La firma del cuerpo (La firma del… 2) Capítulo XI  — La pareja de moda
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Capítulo XI  — La pareja de moda

Conduzco de vuelta a casa con los dedos marcando el ritmo de la canción que suena. Que hubiera sido de Karol G no es mi tipo de música favorita, pero Vega… Ay, Vega ha logrado que me guste y ahora me recuerda a ella.

Vengo de pasar por casa de Ramos. Silvia ya se levanta y se mueve por el chalé; parece estar casi normal.

Si no fuera por el hueco que le ha dejado en el cuero cabelludo la caída del pelo por la quimio, se habría olvidado de todo.

Se ha comprado una peluca para cuando tiene que ir al hospital; debe ser duro para una mujer tan guapa ver cómo se le cae el pelo así.

Hugo está más animado y, antes de salir por la puerta, me ha soltado que Carvajal es buen policía.

Que ha llamado a un par de contactos para saber si estaba en buenas manos.

Me enternece que se preocupe por mí de esa manera.

Antes de entrar a mi piso oigo risitas; Nai debe de estar con su chico ya dentro.

Nada más poner un pie dentro, ambos, acaramelados en el sofá, se separan abruptamente.

Miro al chaval: es guapete, mi sobrina tiene buen gusto.

Es moreno, con el pelo espeso y un poco revuelto, y tiene ese aire melancólico, reflexivo y tímido que le da un puntazo tremendo.

Viste una sobrecamisa azul oscuro abierta sobre una camiseta negra y, nada más levantarse, mete las manos en los bolsillos adoptando una pose tímida.

Naiara da un paso al frente, visiblemente nerviosa.

—Tía, este es Lucas. Mi novio. Lucas, ella es mi tía Laia.

El chaval traga saliva, saca una mano del bolsillo y la tiende para darme un apretón; sonrío y le doy la mano.

—Relájate, chaval, que no muerdo —le digo, suavizando el tono mientras le aprieto con fuerza la mano—. Sentaos, tranquilos, ni que fuera policía.

—Hola... Encantado. Es que... Bueno, nunca había conocido a una poli —consigue articular con una sonrisa tímida, acentuando ese hoyuelo en la barbilla que me decía Nai que le volvía loca.

—Soy una persona normal, en serio. Deja el uniforme imaginario fuera. Sentaos, venga, decidid qué os apetece pedir para cenar y lo pedís. A mí me da exactamente igual. Voy a darme una ducha rápida y vengo.

Nai se relaja tras el primer encuentro y asiente con la cabeza.

Me meto en el baño, cierro la puerta y me quito la ropa.

Me meto bajo el agua caliente, dejando que el chorro me golpee la nuca para aflojar la tensión de los hombros.

Pero la tregua me dura tres minutos. En mitad de la ducha, noto un calambre conocido en el bajo vientre y el agua del sumidero se tiñe ligeramente de rojo.

Me cago en mi vida. Cierro el grifo y pego un grito:

—¡Naiara!

Oigo un susurro y los pasos de Nai acercándose.

—¿Qué pasa, tía?

—Me ha bajado la regla por sorpresa. ¿Tienes algún Tampax o una compresa en el bolso? No me ha dado tiempo a ir a la compra estos días y tengo el mueble a cero.

Naiara pone cara de apuro y se palpa los bolsillos de los vaqueros como si lo llevara encima, la pobre; está nerviosita con el novio en casa.

—Qué va, tía. Pero no te preocupes, Lucas y yo bajamos un momento al súper de la esquina y compramos un paquete. No tardamos nada.

—Gracias, cariño. Me salvas la vida. Siento que tengas que llevar a tu novio a comprar compresas —le digo riéndome.

Nai se ríe con esa complicidad que hemos logrado estos años.

Termino de ducharme, cojo bastante papel higiénico, lo doblo y me lo pongo en las bragas mientras vienen ellos para no mancharme.

Me visto con ropa cómoda de andar por casa —unos leggings y una sudadera ancha— y salgo al salón.

El piso está en un silencio sepulcral, señal de que los chicos han bajado.

Me siento tranquila en el sofá, estirando las piernas y cerrando los ojos por primera vez en todo el día.

Diez minutos de tranquilidad. No pido más.

Solo diez putos minutos. No ha llegado ni a la mitad cuando el timbre suena repetidas veces.

Me levanto y, antes de abrir, oigo a alguien maldiciendo. Abro la puerta y veo a mi hermana, totalmente borracha, apestando a alcohol barato que tira para atrás. Me mira entrecerrando los ojos y me empuja con el brazo, entrando a trompicones. La sigo y veo cómo abre la nevera.

—¡Eres una desgraciada, Laia! —me grita, señalándome con el dedo y golpeándome en el pecho—. ¡Le has lavado la cabeza a mi hija! ¡Me la estás quitando! ¡Vas de madre por la vida y no eres más que una guarra! ¿No tienes alcohol o qué?

Rebusca por la nevera tirando todo y sujetándose a la puerta para no caerse.

—Vete a tu casa a dormir la mona, Arantxa, y no me toques el coño. No estoy para tus mierdas —le digo con un tono gélido, conteniendo las ganas de estamparla contra la pared y darle de hostias.

—¡Malfollada! ¡Eso es lo que eres, una bollera rancia que no sabe lo que es tener una familia de verdad! Y vas robando hijas ajenas; por eso me entrullaste —me suelta, escupiéndome las palabras y algo más a la cara.

Me limpio la cara con la mano y pierdo la poca paciencia que me queda. La cojo de la pechera, cierro la nevera de golpe y la estampo contra la pared.

—Mira, Arantxa, la estás cagando a lo grande.

Yo no pretendo sustituirte; he cuidado de tu hija como he podido.

Si tanto miedo tienes de perderla, deja de comportarte como una imbécil y de cagarla como has hecho toda tu puta vida.

Empieza a comportarte como una adulta, a tratar como tal a la niña y así quizás consigas tener una buena relación con tu hija.

Pero venir así, en este estado lamentable, no te va a ayudar.

Vete a casa ya y deja de beber, que te pones gilipollas —le suelto, poniendo mi voz de poli a dos centímetros de su cara.

Le agarro el brazo derecho con un movimiento seco, se lo retuerzo a la espalda en una llave de reducción impecable y la empujo hacia delante, inmovilizándola por completo contra el marco de la entrada mientras ella gime de dolor.

Abro la puerta del piso de golpe para echarla a patadas y la escena se congela.

Allí mismo, en el descansillo, están Naiara y Lucas con la bolsa del supermercado en la mano.

Mi sobrina se queda con la cara completamente descompuesta, pálida, mirando a su madre reducida como una delincuente.

Arantxa, lejos de callarse, levanta la cabeza, fija la vista borracha en los chicos y suelta una carcajada histérica.

—¡Vaya, vaya! ¡Míralos! ¡La pareja del año! ¡Del siglo! ¡La pareja de moda! —brama, girando el cuello hacia Lucas—. ¡Hola, chaval, soy tu suegra! ¡Escúchame bien: como la preñes te mato, te juro que te mato como hice con su padre!

Naiara traga saliva, fulminando con la mirada a su madre, y Lucas se queda de piedra, con los ojos como platos, asimilando la brutalidad de la amenaza de mi hermana. Termino de sacar a mi hermana al descansillo a empujones, soltándole el brazo, y le digo:

—Pídete un taxi y vete a tu casa a dormirla ahora mismo, Arantxa. O te juro que llamo a una patrulla para que pases el resto de la noche durmiendo la mona en el suelo de un calabozo frío. Tú eliges.

Mi hermana me mira, blasfemando entre dientes y soltando una ristra de insultos mudos, se da la vuelta y se mete en el ascensor pegando un golpe a la puerta.

Cierro la puerta del piso. Los chicos entran en silencio.

Naiara camina directa a la cocina con los hombros rígidos y un rebote monumental, muda de la vergüenza y la rabia.

Las aguas han vuelto, más o menos, a su cauce una hora y media más tarde. Ya hemos terminado de cenar comida del chino. Lucas, a pesar del shock de la suegra psicópata, ha aguantado el tipo. Cuando Nai se ha levantado a quitar la mesa y recoger, él le ha dicho que se encarga... Más mono.

—Chico, me caes bien —le digo con una sonrisa—. Está bien ver que aún quedan caballeros.

Lucas esboza una sonrisa tímida, aliviado, pero yo no he terminado. Aprovecho que Nai está haciendo pis, me acerco al chico y le miro a los ojos.

—Cuida bien de Naiara, ¿vale? Pero ten clara una cosa.

La amenaza que acaba de soltar mi hermana es perfectamente prolongable a mí.

Antes de joder a mi niña de alguna forma, antes de hacerle daño o jugar con ella, acuérdate siempre de que soy policía, pero antes que eso soy una mujer con una pistola.

Es una amenaza directa a la yugular. Lucas se queda completamente tieso en mitad de la cocina, pálido, y asiente con la cabeza.

—¡Laia, por favor! —se queja Naiara desde el pasillo, dándome un bufido de desaprobación.

Suelto una carcajada corta y seca, rompiendo la tensión del ambiente, y me siento en el sofá.

—Tranquilo, chaval, que era una broma. Anda, relaja el culo. Y tú, Nai, también —les digo.

Tras un rato hablando, Naiara me dice que duerme en casa del chico; le digo que me parece bien.

El chaval se despide, educado, dándome las gracias y prometiendo no hacerle nada malo a Nai.

Mientras los despido en la puerta, con sutileza deslizo dos condones en el bolsillo de la niña. Me mira y se ríe.

Me siento en el sofá, saco el papel que he comprado de vuelta a casa, saco la bolsita de marihuana de Naybet y me lío un porro tratando de recordar mis años de instituto. Me sale un auténtico churro, pero al menos es algo mínimamente fumable.

Me relajo entre caladas mirando un reality de supervivencia de la tele. Pero cada vez que logro desconectar un poco, los fantasmas vuelven a golpear en mi cerebro. El asesino. Arantxa. Ramos. Todas las preocupaciones… Hasta que, anestesiada con el porro, me empieza a entrar el sueño.