la Policía Judicial, descoloridas y comidas por el sol, cruzan la puerta principal.
Sin embargo, no estamos solos. En cuanto bajamos del coche con las armas en la mano, un par de vehículos oficiales camuflados entran en el callejón con las luces estroboscópicas encendidas. Nos ponemos los chalecos.
Garrido, Morales y Jade Guimarães, la nueva policía que conocí en casa de Ramos, salen de detrás del furgón de logística con Karim Naybet al volante, junto a un equipo de refuerzo que comienza a establecer el perímetro.
Ya está todo el circo montado. Caminamos con cuidado, vigilando que no nos sorprendan.
—El precinto trasero está cortado con un bisturí y vuelto a pegar con cinta americana —informa Jade, señalando la entrada del sótano con la mano.
—Entramos por parejas —les ordeno, asumiendo mis galones de inspectora—. Linternas arriba. Cuidado con las esquinas y los recovecos. Puede estar dentro.