Capítulo IX — Al borde del colapso
El eco del rechazo de Vega todavía me zumba en los oídos, la resaca del vino me machaca y noto la cabeza abotargada.
Estoy al borde del colapso mental y la saturación que me provoca mi hermana es de proporciones desmesuradas.
Entre ella y su hija parece haber estallado la cuarta guerra mundial.
Ya han pasado por la tercera y todo. Si no, no entiendo esos gritos.
—¿Qué vas, de madre ahora? —grita Naiara con esa voz de pito tan estridente que pone cuando se descoloca y se siente atacada.
—Te guste o no lo soy, y no te estoy pidiendo nada tan descabellado, joder. Puta niñata desagradecida, todo lo que hice fue por ti —se revuelve Arantxa, a la que a mala hostia no le gana nadie; es la sublimación de los genes Aduriz.
Sé que tengo que mantenerme al margen, que es una relación madre e hija y que yo solo soy la tía, pero la situación se me está yendo de las manos por segundos y yo he empezado el día con los tres pies izquierdos.
—¡Dejad de gritar, coño! ¿Qué cojones os pasa en la puta cabeza? ¿Os creéis que esto son formas de entrar a casa de alguien? ¿Qué os pasa para que tengáis que dar estos gritos de buena mañana? —vocifero plantándome en medio de ambas.
Arantxa me mira sorprendida; antaño rara vez alzaba la voz. Naiara sí ha visto esta versión de mí y sabe que tiene que frenar si me ve así.
—Tú no te metas, Laia —me suelta Arantxa clavándome los ojos iracundos—.
Le consientes todo. Me parece fatal cómo la has educado.
Para empezar, nada de salir de fiesta hasta las tantas y, por supuesto, nada de novios hasta que acabe la carrera.
Tienes que centrarte en los libros si no quiere acabar como yo.
Naiara suelta una carcajada histérica, despectiva, y da un paso al frente desafiando la autoridad de su madre colocando su frente en la de ella.
—¿Novios? ¡Pues llegas tarde, presunta madre!
¡Porque tengo novio! ¡Tengo novio desde hace tres meses y la tía Laia lo sabe todo!
Además me come el coño tan bien… uf, no le voy a dejar en la vida—miente mi sobrina mirándome de reojo, buscándome como escudo protector—.
Y no solo eso, la tía me ha educado de puta madre para haberle caído el marrón que le dejaste al querer convertirte en una puta asesina.
Y siempre será mi madre, no tú, desconocida homicida.
Naiara suelta la bomba atómica. Noto algo parecido a un microinfarto; o yo creo que debe ser así, un pinchazo en el pecho, opresor, que me deja sin aire. La cabeza me palpita de pura tensión mientras noto las orejas arder.
—¿Ah, sí? Debería haber dejado entonces que el asqueroso de tu padre siguiera mirándote como lo hacía en cuanto te salieron las tetillas y te hubiera follado, por bocazas.
Si lo llego a saber, me iba a haber complicado yo por dos malditas desagradecidas como vosotras, una hija horrible y una hermana traidora que me detuvo y me arrojó a un agujero.
Yo solo intento hacerlo lo mejor que puedo y proteger a mi familia, hijas de puta —suelta Arantxa con un desprecio y una cara totalmente ida. Como si el diablo la poseyera.
—Wow, Arantxa, bravo, te has lucido… Fuera de mi casa —digo con tono nada calmado.
Ella se queda parada, sorprendida por mi firmeza.
Entonces parece recapacitar sobre lo que ha soltado y trata de recular, pero no se lo permito: la cojo del brazo y la llevo a la puerta como si metiera a un criminal entre rejas.
Naiara se rompe a mi espalda con un llanto desconsolado que me transporta directa a cuando comenzó a vivir conmigo y no entendía nada de lo que pasaba con sus padres.
Cuando cierro la puerta en la cara de mi hermana, partiéndoseme el corazón, me giro hacia mi niña, me lanzo al suelo donde está hecha un guiñapo y la abrazo.
Ella se aferra fuerte a mí como si fuera lo único que pudiera salvarla del tifón Arantxa.
—Ya está, cariño, ya ha pasado. Entiende que tu madre viene de pasar algo duro, que no sabemos cómo afecta estar encerrada tantos años, y ya sabes su carácter. Cuéntame qué ha pasado para que entrarais así, anda —le digo, tratando de calmar la voz para que deje de temblar.
Nai me cuenta que le ha dicho que no se eche novio, que se tiene que centrar en la universidad.
Que ella le ha respondido que una cosa no influye en la otra, que ya está centrada y es verdad, nada que ver con cómo estábamos hace dos años.
Pero Arantxa soltó un harás lo que yo te diga que eres una cría y yo tu madre. Naiara con esos mal.
—No le hagas mucho caso a esas rabietas de tu madre.
Quiere recuperar el tiempo perdido; ella se quedó en que eras una cría desvalida y su mente aún no procesa que eres una mujer.
Dale tiempo, sé que es duro, que cuesta, pero lo aceptará.
Siempre ha sido lista, solo que le puede la mala hostia y el pronto que tiene.
Pero no le busques las vueltas diciéndole que no es tu madre.
Yo puedo haber sido una figura materna, pero no lo soy, cariño.
Aunque sabes que te quiero como si lo fueras.
Pero en serio: paciencia y tiempo —le suelto.
—Lo sé, pero me saca de quicio y no puedo ser racional, Laia, me hace volverme loca —me responde.
—Poco a poco, cariño. Bueno, ¿y el muchacho ese qué? —cambio de tema para que se relaje.
—Un compi de clase. Está tremendo: morenito, con un hoyuelo en la barbilla, ese aire de melancólico, reflexivo y tímido que le da un puntazo.
Está delgadito, sin estar mazado ni pretenderlo, cosa que es un punto a su favor.
Un chico que es un encanto y me trata genial, tía —me dice con brillo en los ojos, y no por las lágrimas.
—Quiero conocerle, cuando estés preparada —le digo sonriéndole—. Pero ahora me tengo que ir a currar. Promete que vas a estar bien y que vas a pasar de tu madre todo lo que puedas, porfa.
—Sí, además me voy a casa de Ramos. ¿Quieres que lleve algo o le diga algo? —me responde.
—Sí, hay unos táperes en la nevera, llévaselos y dile que luego voy —respondo.
Nai me dice que vale y me abraza. El día solo acaba de comenzar y ya tengo todo el drama y las sorpresas que puedo tolerar. Y, para colmo, tengo que ir a hablar con Sara Alfaro al trullo.
Conduzco hacia Alcalá Meco una vez más. Trato de distraer la mente con música, pero rápidamente los pensamientos vuelven: ¿en qué momento mi vida ha pegado este cambio?
Ramos no es mi compañero. Silvia jodida. Naiara y Arantxa a hostias. Prats hundido. Un asesino invisible una vez más. Vega me manda a tomar por culo. Solo tengo ganas de meterme en la cama y desaparecer unos días.
Iba tan enfrascada en mis pensamientos que de manera automática he entrado dentro de la prisión.
Estoy sentada en la sala del locutorio esperando a que traigan a Sara.
Pocos minutos después aparece ella: Sara Alfaro.
Sigue igual de perturbadoramente guapa que el día que la entrullamos.
Lleva el pelo rubio más corto y alborotado, y un jersey de punto rosa que parece un chiste cruel en mitad de estas paredes de cemento.
Se sienta con una parsimonia y seguridad que aún me hiela la sangre, me clava esos ojos claros y gélidos que parecen leerme los pensamientos y descuelga su auricular. No parpadea. Sonríe de lado y me dice:
—Vaya, Aduriz. Qué sorpresa —su voz a través del auricular suena limpia, casi melodiosa—. Te veo desmejorada. ¿Va todo bien?
—No he venido a hablar de mí, Alfaro —le corto en seco, pegando el teléfono a mi oreja—. Tenemos un problema ahí fuera. Un imitador. Otro puto asesino en serie invisible.
A Sara se le cambia el gesto; su cara denota preocupación y se inclina en la silla hacia delante, como si pudiéramos tener confidencias con un cristal entre ambas.
—Te escucho —dice, apoyando el codo en la repisa metálica.
—Llevamos dos víctimas. Mujeres jóvenes.
El asesino las deja desnudas, lavadas al milímetro como si fueran maniquíes.
Sin signos de lucha. Causa de la muerte: punción subclavia con anestésico.
Y lo gordo... Mutilación ritual post-mortem.
Les arranca los pechos con unos cortes quirúrgicos jodidamente limpios.
La Científica se está volviendo loca; el tío es invisible.
No deja una sola huella, ni un pelo, ni una puta fibra.
Solo tenemos una vaga información de un tipo vestido con traje de funeraria. Nada más —le explico.
Sara entorna los ojos, procesando los datos como si ya creara escenarios en su mente de cómo lo hace.
—¿Andas pidiendo ayuda a mí? Qué halagador, subinspectora.
Mi firma era la castración, no la mastectomía.
Yo buscaba justicia; este busca atención y demuestra ira contra las mujeres.
Al quitar los pechos manda un mensaje claro: odia a las mujeres, el símbolo de la maternidad, los pechos que dan leche a los críos.
Es más, me atrevería a decir que es un grito desesperado—suelta ella como si fuera una experta en el tema.
—Curiosa hipótesis. Dame algo, Sara. ¿Cómo coño procesa los cuerpos para dejar el escenario a cero absoluto de restos biológicos? Tú lo hacías.
Sara se inclina hacia delante, pegando casi los labios al plástico del micrófono. Su expresión se vuelve puramente técnica, la de una artesana hablando de su oficio.
—Hay dos opciones. Si tu hombre es tan limpio y os cuesta tanto pillarlo, es por una de dos.
Primera: la plastificación. Si lo hace en los pisos de las propias víctimas, el tipo puede estar forrando la habitación entera, de suelo a techo, con rollos de polietileno de obra antes de actuar.
Como una burbuja de plástico. Ejecuta, limpia el cuerpo, recoge el plástico en bolsas de basura industriales y se lo lleva todo debajo del brazo.
Rápido, pulcro y sin dejar una sola fibra en la alfombra.
Como en la serie esa de Dexter—me suelta a bocajarro.
Me quedo helada. Joder. Tiene todo el sentido del mundo.
—¿Y la segunda? —le pregunto, apretando el auricular tensa.
—Has dicho que un confidente lo ha visto con uniforme de funeraria, ¿no?
No se disfraza, Laia. Trabaja en una o tiene acceso.
Un depósito oficial, una funeraria de barrio o un tanatorio privado.
Ese es su sitio seguro. Allí tiene todas las herramientas quirúrgicas a su disposición, camillas metálicas y, lo más importante, productos químicos industriales de desinfección forense.
Puede lavar los cuerpos y borrar cualquier rastro biológico entre muerto y muerto sin levantar sospechas.
Es el escondite perfecto a plena luz del día.
¿Quién va a sospechar de un tío que mueve cadáveres en un tanatorio?
La lógica forense me encaja en la cabeza con la fuerza de un disparo. Mis sienes laten con violencia. ¿Puede ser un Oyarzabal 2.0?
—Hay algo más, Sara —añado, mirándola fijamente a los ojos—. El uso de un bloqueante neuromuscular, los cortes limpios. Tiene un eco sutil que mezcla tu precisión con la de Mikel Oyarzabal.
Sara suelta una risa corta, helada, que me pone los pelos de punta. Niega con la cabeza mientras sus ojos claros brillan con una superioridad insultante.
—Si copia a los dos mejores, Laia, es porque los idolatra. No estás buscando a un cirujano cualquiera. Estás buscando a un fan con delirios de grandeza o a un tipo tan falto de ideas que copia lo que tiene cerca o ve en la tele. Alguien que devora las noticias de vuestros casos.
En ese momento, un funcionario de prisiones interrumpe nuestra charla; el tiempo de la visita ha terminado.
—Disfruta de tu investigación, subinspectora.
Cuelga el teléfono de golpe antes de que pueda replicar, se levanta del taburete y le hace un gesto al funcionario de prisiones de ya voy. Me quedo mirando el metacrilato vacío un par de segundos, con las palabras de Sara grabadas a fuego en mi mente.
Salgo al aparcamiento de Alcalá Meco tragando bocanadas de aire frío para despejarme la cabeza. Me quedo pensativa. Qué bien me vendría Ramos. El teléfono suena de golpe y veo que es la jefa.
—Dime, Alma —respondo.
—Aduriz, ¿dónde estás? —su tono es el de siempre: autoritario, serio, directo, sin rastro de saber nada del drama doméstico que he tenido con su hija hace unas horas.
Vega no le ha dicho nada—. Los de la Científica acaban de mandar el informe definitivo de la segunda víctima de Getafe y no hay nada nuevo. Seguimos a ciegas.
—Estoy en Alcalá Meco, jefa. He estado hablando con Sara Alfaro.
Me ha dado un par de líneas psicológicas y logísticas bastante buenas sobre el modus operandi del sospechoso.
Voy para comisaría ahora mismo para ponerme con Beka a cruzar datos de licencias de funerarias y tanatorios privados en la zona sur. Creo que el tipo trabaja en el sector.
—Bien. Muévete con eso —responde Alma con un suspiro de cansancio—.
Y escúchame una cosa más. Sé que estás desbordada con la baja de Ramos y la espantada de Prats, pero el Ministerio ya nos ha firmado el relevo de urgencia.
Te llamo para avisarte de que en dos días llega tu nuevo compañero de Galicia.
Se llama Martín Carvajal. Viene con unas referencias impecables de la UDEV de Coruña, así que ten las cosas preparadas para ponerle al día en cuanto aterrice en Madrid. No tenemos tiempo que perder.
—Entendido, Alma —respondo y cuelgo.
Tiro el teléfono sobre el asiento al abrir el coche y me siento.
Me quedo mirando fijamente el parabrisas mientras enciendo el motor.
Dos días. Tengo exactamente cuarenta y ocho horas para avanzar todo lo posible por mi cuenta antes de tener que lidiar con un completo desconocido compartiendo mi coche y mi caso.
Me cago en mi puta vida. Estoy hasta el toto de cambios y movidas.