La firma del cuerpo (La firma del… 2) Capítulo XII — Ondiñas veñen
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Capítulo XII — Ondiñas veñen

He dormido mejor que en mucho tiempo gracias a la yerba de Karim.

Estoy en comisaría con un aire ligeramente renovado.

Beka, Carvajal y yo escudriñamos las posibles ubicaciones de una funeraria donde pudiera operar el asesino.

Es el primer día que veo currar a Carvajal en serio y, de entrada, su acento gallego rompe la rutina habitual.

—A ver, Aduriz, Beka, hay que buscar con sentidiño , carallo —dice Martín, con un tono melódico mientras se toca la barba—. Si el parvo se mueve empujando una camilla de morgue como dijo el confidente, el radio de acción no puede ser muy amplio. Yo diría que está en un radio de veinte kilómetros.

Beka teclea a velocidad de ametralladora, cruzando los vados oficiales, las licencias de servicios funerarios privados y las bajas de personal en tanatorios de la zona sur durante el último año.

Tras un par de minutos de filtrado informático, la pantalla parpadea en rojo y nos arroja tres posibilidades reales: tres depósitos o funerarias de barrio.

Informamos a Alma, que nos apremia a encontrar un hilo del que tirar, y salimos rumbo a las ubicaciones.

El primer depósito en Alcorcón resulta ser una empresa familiar impecable, con dos empleados octogenarios que tiemblan solo con vernos las placas.

El plan de los tanatorios se nos desmorona sobre la marcha, transformándose en una ruta de pura frustración.

Ponemos rumbo al segundo en Getafe y Carvajal por fin abre la boca:

—¿Qué fue lo más raro que encontraste desde que eres poli?

—Puf, tantas cosas —respondo con los ojos fijos en el asfalto.

—Pero algo habrá, hombre. Digo yo que encontraste algo que te chocara más que el resto —replica él.

—Mmm. Supongo que fue el caso de Sara Alfaro. Fue mi primer caso en Madrid: una bandeja con los testículos y el pene cortados, droga… Todo dispuesto en una bandeja —le respondo.

—Oh, sí, el caso de la mano del diablo. Curioso caso, lo vi en televisión. Menuda pieza la rapaza gemeliña —me suelta.

—Sí —digo seca.

—Bueno, ya que no preguntaste por la mía, te cuento igual, ¿eh?

Un día patrullando con mi antiguo compañero vimos un vehículo que andaba rariño .

«Parémosle», le dije a mi compañero. El tipo andaba medio aturdido, nervioso; en el hueco de debajo de la radio, un bote con un hueso…

Parecía humano. Pensamos que podría ser un perturbado, pero resulta que era un hueso suyo.

Lo habían operado y lo llevaba ahí para hacer no sé qué mierda de ritual…

Manda carallo con las meigas y los conxuros . ¿Raro todo, ¿eh? —me suelta.

—¿No jodas? Qué movida, ¿no? —reacciono sin filtro.

—Ya ves, dijo el home que le ofrecieron el hueso y dijo: «¿Y por qué no?». Y así acabó en esas —me responde.

Le miro y me río. Con la tontería hemos llegado al tanatorio. Registros limpios, inspección rápida de los almacenes y ni rastro de un operario de cuarenta y dos años que cuadre con el soplo.

Ponemos rumbo a la tercera, una funeraria lúgubre en un polígono de Vallecas, y es más de lo mismo. Nada. Cero. En el aparcamiento estamos pensando qué paso dar, sin ninguna pista, cuando me suena el teléfono. Es la jefa:

—Aduriz —su voz suena tensa—. Tenemos un tercer cuerpo. Y esta vez el hijo de puta ha golpeado alto.

—¿Dónde? —pregunto, apretando el teléfono contra la oreja mientras Martín se queda quieto mirándome.

—En el centro, en pleno barrio de Salamanca.

Un edificio señorial de lujo, de esos con portero físico.

La víctima es una influencer bastante famosa en redes, una tal Salma Hermoso.

Hace un mes se hizo viral por pregonar en sus perfiles que solo le gustan los tíos maduritos.

Blanco y en botella, Laia. “Papitomaduro6” ha vuelto a cazar.

Maite va de camino, os quiero allí ya —espeta la jefa.

—Recibido, nos ponemos en marcha —respondo.

Entramos al coche y saco la sirena; comienzo a circular todo lo rápido que deja el tráfico de Madrid.

—¿Y estas xentes no ven la sirena o qué? —pregunta Carvajal.—A veces les cuesta quitarse… La gente va agilipollada —le respondo.

En ese momento salta el manos libres del coche. En la pantalla: Prats, jefe de Narcóticos.

—Dime, Biel, voy en coche con mi nuevo… —comienzo a decir cuando me corta.

—¡Laia, es una puta de armas tomar, te lo juro por mi vida!

—la voz de Prats entra por los altavoces rota, violenta, arrastrando una rabia destructiva que me corta el cuerpo de golpe.

Se le oye desquiciado, fuera de sí—. ¡La hija de puta de mi mujer me la estaba jugando!

¡Me estaba poniendo los cuernos con el de la reforma mientras me hacía creer a mí que era el malo del matrimonio, Laia!

Perdona que te llame así, pero no sabía a quién llamar.

—Biel, frena, escúchame...

—¡Y encima el juez le ha dado la custodia completa de mi hijo!

—brama Prats a pleno pulmón, dando lo que parece un puñetazo al salpicadero de su propio coche—.

Ha alegado que con mis turnos de policía no tengo tiempo material para cuidar de un crío.

¡Me ha quitado al niño, Aduriz! ¡Me ha dejado en la puta calle, cornudo y sin mi hijo!

Intento cortarle, frenar esa verborrea histérica para decirle que no estoy sola en el coche, pero Prats está ciego de ira y no escucha a nadie. En ese momento, Martín se inclina hacia el micrófono del salpicadero y le suelta un hachazo directo, limpio y sin anestesia, con toda la retranca gallega:

—Escucha una cosa, parvo —le suelta el gallego.

Prats, al oír una voz que no es la mía, se calla de inmediato—.

Las mujeres pueden ser muy malas cuando quieren, pero te recompondrás, créeme.

Ahora mismo eres una plañidera máis que un policía.

Céntrate, home, haz las cosas con sentidiño , no des ni un solo motivo para que te puedan echar mierda encima y recurre esa puta sentencia. Pero con cabeza, amigo.

Los altavoces se quedan en un silencio sepulcral. Prats se ha quedado completamente cortado, mudo ante la intromisión del nuevo. Aprovecho el vacío para rematar el tema antes de que vuelvan a saltar las chispas.

—Cálmate, Biel. Hazle caso —le digo con firmeza—. Luego te llamo y hablamos con calma, que estoy llegando a una escena de crimen ahora mismo.

—¿Qué? —reacciona Prats desde el otro lado, bajando las revoluciones por sorpresa—. ¿Hay víctima nueva?

—Sí. Ya hablamos. Cuídate, Biel, y relájate. No vayas a hacer una tontería, anda —le suelto y cuelgo.

Llegamos al barrio de Salamanca y aparco el coche.

Caminamos y llegamos al sitio. El barrio de Salamanca huele a dinero, perfumes caros y desprecio de los ricos.

Cruzamos el umbral de mármol veteado y nos dirigimos directos al mostrador de la recepción.

Allí nos recibe el portero de la finca, Adolfo.

Es un hombre de unos cincuenta y cinco años, pulcro, serio y sumamente profesional, pero en este momento tiene la mirada completamente desencajada por el shock.

Viste una chaqueta de cremallera azul marino de estilo recio sobre una camisa celeste y una corbata oscura impecablemente anudada.

Apoya la mano derecha sobre el mostrador de mármol negro, temblando levemente de la pura ansiedad.

A su espalda, en la pared veteada de la entrada, destaca un cartel metálico clásico con el nombre del edificio: «Las Palmeras».

Nos acercamos y le enseñamos las placas.

Adolfo traga saliva al borde del llanto.

—Inspectora Aduriz, subinspector Carvajal. ¿Usted es quien ha llamado? —pregunto.

El hombre se apoya con más fuerza en el mostrador, intentando mantener la compostura de conserje de lujo.

—Buenos días, sí. No me puedo creer que la chica esté muerta. —responde.

—¿Ha tocado algo? —pregunto.

—No, simplemente entré buscándola, por si le hubiera ocurrido algo. Y encontré todo. Rápidamente vino a mi mente lo de los asesinatos de las noticias. No toqué nada y les llamé. Pobre niña —suelta el hombre con una lágrima recorriéndole la mejilla.

—¿Qué hizo que acudiera al domicilio de la joven? —pregunta Carvajal.

—Ella siempre se deja ver; cuando se va a encerrar a hacer algún reto viral o se va de viaje, avisa con tiempo.

Llevaba cuatro días sin verla. Los paquetes a su nombre se me comenzaban a acumular en la portería y era raro.

Pensé que algo podría ir mal. Pero jamás imaginé que…

Era demasiado buena para acabar así —suelta el hombre, rompiéndose por completo.

Carvajal le pone una mano en el hombro y trata de consolarle. En ese momento entra el equipo forense. Maite sube directa. Nosotros hablaremos con los vecinos por si hubieran visto o escuchado algo raro mientras ellos examinan la escena.

Una vez hablado con los vecinos que se encontraban en el edificio, vemos que no hay ningún hilo del que tirar.

Carvajal y yo vamos directos al piso; entramos equipados para no dejar rastros ni contaminar la escena del crimen.

El piso es enorme, de techos altos. Todo es ostentación mezclada con la decoración de una joven rica, una combinación que impacta: molduras refinadas con pósteres de películas, muñecos por las paredes y carteles de neón.

Hay una pantalla enorme en el salón y un sillón que parece costar más que el sueldo de tres meses, con una mininevera al lado.

Recorremos el piso esquivando a los compañeros y entonces llego a la habitación.

Es austera para lo que esperaba; tiene una gran cama con una colcha violácea con motivos florales.

Un par de mesillas con una caja de pañuelos, una caja de lentillas y un cargador enchufado a la pared.

Poco más. Lo que sorprende es la escena encima de la cama.

Salma Hermoso está colocada boca abajo en mitad de la cama, rompiendo de golpe la pulcritud casi robótica de los dos cadáveres anteriores.

El cuerpo desnudo resalta con una palidez irreal contra la colcha violácea, pero esta vez la escena es un auténtico matadero.

Un reguero denso y oscuro de sangre ya seca empapa los motivos florales del tejido, extendiéndose en una mancha enorme que se ha filtrado hasta el colchón.

El asesino ha trabajado con prisa o algo le ha hecho perder el control.

Alrededor del torso, la piel muestra la misma carnicería: los pechos le han sido extirpados con cortes que, aunque mantienen la precisión quirúrgica en el músculo, denotan un ensañamiento y una urgencia salvajes.

Maite García levanta la cabeza del cadáver flanqueada por sus ayudantes. Sus guantes de nitrilo están manchados de fluidos biológicos mientras sostiene el termómetro de hígado.

—Lleva unas cincuenta horas muerta, Aduriz —dictamina Maite con su habitual frialdad técnica—.

La causa de la muerte vuelve a ser la punción subclavia con el bloqueante neuromuscular, pero esta vez no ha lavado el cuerpo ni ha esterilizado el perímetro después de la amputación.

Hay salpicaduras por las sábanas y el cabecero.

Sin embargo, os adelanto que dudo que encontremos ADN del agresor: el cabrón ha vuelto a limpiar cada superficie que ha tocado.

No hay huellas, ni saliva, ni un solo resto biológico que no pertenezca a la víctima.

—¿Nada de nada, Maite? —interviene Carvajal, dando un paso al frente con la mandíbula apretada bajo la barba—. Alguna mierda habrá dejado el home .

—Solo una cosa —responde la forense, señalando con las pinzas una diminuta pieza de plástico en una bolsa sobre la mesilla—. Hemos recuperado esto atrapado en el muelle del somier. Es una fibra sintética de polietileno trenzado de color azul cobalto.

Observo la fibra sujetando la bolsa de pruebas a contraluz.

—Es una fibra industrial de las bolsas de lona que se usan para el transporte de cadáveres —añade Maite, mirándome fijamente—.

El tipo no solo va vestido de funerario, Laia.

Usa material reglamentario de morgue para mover y empaquetar los cuerpos.

Eso confirma vuestra teoría. El tipo trabaja dentro del sector o tiene acceso directo a los almacenes de un tanatorio.

— Ondiñas veñen —escucho susurrar a Carvajal.

Seguimos repasando la escena a ver si vemos algo que la Científica pueda pasar por alto y en el baño veo a Carvajal abrir un bote de crema caro, se lo aplica en su rostro y se mira en el espejo. ¿Qué coño hace? Tras eso, lo coge y se lo guarda en el bolsillo.

—Deja eso en su sitio, Carvajal —susurro.

—No, es una crema muy buena y se va a echar a perder en un almacén de pruebas —me susurra acercándose.

—¿Esto lo sueles hacer? —pregunto.

—A veces. Pero no pasa nada, rapaza, relájate. Si te tensa, lo dejo —mantiene el susurro.

Veo cómo lo deja donde estaba y le indico que salga del baño.

Cuando no podemos hacer nada más en la escena, ponemos rumbo de vuelta a comisaría en un silencio denso.

Ya hay tres víctimas, jode. Y esta vez ha cambiado el método: no ha sido cuidadoso, no encaja en el mismo perfil que había llevado hasta ahora.

Es un asesino que evoluciona. O puede que esté probando métodos nuevos.

Sea como fuere, tengo que encontrar algo para echarle el guante.

Y para colmo el gallego de los cojones robando…

no quisiera tener que hacer de niñera todo el rato.