Capítulo VII — Segunda víctima
Cuando no hay pistas claras, el trabajo policial se convierte en una rutina gris y asfixiante que te quema los ojos de tanto revisar informes, pantallas, vídeos de seguridad y todo tipo de pruebas queriendo descubrir el Santo Grial en ellas que te ayude a resolver el caso.
Llevamos días encerrados en la comisaría intentando levantar un caso desde la nada absoluta. La pizarra de la unidad está blindada de líneas de tiempo, fotos de asesinos que encajen y perfiles de psicópatas de manual que Prats y yo repasamos hasta que nos sangran los ojos.
Hemos recreado la escena del salón de Mapi Guijarro una docena de veces en el ordenador, buscando el más mínimo error del asesino, el cabo suelto que Maite no vio en la mesa de autopsias.
Nada. Hicimos una recreación del escenario que no aportó nada.
Más allá de lo que sabíamos, la colocaron en el sitio para que la encontraran en esa posición.
Hemos tomado declaración a vecinos de la barriada, compañeros de trabajo de Mapi, antiguas parejas, amigos e incluso familiares lejanos.
Todos coinciden en lo mismo: una mujer tranquila, de costumbres fijas, sin enemigos, sociable, querida.
Nos movemos en círculos, golpeando contra un muro de hormigón.
Necesito un respiro antes de que la cabeza me estalle.
Salgo de la sala de reuniones a la zona de descanso de la terraza trasera de la central para que me dé el aire frío de la mañana en la cara.
Saco el móvil del bolsillo y llamo a Ramos. Al tercer tono escucho su voz agotada:
—Dime, Laia.
—Hola, calvito. ¿Cómo va la cosa por allí? —le pregunto, esperando buenas noticias.
—Silvia está débil por la quimio preventiva que le dan, ya sabes cómo funciona ese veneno que le meten para curarla, pero los médicos dicen que es lo normal.
Ella está bien, con ánimos dentro de lo que cabe —me confiesa Hugo, suspirando de una forma que delata que está completamente exhausto—.
Las niñas lo llevan como pueden, María se encarga de la cocina y Rocío está más pegada a su madre que una lapa. Se están portando de cine.
—Me alegro mucho, de verdad. Esta tarde, en cuanto me suelten de este manicomio, me paso a veros un rato y os llevo algo de cena —le prometo, mirando al horizonte gris de Madrid—. Ánimo, amigo.
—Gracias, de verdad. Por cierto... ¿Qué tal con tu hermana? Ayer se me fue de la cabeza, perdona.
—No te preocupes, coño, ya tienes bastante encima.
Pues mira, por suerte se ha quedado en el piso vacío del tío Jorge —le explico, soltando el aire con alivio—.
Como él se jubiló y se marchó a la playa, el piso estaba cerrado y al parecer se lo ha ofrecido.
Ella ha aceptado; dice que así no invade mi espacio ni el de Naiara, podemos ir con calma y asimilar el percal poco a poco.
Lo sorprendente es que Arantxa está centrada, menos zumbada de lo que acostumbra.
Se ha movido rápido con el integrador social y ha encontrado un curro de cajera de supermercado. De momento está bastante formal.
Oigo a Ramos resoplar y me dice:
—Quizá la cárcel la haya cambiado, Laia. Puede que solo quiera recuperar el tiempo perdido con su hija y hacer las cosas bien.
—Ya se verá, Hugo. Es mi hermana y la conozco. La cabra tira al monte y Arantxa no suele durar mucho haciendo lo correcto sin que le entre el ansia de torcerse o se junte con quien no debe. Ojalá me equivoque.
En ese momento, se escucha una tos fuerte y persistente de fondo a través del altavoz del móvil. Silvia se ha despertado y le pide agua.
—Tengo que dejarte, Laia —me corta Ramos con prisa nerviosa.
—Venga, ve. Luego nos vemos. Un beso a las niñas y a Silvi —le suelto y cuelgo.
Me guardo el móvil, pero antes de que pueda dar un paso hacia el interior del pasillo, las puertas de la comisaría se abren. Alma Moreno aparece a toda prisa; trae esa mirada afilada que solo pone cuando tiene un hilo del que tirar.
—Aduriz, te necesito dentro ya. Beka tiene algo, me echo un piti rápido y entro —me ordena Alma.
Nos encerramos en el búnker tecnológico de la unidad, donde las pantallas de Beka, nuestra querida jefa de informática, parpadean repletas de código y volcados de datos.
Beka, tan peculiar como siempre, viste una camiseta de rejilla negra y un sujetador negro que se ve de sobra, sus rastas de colores, sus piercings .
Aún me alucina que rompa los clichés de un policía de tal manera.
Definitivamente esta unidad es diferente.
Prats a su lado me ha parecido que flirteaba con ella cuando he llegado.
—He estado rastreando el tráfico de datos y las cuentas digitales de la víctima, de Mapi Guijarro —arranca Beka con su habitual ametralladora de palabras que me cuesta entender—.
Dos días antes de su muerte, Mapi entró en una app de ligues bastante conocida.
Estuvo chateando de forma intensa con un perfil sospechoso. El nick es «Papitomaduro6».
—¿Y quedó con él? ¿Hay imagen? —pregunto apoyándome en la mesa.
—No. Ese perfil no tiene fotos reales, Aduriz —me corta Beka, ampliando tres imágenes de un tipo maduro, atractivo y de rasgos perfectos que posa en un yate y en un restaurante de lujo—.
He pasado el filtro algorítmico y los patrones de renderizado.
Son todas imágenes generadas por Inteligencia Artificial.
No existe. El usuario creó una identidad digital impecable y atractiva mediante IA para captar a Mapi sin dejar un rostro real en los servidores.
Puede que sea nuestro asesino y la enganchara por ahí para citarse con ella y poder matarla.
Se me eriza la piel de los brazos. Una mente quirúrgica en el salón y un fantasma digital en las redes.
Justo cuando voy a abrir la boca para pedirle a Beka que empiece a triangular la IP de esa cuenta artificial, el teléfono móvil de Alma Moreno empieza a sonar.
La jefa descuelga rápido, escucha en silencio durante cinco segundos y su mandíbula se tensa de golpe.
—Entendido. Mandad los zetas ya —suelta Alma y cuelga, clavando sus ojos oscuros en mí—. Se acabó la pizarra, Prats, Aduriz. Acaban de informar de un segundo cadáver. Un chalé a las afueras, zona de Getafe, Sector Tres. El mismo patrón de mutilación.
Siento el viaje de adrenalina directo al pecho.
Está volviendo a pasar. Un psicópata matando mujeres, joder, qué puto asco.
¿No podría matar políticos, desechos humanos, otros asesinos, gentuza?
No, tienen que matar a pobres mujeres desvalidas.
Ojalá pudiera enchironar a todos o incluso sacar toda mi mala hostia con ellos y…
—Aduriz, espabila, coño. ¿Nos vamos ya o necesitas algo? —me pregunta Prats sacándome de mi autotortura mental.
—Coger la chaqueta, el móvil y la pistola. Avisa a Maite mientras —respondo.
El viaje hasta el sur de Madrid se me hace eterno dándole vueltas a la cabeza; tengo demasiados frentes abiertos.
Me duelen las manos de tanto apretar el volante.
Conduzco despistada y no es lo mejor, mientras Prats revisa la tablet con el volcado de datos de Beka en el asiento del copiloto, manteniendo un silencio tenso.
Enfilo la salida hacia el Sector Tres de Getafe y nos adentramos en esa zona residencial.
Al llegar, el entorno no tiene nada que ver con el piso de la barriada humilde de ayer: aquí lo que se levanta son hileras e hileras de chalés pareados de dos plantas, con sus pequeños jardines delanteros y vallas altas que buscan una falsa sensación de estatus y privacidad.
Aparco detrás del primer coche de la Nacional que ya custodia la entrada.
Prats y yo bajamos del coche, nos calzamos los guantes de nitrilo y las calzas en la puerta —es curioso cómo esto ya no se me hace extraño— y cruzamos el umbral del chalé.
El contraste con el exterior nos da una bofetada en toda la jeta.
Si por fuera parecía una casa idílica, por dentro es una puta pocilga.
Todo el inmueble está atestado de trastos viejos, cajas acumuladas, polvo en suspensión que te hace picar la nariz y capas de suciedad incrustada en las esquinas.
Al echar un ojo rápido hacia la escalera de la planta superior, se intuye un caos de dejadez tremendo; de hecho, los compañeros de la patrulla nos confirman que el baño de arriba está impracticable, lleno de mierda hasta el techo, insectos muertos y cosas pringosas de origen desconocido, y que el asesino, seguramente, se ha molestado en limpiar a fondo el aseo de la planta de abajo.
Nos dirigimos al salón de la planta baja y en el centro de la estancia lo veo.
Allí, el desorden general se corta en seco para dar paso a un escenario milimétrico y limpio.
Una cama con sábanas blancas impecables, pulcrísimas, que destacan de forma casi enfermiza entre la mugre de la habitación.
Al lado, sobre una mesita, hay botes de lubricante, preservativos y rollos de papel perfectamente ordenados, pero que no parecen haberse utilizado en la estancia hoy.
Sobre las sábanas, la segunda víctima. Es una mujer joven, de unos 28 años, tez clara, ojos cerrados, delgadita.
Está tumbada de lado, en una postura tan natural y relajada que si no fuera por la palidez de la piel juraría que está plácidamente dormida.
Pero no lo está. Al acercarme, la náusea me muerde el estómago al confirmar el mismo patrón ritual: no tiene pechos.
Se los han cercenado por completo con la misma limpieza que a Mapi Guijarro.
Pocos minutos después de nuestra llegada, el equipo de la Científica entra en el salón pisándonos los talones, inundando el espacio de flashes intermitentes, y Maite García se arrodilla junto al colchón.
Su mono blanco destaca entre la suciedad del chalé mientras manipula el cuerpo con el respeto habitual.
Tras un rato examinando los bordes de los cortes y la temperatura del cadáver, se incorpora levantándose las gafas de aumento y me mira con firmeza.