Capítulo XIII — Celebración
El aire de Madrid está húmedo y pesado, de esos que te pegan la contaminación a la piel como una segunda capa de ropa tras una lluvia primaveral.
Estoy apoyada contra la pared desconchada de un callejón gris del barrio de San Fermín cerca de Usera, con las manos hundidas en los bolsillos del chaquetón y la mirada fija en el suelo sucio.
Espero a Javi Katoh, el contacto que me ha facilitado Naybet para conseguir un poco de yerba para relajarme por las noches y poder dormir.
Han pasado cinco semanas exactas desde que levantamos el cadáver ensangrentado de la influencer Salma Hermoso en el barrio de Salamanca.
Cinco semanas de sequía absoluta. El asesino sigue siendo invisible, no tenemos ni una sola pista nueva que aporte algo de luz y la presión de los de arriba ahoga.
He tenido que dar una rueda de prensa para aportar datos que no tenemos; no me gusta la exposición pública.
Alma ha prometido incorporar al equipo una especialista para ayudarnos pero la burocracia lo está retrasando.
En lo personal, la cosa no mejora. Mi hermana Arantxa está completamente desaparecida desde el altercado violento en mi cocina, cuando la reduje contra el marco de la puerta.
No sé dónde se mete ni si sigue yendo a trabajar al súper y lo peor de todo es que me da igual.
Naiara y Lucas, por suerte, siguen bien; el chaval ha superado con nota el trauma de la suegra asesina y trata a mi niña como a una reina.
De Vega... De Vega no sé absolutamente nada.
Su vacío me sigue escociendo en mis noches de soledad, cuando necesitaría una mano amiga que me relaje.
Y Prats, bueno, parece que se ha calmado un poco, ha dejado de gritar y se ha relajado; ha vuelto incluso al curro tras unas vacaciones forzosas otorgadas por Alma.
Unas pisadas rotundas me sacan de mis pensamientos.
Alzo la vista y veo aparecer al tal Katoh.
Es un tipo robusto, de espaldas anchas y con esa presencia imponente de la gente que se sabe mover por las esquinas sin que la policía le huela el rastro.
Lleva el pelo castaño oscuro rapado al milímetro por los lados y recogido arriba en un moño alto y tirante.
Una barba densa, larga y salpicada de canas maduras en el mentón le da un aire de madurez que encaja muy bien con su mirada tranquila.
Viste una sudadera negra con capucha y un bolsillo de canguro donde mantiene las manos ocultas.
—¿Laia? —pregunta nada más acercarse.
—Sí, soy yo —respondo.
—¿Quién te ha dado mi número? —suelta mirando a los lados.
—Naybet. Te lo dije por teléfono —respondo.
—Ah, sí, el madero marroquí —espeta él.
—El mismo. Pero es español. Bueno, ¿qué tienes para mí? —pregunto.
—¿Qué quieres exactamente? —pregunta de vuelta.
—Algo para relajarme y dormir por la noche —le respondo.
—Perfecto, tengo una Mandarin Punch que es la hostia para eso. Pero no es barata —me explica.
—Tengo sesenta pavos. Dame lo que pueda comprar con eso y no me estafes. Que yo también soy poli —le suelto.
—Jajaja. Me caes bien. «Que soy poli», dice… —masculla él mientras rebusca en sus bolsillos.
—En serio, lo soy. Inspectora de Homicidios. Pero tranquilo, no voy a trincarte por vender; te necesito demasiado ahora mismo —le confieso.
—No jodas… ¿Es de verdad? Puto Karim… —balbucea él, sorprendido.
—Sí, pero tranquilo, en serio. Solo necesito algo para relajarme —trato de calmarlo.
—No quiero mierdas raras, ¿eh? —me suelta.
—Que no, tranquilo. Toma la pasta. Dame eso y me piro —le digo tendiéndole el dinero.
—Pero joder… ¿No eres poli? ¡Sé discreta, coño! Como si me conocieras. Dame un abrazo y entonces disimuladamente me lo das, y yo te meto el paquetito en la chaqueta —me reprende.
Después de una transacción rápida pongo rumbo a casa de Ramos. Me ha caído bien el camello. Parece majete.
El olor a panceta a la brasa y el sonido de las risas me reciben en cuanto cruzo la valla del jardín del chalé del calvito.
Hacía meses que no respirábamos un ambiente tan distendido en su casa.
Hoy celebramos la vida. Las últimas revisiones oncológicas han confirmado que no queda ni rastro del bicho en la cabeza de Silvia.
Ella está radiante, luciendo una peluca castaña que le queda de lujo y moviéndose entre los invitados con bandejas de aperitivos.
Está toda la plantilla reunida en el césped.
Veo a Karim charlando animadamente con Marcus, que parece en su salsa en el anonimato de un chalé de las afueras gracias a una lesión que le impide jugar; a Beka devorando croquetas como si no hubiera un mañana con sus rastas de colores bailando; y a Carvajal soltando expresiones gallegas mientras gesticula con las uñas pintadas de negro como siempre, ahora se que es para no mordérselas.
Garrido y Morales comparten un tercio de cerveza cerca de la piscina, y Maite García sonríe de lado, relajada por una vez fuera de la mesa de autopsias.
Prats también ha venido, aunque se mantiene en una esquina pegado a la barra de las bebidas con la mirada un poco perdida; pero de momento mantiene el tipo.
También anda por aquí Ainhoa, la hermana de Ramos, que sonríe al verme y me abraza.
La jefa aparece y se me acerca con paso firme entre las mesas de jardín. No viene sola. A su lado camina una mujer que me resulta desconocida.
—Aduriz, deja el vaso un momento —me ordena Alma con su habitual tono de sargento de hierro—. Te presento a Jade Guimarães. Es el nuevo fichaje que acabo de incorporar a la unidad.
—Encantada —le digo y le doy dos besos.
Tiene una belleza exótica y magnética, realzada por una piel de tono café con leche.
Ojos claros y penetrantes, un pelo oscuro, rizado y recogido en una coleta alta de la que se escapan algunos mechones.
Viene relajada, con ropa informal, y tiene una sonrisa que deslumbra, como si tuviera perlas en vez de dientes.
Hablo un poco con la chica: tiene treinta y cuatro años, está soltera y tiene una niña pequeña de cinco años. Su familia es de origen brasileño, pero ella nació en España. Es experta en perfiles de criminales y psicópatas. Sin duda, un buen fichaje para la unidad.
La tarde avanza de lujo; el sol calienta lo justo y el ambiente es tan limpio que por unos instantes olvido que tengo tres mujeres mutiladas en la pizarra de la oficina esperando a que hagamos justicia.
Pero las treguas en la vida de Laia Aduriz duran menos que un caramelo en la puerta de un colegio.
Expresión curiosa que no sé por qué coño uso.
Por la puerta aparece Arantxa. Se me corta el cuerpo de golpe y el estómago se me hace un nudo.
Viene dando tumbos, pero no borracha; viene airada, molesta y con los ojos inyectados en una rabia ciega.
Naiara se queda paralizada en mitad del césped, soltando el vaso que llevaba en la mano.
Mi hermana me busca con la mirada, dispuesta a reventar el momento de paz.
—¡Mírate, Laia! —brama a pleno pulmón, señalándome con un dedo—. ¡Qué bonito todo! ¡Menuda vida idílica te pegas con tus amiguitos los policías! ¿Y tu hermana qué?
Noto el fuego interno empezar a subirme a la cabeza para sacar mi lado Aduriz y camino hacia ella con paso decidido para cogerla del cuello y sacarla a patadas.
Pero alguien se me adelanta. Carvajal se cruza en su camino interceptándola; le agarra el brazo con suavidad pero con una firmeza de acero, frenando su avance en seco y dándole la vuelta con un movimiento fluido.
Le susurra algo al oído y ambos salen del chalé. Yo les sigo de inmediato.
—¿Y tú quién coño eres, guapito? —pregunta Arantxa a Carvajal.
—Soy Martín, encantado, bella rapaza —suelta él con una sonrisa que da rabia.
—Encantada, Martín, pero necesito decirle un par de cosas a mi hermanita perfecta —suelta con desprecio su veneno Arantxa.
—Tú dirás —le invito a tener gresca.
—Vamos a calmarnos, rapaziñas . Manda carallo , dos hermanas tan guapas discutiendo. Que la sangre no llegue a la ría —suelta el gallego.
—¿Tú por qué te metes guaperas? —pregunta Arantxa.
—No aguanto las discusiones. Seguro que hablando se puede solucionar lo que sea —trata de apaciguar a la fiera mi compañero.
—Tu amiguita me encerró en la cárcel, me robó a mi hija y ahora me hace sentir una mala madre —le suelta a Carvajal mientras me mira a los ojos, desafiante.
—Una presa sexy , esa historia tengo que oírla. Pero ahora mismo me tengo que marchar. Yo me encargo de Arantxa, Aduriz… ¿Me harías el honor de acompañarme? —le pregunta a ella.
—Sí, vámonos de aquí. Para lo que hay que ver… —suelta Arantxa, me hace una peineta y se da la vuelta.
Carvajal me mira con cara de calma y me hace un gesto con la mano para que me relaje. Se toca el pecho indicándome que él se encarga. Y se la lleva pasándole el brazo por encima de los hombros.
Al girarme, Naiara y Lucas en la puerta me miran con cara de pena mientras las hijas de Ramos le cogen las manos a Nai. Me acerco y la abrazo.
—Venga, que esto no joda la celebración. Cuando la vuelva a ver hablaré seriamente con ella. Me tiene hasta el coño y no podemos seguir así —le susurro a Nai.
Lucas la coge y la abraza cuando la suelto yo. Las hijas de Ramos están con cara de circunstancias y también abrazan a Naiara. Entro con la cabeza alta y todos me miran. Hago un gesto de aquí no pasa nada y trato de distraer lo ocurrido para que nadie tenga que amargarse por mi hermanita.