La firma del cuerpo (La firma del… 2) Capítulo  VII — Segunda víctima #2
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Capítulo  VII — Segunda víctima #2

—Es obra del mismo cirujano, Laia —dictamina Maite con su habitual frialdad clínica—.

El análisis preliminar no deja dudas. La misma ausencia absoluta de sangre, de salpicaduras y de transferencia en las sábanas.

A esta mujer tampoco la mataron aquí dentro.

El asesino la limpió, la mutiló en su zona segura y luego se tomó la molestia de traer el cadáver a este chalé cochambroso para meterlo en una cama limpia y montar esta jodida puesta en escena con los condones y el lubricante.

Nos la ha vuelto a jugar; no hay restos biológicos suyos por ninguna parte.

Pero sí que hay restos de lubricante en la vagina, a diferencia de la primera víctima.

Puede que esté evolucionando en su ritual. La chica se llamaba Irene Batlle.

De reojo, observo a mi compañero. Prats está blanco como el papel, con la mandíbula apretada y la respiración entrecortada de nuevo.

Esta vez no sale corriendo a trompicones ni llega a vomitar, pero se le nota completamente revuelto, al límite de sus fuerzas.

Da media vuelta en silencio y sale del chalé a paso rápido para que le dé el aire.

No es lo mismo tratar con narcos y alijos de drogas que con cuerpos desmembrados o mutilados. Pobre hombre.

Me quito los guantes y salgo detrás de él, dejándole espacio a la Científica. Me lo encuentro apoyado contra la valla del chalé, con la cabeza gacha y los ojos fijos en sus botas.

—Biel, pide otro puesto —le digo de forma directa, poniéndome frente a él—. No puedes seguir metido en esta unidad si te afecta tanto cada escenario. Esto solo acaba de empezar y va a ir a peor, te lo digo por experiencia. No pasa nada por dar un paso al lado.

Prats levanta la cabeza despacio y me mira con unos ojos inyectados en sangre que reflejan una derrota absoluta.

—Puedo con ello, Aduriz, te lo juro. No es solo el cadáver — me confiesa con la voz rota, pasándose una mano temblorosa por el pelo rubio—.

Es que la hija de puta de mi exmujer me está apretando las tuercas al máximo.

Acabo de hablar con el abogado y ahora me pide una pensión compensatoria y de alimentos desorbitada, una jodida locura que no puedo pagar con mi sueldo de inspector; en un año me quedaría sin ahorros.

Y lo peor es mi hijo... Está empezando a odiarme, me habla con un desprecio que me mata, porque a saber qué mierdas le estará metiendo la madre en la cabeza cada noche. Me está destrozando la vida, Laia.

Siento una oleada de lástima real por el tipo. Detrás del inspector veterano de narcóticos reconvertido en inspector de homicidios solo queda un hombre asfixiado por los problemas mundanos.

—Coge la baja, Biel —le aconsejo, suavizando el tono—. Habla con el médico del Cuerpo, incluso con el psicólogo. Tómate un tiempo para solucionar lo tuyo y aléjate de esta mierda; busca otro puesto que no te obligue a tanto drama de verdad, te lo digo como amiga.

—Lo estoy valorando, no te voy a mentir. La cabeza me va a estallar —admite arrastrando las palabras.

Doy un paso hacia él, rompo la distancia profesional y le envuelvo en un abrazo firme, dejando que apoye su peso contra mi hombro en mitad de la acera de Getafe.

—Siento mucho que estés pasando por todo esto, compañero —le susurro al oído mientras le aprieto el brazo tratando de consolarlo.

Al acabar el turno y dejar a un Prats taciturno, una nueva víctima y mil dudas y preguntas atrás, he pasado por mi piso lo justo para ducharme, quitarme el olor a muerte y polvo del chalé de Getafe y recoger los táperes con la lasaña, las menestras y las croquetas que cociné la noche anterior para la familia de Ramos.

Al llegar a la casa me abre una de las niñas.

Silvia está tumbada en la cama articulada que han alquilado para su comodidad en mitad del salón, completamente hecha polvo por la sesión de la quimio.

Tiene la piel de un tono grisáceo, casi translúcido, y esa nobleza cansada en los ojos oscuros que ayer me encogía el alma hoy se ve aplastada por el sufrimiento del tratamiento.

Se me cae el alma a los pies al verla tan débil, tan consumida en cuestión de días por esa puta enfermedad de mierda; a ella, una mujer llena de vida que siempre era el alma de las barbacoas.

Ramos está sentado a su lado en un taburete, con los ojos hundidos en unas ojeras que ya compiten con las de Prats, aferrado a su mano como si el mundo fuera a acabarse si la soltara.

Dejo las bolsas con la comida en la nevera y me acerco a las chicas.

María y Rocío están sentadas en un sillón, tratando de ocupar su mente con sus móviles.

—Traigo provisiones, nenas. Lasaña de la buena, de la que resucita a un muerto, y las croquetas de la tita Laia que tanto os gustan —les susurro, forzando una sonrisa que ahora mismo no me sale natural para romper el ambiente clínico—. Venid aquí, anda.

Las abrazo a las dos a la vez, apretándolas con fuerza contra mi cazadora de cuero.

Noto cómo se relajan un poco al sentir un contacto familiar.

Trato de distraerlas un poco hablándoles de Naiara, de Arantxa, de mi relación disfuncional con Vega, y surte efecto durante unos pocos segundos, pero sus miradas se escapan continuamente hacia su madre.

—Os quiero, chicas —les digo y las estrujo un poco más.

—Y nosotras a ti —dicen al unísono.

Cuando llevo un buen rato en la casa de Ramos, las chicas se acercan a la cama de su madre y él se me acerca. Se desploma en el sofá a mi lado, se pasa la mano por la calva desesperado. Me clava una mirada en la que vuelve a ser el inspector jefe de la unidad.

—¿Qué tenéis entre manos, Laia? Distráeme un poco, anda —me pregunta en un susurro cargado de urgencia y necesidad de drama, ese que tenemos los polis y más los inspectores.

Le hago un resumen de lo poco que tenemos.

—¿A qué te recuerda lo de Prats? —me suelta.

—Ya, a mí cuando empezamos tú y yo, pero yo me bloqueaba por el trauma; él porque está agobiado y este caso es una putada —le respondo.

Al escucharme hablar del caso, Ramos aprieta los puños con una rabia contenida que le hace marcar las venas del brazo. Golpea el sillón con el reverso de la mano de pura impotencia, masticando la frustración de sentirse atado a una cama mientras la calle se llena de monstruos nuevos.

—Joder, joder. Tendría que estar ahí, Aduriz.

Prats es un buen policía, pero viene de Narcóticos y esta mierda de los asesinos rituales te vuela la cabeza si no tienes la piel dura.

Alma os va a crujir si no le dais resultados ya.

Me cagüen mi puta vida, no puedo dejarte sola ante el peligro con un enfermo así suelto por Madrid —explota Ramos con toda la tensión que se ha tragado desde que la enfermedad de Silvia dio la cara.

Le cojo de la cara y le obligo a mirarme, le hago el gesto de que respire y le digo:

—Escúchame bien, amigo, y no me hagas repetirlo.

Céntrate de una puta vez —le digo, apretándole los hombros—.

El trabajo está muy bien y sé de sobra que eres el mejor inspector que me he cruzado, pero lo verdaderamente importante ahora mismo está ahí, en esa cama.

Es tu mujer y es su salud. No seas idiota, Hugo.

Prioriza lo que de verdad importa en esta vida, que la policía va a seguir aquí cuando todo esto pase.

De la unidad, de Prats y del hijo de puta asesino de las fotos de IA ya me encargo yo.

Tú quédate aquí y cuida de ellas —le suelto con vehemencia.

Ramos se me queda mirando fijamente, asimilando el golpe de realidad. La tensión de sus puños se afloja despacio, suelta un suspiro largo que le vacía el pecho y asiente con la cabeza, limpiándose una lágrima traicionera con el dorso de la mano.

—Tienes razón, Aduriz. Gracias —consigue articular con la voz rota.

Lo abrazo para consolarle y noto cómo se quiebra entre mis brazos; sus hijas, al vernos, se unen y terminamos fundidos en un abrazo conjunto que nos deja por los suelos, llenos de lágrimas, mocos y frustración.