Capítulo VIII — Vega
La Cañada Real huele a neumático quemado, lodo estancado y pobreza. Es un sumidero de chapa y adobe donde el invierno de Madrid se clava en los huesos como un destornillador oxidado, cosa que puede pasar aquí si no te andas con mil ojos. No es un lugar para quedarse quieta.
Estos años he aprendido a pasar por aquí menos acojonada, pero siempre he venido con Ramos; es la primera vez que él no está y no es un sitio agradable.
Ni la parte en la que solo viven familias que buscan subsistir, ni la parte del tráfico de drogas, que es otro tema en el que prefiero no entrar, porque no entiendo cómo, sabiéndolo, aún sigue siendo uno de los mayores mercados de droga de Europa.
Garrido y Morales me cubren las espaldas hoy, intentando mimetizarse con el paisaje de infraviviendas y cables de luz cruzados.
Pero aquí destacamos como un cartel de neón en mitad de la noche.
Las posturas rígidas de policías de raza y sus chaquetones oscuros gritan «madero» a un kilómetro de distancia.
Vengo a buscar al confidente de cabecera de Ramos, Jesús Rey, alias el Capibara, que aparece por el flanco derecho, saliendo de entre dos furgonetas desguazadas.
Camina arrastrando las botas, con esa calma tensa del que sabe esquivar balas y redadas antes de que se monten por pura información.
Sigue igual que siempre: moreno, delgado, con la perilla perfectamente perfilada en un rostro afilado por el aire de la calle.
Tiene entre sus labios un cigarro a medio consumir cuando se percata de nuestra presencia.
—Vaya, la guapita de la cara marcada. ¿Qué pasa, Aduriz? ¿Dónde está el calvo toca huevos? Ah, sí. Está en casita cogiendo la manita a su parienta, que tiene un bicho en la cabeza, ¿no? Dale recuerdos —me suelta tan desagradable como siempre; sé que es su papel en este sitio.
—No me busques las vueltas, Capibara de los cojones, no dejas de ser una sucia rata, así que lávate la boca antes de hablar de Ramos o su familia —sigo interpretando el papel que toca.
El Capibara hace lo de siempre: unos gritos insultando a la poli, escupe, se pone farruco.
Pero todo es el paripé habitual. Me giro jurando en hebreo y me marcho rumbo al verdadero sitio en el que nos encontraremos: el bar del polígono donde sirven menús del día a trabajadores, ese donde tantas veces nos hemos encontrado Ramos, él y yo.
Garrido y Morales, tensos y alerta, miran a todos lados alucinando con el entorno y la escena que acabamos de interpretar.
Ya en el bar, tras haber contado a Morales y Garrido cómo va el tema, estos me cuentan su último caso:
—Total, que la mujer envenenaba al marido poco a poco, cada día —termina de explicar Garrido, con esa cara de cansancio crónico y su voz de inspectora harta de casos complicados.
—La hemos pillado en un renuncio. No es tan fácil matar como se muestra en las pelis y series, la gente está muy engañada —añade Morales, al que cada vez le están saliendo más canas.
El Capibara no tarda en aparecer. Se desliza entre dos repartidores de bebida como un fantasma y se sienta en la silla libre frente a mí, sin pedir permiso ni mirar a mis acompañantes.
—Un whisky jefe —le pide al camarero, que pasa cargado con una bandeja de platos vacíos.
Garrido y Morales le miran como a un espécimen al que estudiar; su abrigo lleno de chinazos, mierda reseca y su sonrisa de pícaro son sus señas de identidad.
Yo ya me he acostumbrado, pero el tipo de primeras siempre es llamativo a ojos que lo descubren por primera vez.
El camarero le pone el whisky y se bebe la mitad de un trago.
—Supongo que estás aquí por el asesino nuevo, ¿no? He escuchado cosas de las muertes de las chicas —dice, bajando la voz mientras se inclina hacia nosotros—. Dicen que por las inmediaciones de los dos sitios donde aparecieron los cadáveres se ha visto a un tipo con uniforme de funeraria.
—¿De funeraria? —interviene Garrido, afilando la mirada de inspectora veterana.
—El tipo va a pie. Empuja una camilla de esas metálicas, con ruedas y tapada con una lona azul.
Nadie se fija realmente en los portadores de la muerte, ¿sabes?
Se vuelven invisibles por el cague de ver un cuerpo tieso.
Unos dicen que es moreno, otros que es calvo.
Nadie le vio bien la jeta. Pero todos coinciden en lo mismo: anda en torno a los cuarenta y dos años y esta fuerte como el vinagre—responde el Capibara.
Morales y Garrido, de la vieja escuela, apuntan en sus libretas a mano. Yo me quedo con lo que dice; siempre he tenido buena memoria para estas cosas. Entonces el Capibara se acaba el whisky, se limpia con la mano en el pantalón, se agacha sobre la mesa y pregunta:
—¿Es verdad lo que se rumorea? ¿Que les arranca las tetas con cortes limpios?
—No puedo hablar de una investigación en curso, ya lo sabes —respondo y me levanto—. Gracias por el servicio. Ahora te pido un bocata, y toma, el paquete de tabaco de rigor.
Ya sé de sobra cómo funciona el chantaje para que hable. Pago al camarero y salimos del bar ante la mirada de los parroquianos habituales. Me estiro en un intento de recolocar mi espalda; estoy molida. Debería llamar a Sučić, hace mucho que no paso por su consulta para que me dé un buen masaje.
—Al menos hemos conseguido una descripción vaga. Puede que use pelucas como la Sara Alfaro esa —dice Morales.
—Parece como si quisiera emular a Sara Alfaro y a Mikel Oyarzabal a la vez —aporta Garrido.
—Sea como sea, hay que dar con él rápido. No podemos permitir que una vez más los cuerpos se acumulen y nosotros vayamos detrás como pollos sin cabeza, chicos porqu…
En ese momento mi teléfono me interrumpe vibrando en el interior de mi chaqueta. Descuelgo; es Vega.
—Dime, guapa —respondo, apartándome un par de pasos de los inspectores.
—Hola, bombón. ¿Cenamos esta noche? En tu casa. Yo llevo el vino —me pregunta con tono ligeramente frío.
—Claro, a las diez suelo llegar de casa de Ramos. No te retrases —respondo y nos despedimos.
Me quedo pensativa. Me ha descolocado su voz; algo raro pasa. Siempre es más cariñosa y efusiva.
—Volved a comisaría e informad a Alma de lo del uniforme de funeraria y la camilla —les ordeno, adoptando el rol de mando—. Yo voy a volver a las escenas del crimen. Quiero repasar todo una vez más con estos nuevos datos a ver si hemos pasado algo por alto.
Tras una infructuosa tarde repasando ambos escenarios, tratando de reconstruir cómo habría actuado el asesino en busca de una fibra capilar, ya fuera real o sintética.
O algo que arrojara luz sobre el hombre de la camilla.
Y de pasar más tarde por casa de Ramos —como prácticamente todos los días—, he llegado a casa por los pelos para que me diera tiempo a darme una ducha.
Naiara me ha puesto un mensaje diciendo que cenaba con Arantxa.
Parece que todo va sobre ruedas, y la demanda perpetua de atención de mi sobrina desde que tengo memoria al final ha vuelto al cauce natural de su madre.
Vega aparece sexy a rabiar, como siempre, con la botella de vino prometida bajo el brazo. Pasamos una noche muy agradable cenando comida asiática a domicilio, apurando hasta la última gota de la botella y viendo una comedia romántica pastelosa, sus favoritas.
Entonces, los influjos del vino y de nuestro deseo mutuo se funden en un beso lento y apasionado, algo más sutil de lo que ella acostumbra.
Comienza a desvestirme con una suavidad casi ritual que delata que algo es diferente, definitivamente.
No hay ni rastro de su habitual ansia y ferocidad, esa que me ha costado un par de camisetas rajadas.
Me dejo llevar tratando de apagar el interruptor analítico de mi cabeza, y terminamos encamadas disfrutando de nuestros cuerpos.
Cuando despierto con los ojos pegados por las legañas y dolor de cabeza por el vino, la veo a contraluz. Está en bragas, poniéndose el sujetador al revés para poder abrocharlo; lo gira y se sube las tiras. Es preciosa.
—Ho… Hola. Buenos días, Aduriz —me suelta sorprendida al verme mirarla embobada.
—¿Aduriz? Rara vez me llamas así… Buenos días —respondo, rayándome por segundos.
—Esta es la última vez, Laia —me suelta, apartando la vista y buscando su camiseta en el suelo.
La frase cae como una revelación de todas mis dudas anteriores. Se ha cansado de mí, como todas.
—¿De qué coño hablas? —le pregunto.
—Lo hemos pasado muy bien, de verdad. Eres increíble —dice, girándose por fin para mirarme.
Sus ojos no tienen rabia ni reproche; solo una resolución triste que duele más que un grito—.
Pero tú no quieres nada serio, Laia. Nunca vas a quererlo.
Tienes demasiados fantasmas dentro y usas esto como un escudo.
Y yo... yo necesito sentir lo que es tener una pareja de verdad.
No puedo seguir siendo tu parada de emergencia cuando la cabeza te va a estallar por los muertos.
Yo merezco una historia de amor como la de las pelis, y contigo a día de hoy es imposible.
Por un momento no sé qué decir. Me ha jodido todos los esquemas; pensaba que ambas estábamos en sintonía, que queríamos lo mismo. Pero parece ser que no. Una vez más, una pareja a la que le dejo claro que solo quiero follar me suelta esta mierda. Noto calor en la cabeza por el cabreo.
Y no sé por qué le suelto:
—Vale, lo que quieras, tía. Ya que me dejas tirada, al menos me puedes resolver una duda que tengo hace mucho. ¿Por qué te apellidas Moreno? Es el apellido de tu madre, no el de tu padre.
—Te digo que lo dejamos ¿Y eso es lo que te preocupa?
Muy bien, Aduriz, pues es el apellido de mi padre también.
Ambos se apellidan Moreno, soy Vega Moreno Moreno.
Ves, este tipo de cosas lo habrías sabido en la cita uno si fueras una persona normal, no una puta sociópata incapaz de sentir nada que no sea adrenalina por encontrar asesinos y gente chunga.
Si te implicaras un poco más en las relaciones.
Si te interesara algo más que mi coño. Me piro.
Te deseo lo mejor de verdad; cuando centres tu cabecita preciosa quizás logres tener una pareja normal.
Cuídate mucho —me suelta llena de ira con palabras atropelladas y sale del cuarto como una hidra tras darme y un beso violento en la cabeza fruto del cabreo.
«Genial, Laia, eres una genia. La has cagado a lo grande». Me giro en la cama frustrada cuando, antes de que Vega termine de salir, se escucha la puerta y unos gritos. Naiara y Arantxa discutiendo a pleno pulmón, como dos verduleras cualesquiera.
¿Qué más va a pasar hoy? Y me tengo que ir al trullo a hablar con Sara Alfaro. Que alguien me despierte y me diga que todo esto es una maldita pesadilla.