La firma del cuerpo (La firma del… 2) Capítulo X — Nuevo compañero
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Capítulo X — Nuevo compañero

Los dos días de plazo antes de la llegada de mi nuevo compañero, del que no sé nada más que viene de Galicia bien recomendado, han pasado volados.

Tuve una charlita con mi hermana para dejarle las cosas claras y abrirle los ojos sobre su hija, que es una desconocida para ella.

Parece que recapacitó y se pidieron perdón.

Un problema menos de momento. Esta noche conozco al novio de Naiara a ver qué tal chico es.

Ramos está más animado; Silvia avanza mejor de lo que esperaban los médicos, pero aún queda un largo camino por delante.

Vega es un elemento que ha salido de mi vida, pero aun así sigo recordándola y teniendo ganas de llamarla.

Cruzo la entrada del edificio de la unidad con la cabeza funcionando a full entre los problemas de fuera del curro y los de dentro, los ojos inyectados en sangre de no dormir y el cuerpo pidiendo una tregua que sabe que no va a tener.

Los dos días he estado repasando los escenarios del crimen, con Beka buscando zonas y triangulando posibles ubicaciones del radio de acción del asesino, y no parecen tener concordancia.

La comisaría… es raro, pero la siento como mi hogar, a veces más que mi propio piso, pero el protocolo de seguridad de la entrada te devuelve rápido a la realidad.

Me toca hacer la coreografía de siempre, esa rutina burocrática y fría que los civiles no ven.

Saco la Springfield Armory Echelon de la funda, la coloco en la bandeja plástica gris junto a la placa, la cartera y las llaves del coche, y la deslizo por el carril hacia el compañero de recepción mientras cruzo el arco de metales.

El pitido seco de conformidad me da el pase.

Recojo el hierro, lo encajo en la cintura con ese clic mecánico tan familiar y recupero mis trastos.

Al adentrarme por los pasillos largos y alejados del bullicio, camino despacio, observando el hormigón, las mamparas de cristal y el trasiego de uniformados de patrulla que entran cargados con carpetas de atestados.

Es un edificio burocrático, aséptico y cortado por el mismo patrón que cualquier otra dependencia judicial.

Creo que es el único lugar del mundo donde mis demonios se silencian porque tienen trabajo que hacer.

Aquí los problemas personales se dejan fuera o el trabajo te come.

Paso el escáner de seguridad que da acceso a nuestra ala.

Las pantallas gigantes de la planta baja parpadean con mapas térmicos de Madrid y flujos de datos de última generación que me chocaron el primer día.

Hoy todo ese despliegue tecnológico me resulta más gris, más denso.

Siento que voy dos palmos por detrás del asesino amputapechos, nombre ridículo dado por los tertulianos.

Subo a la planta superior por las escaleras, buscando la zona de descanso y las máquinas de vending para chutarme cafeína en vena antes de que me pete la cabeza.

Cerca de los sillones de cuero me topo de frente con Karim.

El hacendoso jefe de logística revisa unas planillas digitales en una tablet, haciendo un trabajo impecable como siempre.

—Qué hay, Naybet —le digo pasando la tarjeta de funcionaria por la máquina para sacar mi café.

—Hola, Laia. Qué cara traes, joder. Parece que te ha pasado un camión por encima —me saluda con una sonrisa amable, dejando la pantalla de lado.

—No lo sabes bien, amigo mío —pongo los ojos en blanco antes de bajar la voz—. Escucha, ¿qué tal sigues tras el altercado del garito? ¿Cómo va el tema con los pijos esos del gimnasio?

Karim suspira, pero sus ojos oscuros transmiten tranquilidad.

—Todo bien, por suerte. Se quedó en una denuncia formal; nuestros abogados del Cuerpo ya los están triturando.

Marcus anda más tranquilo, aunque el ambiente homófobo de Primera División sigue siendo un nido de víboras.

Pero aguantamos el tirón. Gracias por el capote de aquella noche, de verdad.

Tu forma de patearles el culo les bajó los humos rápido.

Se queda mirándome un segundo en silencio. Noto cómo analiza mi lenguaje corporal mientras me siento a su lado a tomarme el café. Antes de que pueda sacar ningún tema más y preguntarle si ha visto al nuevo, me suelta:

—¿Y tú? ¿Qué tal con Vega? Ya no la veo por aquí.

El nombre de Vega me pincha el estómago como un bisturí gélido. Aprieto los dedos alrededor del vaso de café, asimilando el golpe antes de soltar la bomba.

—Se acabó, Naybet. Lo dejamos. O más bien me pegó la patada ella hace dos mañanas. Dice que soy una puta sociópata incapaz de querer nada serio, que tengo demasiados fantasmas y que ella merece una peli de amor de las que dan por las tardes en Antena 3. —Suelto sentándome a su lado.

Karim abre los ojos, sorprendido, y se me acerca en el sillón. Me pone la mano en el muslo y siento su apoyo; una lágrima furtiva se me escapa por la mejilla y él me abraza.

—Lo siento mucho, Aduriz. Ella se lo pierde, y tú ya encontrarás con quién encajar, aunque en nuestro curro tener una vida personal está jodido, la verdad —comienza a decirme…

Cuando una voz anuncia:

—¡Karim! ¡Ve al garaje de logística tres, que los de Científica necesitan los reactivos ya!

—¡Voy! —responde Karim girándose. Me mira una última vez con simpatía—. Cuídate, Aduriz. Luego seguimos.

Se marcha a paso ligero por el pasillo y yo me quedo sola en mitad de la zona de descanso, con el sabor amargo de la ruptura flotando en el aire y el último trago de un café terrible atravesando mi garganta.

Alma asoma por la sala y me dice que mi nuevo compañero ya está ahí.

Tiro el vaso de plástico en la papelera y sigo los pasos de Alma por el pasillo de linóleo gris.

Mis botas resuenan contra el suelo con un eco monótono que me ayuda a recuperar la postura de piedra y cerrar el grifo emocional que por un momento ha decidido brotar en la charla con Naybet.

Nos dirigimos a la zona de las mesas de oficina, un espacio abierto antes de llegar a los despachos principales de la planta de arriba.

Allí, sentado en una de las mesas libres que solíamos usar para volcar datos secundarios, está el relevo de Ramos.

Por puro instinto, mi ojo de detective se activa y lo analizo en pocos segundos.

Es un tipo de unos treinta y tres años, de complexión atlética y con un magnetismo canalla que me toca las narices de entrada.

Lleva el pelo rubio claro rapado por los lados con un degradado lateral impecable, muy apurado, y recogido arriba en un moño alto desenfadado.

Una barba densa, bien recortada y con unos sutiles reflejos cobrizos, enmarca una sonrisa de medio lado que desborda una seguridad insultante.

Viste una cazadora de cuero motera, negra con franjas rojas verticales que le cruzan el pecho y las mangas, abierta sobre una sudadera negra con capucha.

Lleva vaqueros oscuros y está sentado con una comodidad informal excesiva, como si estuviera en el salón de su casa.

En el regazo sostiene un casco integral negro y rojo bajo su mano derecha.

El detalle definitivo, el que me descoloca por completo en mitad de un entorno tan rígido como este, son sus manos: lleva las uñas de ambas manos pintadas con esmalte negro brillante.

El tipo se toca la barba con la mano izquierda, sin pizca de timidez, y me mira de arriba abajo con unos ojos azules, limpios y profundamente despiertos que no pestañean. Está divertido por mi escaneo. Sabe perfectamente que le estoy tasando el precio.

—Aduriz, este es el subinspector Carvajal —dice Alma, deteniéndose junto al hombre—. Martín, la subinspectora Laia Aduriz. Desde hoy trabajaréis juntos.

—Encantado, rapaza —me suelta con un marcado acento gallego, extendiendo su mano.

—Bienvenido, Carvajal —respondo, apretando su mano y notando un fuerte agarre, como si quisiera marcar territorio.

Alma esboza una leve sonrisa y me suelta de sopetón:

—Y ahora, Aduriz, escucha con atención; tengo órdenes que vienen de arriba.

La baja médica de Ramos va para largo y la espantada de Prats nos ha dejado el grupo descabezado en mitad de una crisis de prensa brutal por el asesino.

El Ministerio exige un rostro visible, que alguien sea quien dé la cara en el caso.

Miro a Alma de reojo, conteniendo la respiración. Me veo venir un tremendo marrón.

—Así que he tramitado una atribución temporal de funciones por necesidades del servicio.

Desde este preciso instante, quedas nombrada inspectora y asumes la jefatura del grupo de investigación en el caso del asesino de los pechos cercenados.

El Ministerio te equipara el sueldo de la escala ejecutiva mientras dure la baja de Ramos y con posibilidad de extenderse de manera perpetua en función de cómo avance el caso.

Martín cubrirá tu espalda como subinspector de refuerzo, pero tú llevas la voz cantante. ¿Queda claro, Aduriz? Enhorabuena.

— Gracias, supongo —suelto, tratando de procesarlo.

Noto una leve risilla del gallego y ponemos rumbo a la sala de reuniones, donde he programado una reunión de equipo para poner al día al nuevo.

Beka desgranará todos los datos informáticos; Maite, los forenses; Garrido y Morales, lo poco que han averiguado del entorno familiar y amigos, y yo, la pista tras la que Sara Alfaro me puso.

La reunión se está alargando más de lo que esperaba; ya le he presentado a todo el equipo y parece que el tío se lo toma en serio, pese a ese aspecto de chiste que tiene.

Salgo a tomar el aire mientras Beka le enseña…

No sé muy bien qué ha dicho, la verdad. Fuera, el aire y el cantar de unos pájaros cercanos me dan un momento de paz.

Naybet vuelve a asomar por mi vista y me sonríe:

—¿Así es como curras?

—Necesitaba aire… Me estoy agobiando tela —le respondo.

—Mucha tralla: vida personal, ascenso a inspectora Aduriz, un coleguita nuevo mayor que tú al que dar órdenes… ¿Qué tal es, por cierto? —me pregunta.

—Parece buen tío y que controla, pero de aspecto se me hace raro. Parece más un gurú de alguna secta hippiosa … Manda huevos, sé que puedo sonar retrógrada, pero no son las pintas que esperas de un poli —le suelto desahogándome.

—La verdad es que no, pero Beka tampoco. Ni yo con mi pinta de morito yihadista . Es lo bueno de nuestra unidad, Aduriz: se nos contrata por el talento y nuestro trabajo, no por el aspecto —me suelta.

—Lo sé. Y me gusta, solo espero que no me caliente más la cabeza, que bastante tengo yo ya —me abro con él.

—Tía, necesitas relajar o vas a petar. ¿Le das a la rama? —me suelta.

—¿Rama? —pregunto desconcertada.

—¿Qué clase de poli eres que no controlas la jerga? Marihuana, amiga. Que si fumas mota, rama, weed , tía maría… ¿Lo captas? —me da una clase de sinónimos el cabrón.

—De adolescente alguna vez, pero me quedaba muy empanada —le respondo.

Me mira y se ríe en mi cara. Entonces echa la mano a su bolsillo trasero del pantalón, saca una cilindro metálico y de el una bolsita súper envuelta en plásticos y me la ofrece.

—¿Eso es… —comienzo a decir.

—Sí, un poquito de mota para que te relajes. Esta noche, en casa tranquila, te lías uno, te lo fumas y ya verás qué paz —me dice.

En ese momento se acerca una pareja de compañeros y rápidamente, por instinto, lo cojo y me lo guardo en el bolsillo del pantalón. Una vez que pasan, nerviosa como una quinceañera haciendo algo malo, le pregunto:

—¿Y no lo olerán aquí? No quiero movidas.

—Está bien envuelto, no soy idiota. Además es solo un porrete, no hay para más ahí. Te sorprendería la cantidad de polis que le dan a las drogas, y no solo a la yerba. No sé si me entiendes… —me suelta, haciendo el gesto de esnifar.

Me quedo hablando un poco con él antes de volver y me termina dando el teléfono de su camello… Por si necesito relajarme más de una noche. No me parece mala idea, la verdad. Siempre he pensado que los porros no son tan malos como algunos demonizan; no deja de ser una planta.